lunes, 31 de agosto de 2026

CONTROVERSIAS SOBRE


TEOLOGÍA DEL PUEBLO

 

Con motivo de la próxima visita del Papa a nuestro país, el Arzobispo Emérito de La Plata, publicó un artículo que conviene analizar (1); expresó, por ejemplo:


“La Iglesia en nuestro país sufre, especialmente desde los años sesenta del siglo pasado, una sangría constante de fieles. El número de quienes se reconocen como católicos ha disminuido del 90 al 57 por ciento; con tendencia a la baja”.


“El anuncio de Jesucristo ha sido seriamente comprometido, y hasta desfigurado con ciertas prácticas episcopales de hablar solo de "lo político y social". Y las corrientes progresistas como la "teología de la liberación", y en su versión criolla de la "teología del pueblo" han vaciado seminarios, congregaciones religiosas, y parroquias. También entre nosotros se cumple aquello de "la Iglesia hizo la opción por los pobres, y los pobres hicieron la opción por los pentecostales".


Las desviaciones de la recta doctrina, comenzaron hace más de un siglo, cuando San Pío X, en la encíclica Pascendi, de 1907, condenó el modernismo como compendio de herejías, que manifestaba la crisis de la Iglesia.


Recordemos su advertencia: “hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.


Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre.”


Más cerca en el tiempo, Pablo VI, en 1974, en un discurso a la Congregación General de la Compañía de Jesús, advertía:


“...se nota hoy en algunos sectores de la Compañía, un grave estado de incertidumbre, más aún, un cierto modo de obrar y de pensar que ponen en tela de juicio la identidad de vuestra vida religiosa”.


“Hoy día es muy fuerte la fascinación del segundo carisma: el predominio de la acción sobre el ser; del trabajo sobre la contemplación; de la existencia concreta sobre la especulación teórica, lo cual ha hecho pasar de una teología deductiva a una inductiva; todo esto podría hacer pensar que los dos aspectos de la fidelidad y de la caridad son opuestos. Pero no es así, lo sabéis muy bien: ambos proceden del Espíritu que es amor. (...) En caso contrario, la disponibilidad para el servicio puede degenerar en relativismo, convertirse al mundo y a su mentalidad inmanentista, asimilarse a la condición humana que se pretende salvar, y finalmente reducirse incluso a un secularismo, confundiéndose con lo profano.” (3-12-1974)


Diez años más tarde, el Cardenal Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, promulgó la Instrucción Libertatis nuntius, sobre algunos aspectos de la Teología de la Lilberación.


Allí se advierte: “Las TL hacen hincapié en la opción preferencial por los pobres, pero caen en la tentación de reducir el Evangelio a un Evangelio terrestre.” “La impaciencia ha conducido a algunos a refugiarse en el análisis marxista, considerando que es un análisis científico.”


El P. Gutiérrez llega a decir: “El hombre latinoamericano en la lucha revolucionaria se libera de una manera u otra del tutelaje de una religión alienante que tiende a la conservación del orden.” “Cuando la Iglesia rechaza la lucha de clases se está comportando objetivamente como una pieza del sistema imperante.”


Tres días después del artículo de Mons. Aguer, se presentó en la Universidad Católica de Córdoba, el libro –impreso en esta ciudad- Francisco: mensajes a los movimientos populares

En el epílogo del libro, el diputado nacional Juan Grabois, explica qué son dichos movimientos: “Cartoneros, artesanas, cooperativistas, campesinos, vendedores ambulantes, personas sin techo, eran reconocidos en su rol como protagonistas de la historia.” En los encuentros con el Papa, “El Evangelio deja de ser una consigna abstracta y se vuelve carne concreta en la realidad del sufrimiento y la lucha”.


Concretamente: Movimiento Evita (Emilio Pérsico: militante de Montoneros, y de Quebracho, fue Secretario de Economía Social); Polo Obrero (Belliboni); Corriente clasista y combativa (Alderete, P. Comunista Revolucionario); Unión de trabajadores de la economía popular-UTEP (Gramajo); Movimiento de trabajadores excluídos-MTE (Grabois).


En el acto de presentación en la universidad, ofició de moderadora, Natalia Rodríguez, feminista perteneciente a los grupos “Sororidad y Fe”: colectivo ecuménico de mujeres y disidencias cristianas –católicas y evangélicas- que vincula las espiritualidades con los feminismos; y a las “Católicas por el derecho a decidir”, feministas que promueven el acceso efectivo de las mujeres y diversidades a sus derechos sexuales y reproductivos.


Como simple laico, no especializado en teología, considero necesario manifestar mi preocupación por lo ocurrido en mi alma mater, puesto que egresé de la Universidad Católica de Córdoba, hace 53 años.


Adjunto como anexos: I) algunas frases del jesuita P. Scannone, uno de los fundadores de la Teología del Pueblo, rama de la Teología de la Liberación y II) un artículo del profesor Lasa, Dr. en Filosofía, que ha estudiado a fondo el tema.


Mario Meneghini

Córdoba, 31-8-2026

 

1.Aguer, Héctor. "El viaje del sumo Pontífice"; La Prensa, 24-8-2026.

 


Anexo I

Juan Carlos Scannone y la Teología del Pueblo (*)

 

Juan Carlos Scannone, jesuita argentino nacido en 1931 y fallecido en noviembre de 2019, fue una gran figura de la Iglesia en Argentina y América Latina, un hombre atento también a los problemas de la Iglesia universal.

 

Las relaciones entre Scannone y Bergoglio fueron constantes – incluso después de que este último fuera elegido Papa en 2013 -, pero más por intercambios de ideas que por lazos institucionales. Lo que los unía era una sensibilidad similar por la originalidad de la Iglesia argentina.

 

Ambos conocen y aman a su pueblo. La Iglesia argentina tiene fama de desarrollar una teología original, la «teología argentina del pueblo» [1]. No ignora la teología de la liberación, pero le da un tono menos tenso hacia la dialéctica económico-social que otros países latinoamericanos.

 

El léxico de la Iglesia argentina se hace eco de algunos aspectos del peronismo, al tiempo que rechaza sus desviaciones hacia la práctica política. En los años 70, el teólogo Lucio Gera propuso una definición del término «pueblo» que marcó la experiencia de la Iglesia argentina. Esta definición es cultural y muestra que un pueblo es una nación unificada «por una cultura o forma de vida común que, además, se concreta en una decidida voluntad y decisión política de unirse, autodeterminarse y autoorganizarse para alcanzar un bien común» (TP 33).


Según Scannone, en esta definición de «pueblo», «lo que prevalece es el “querer y obrar” juntos en pos de un mismo [bien común]» (ibíd.).

 

Según Scannone, hay que admitir que «ciertos grupos tienen objetivamente la inclinación a pertenecer al pueblo, como los pobres» (ibid.), contrariamente a la cultura liberal e individualista. Además, hay que construir con los pobres, mediaciones correctas, «actitudes morales, escala de valores y estructuras correspondientes» (ibid.), para que pueda nacer realmente una nueva cultura.

 

Algunos afirman que el Concilio Vaticano II cambió la doctrina de la Iglesia, otros afirman lo contrario. Es cierto que el tono o el estilo de este Concilio es original en comparación con los Concilios anteriores. En efecto, por primera vez, en la Gaudium et spes, un Concilio muestra que no se ocupa sólo de la Iglesia, sino también del mundo en el que ésta vive, de sus valores y de su dinámica. Por otra parte, esta Constitución no es un documento dogmático, sino pastoral: ¿debería, pues, carecer de importancia para la teología?

 

Scannone destaca varias veces en su obra la atención de los obispos conciliares a una dimensión de la humanidad que hasta entonces había sido poco considerada. El pastor de un pueblo no puede ser fiel a su oficio si no está en comunión con su pueblo. Surge así una nueva exigencia para la teología. Las culturas son múltiples e históricas, y el mensaje evangélico debe proclamarse siendo consciente de este hecho. Por eso se impone a los teólogos un punto fundamental para la vida cristiana: la atención a la piedad popular, manifestación privilegiada del alma de un pueblo.

 

El texto del P. Bonino «Per leggere il documento “Sensus fidei nella vita della Chiesa”», que presenta numerosas citas del Magisterio, muestra cómo la «teología del pueblo» constituye un bien de la Iglesia, al menos a partir de Pablo VI. Se trata sin duda de una «corriente teológica» cuya orientación es más pastoral que especulativa.

 

«Son los pobres los que, al menos de facto en América Latina, conservan, de manera estructurante de su vida y convivencia, la cultura propia de su pueblo, y sus intereses coinciden con un proyecto histórico de justicia y paz […]. De este modo, la opción preferencial por los pobres […] no se opone a la opción […] por la evangelización de la cultura y de las culturas de los pueblos, sino que de hecho ambas coinciden» (TP 15).

 

Según Scannone, existe «una contribución propia de la teología popular, tanto a la teología como ciencia, como a la Iglesia. […] Aunque este intercambio está profundamente enraizado en la Sagrada Escritura y en la historia de la Iglesia y de la teología, hoy existe, sin embargo, una nueva conciencia del mismo, cuya explicitación, acentuación y profundización se deben a un acontecimiento de doble significado: “la irrupción del pobre” en la conciencia de la sociedad, de la Iglesia y de la teología, y la consiguiente revalorización de la religiosidad y de la sabiduría populares, acontecimiento que constituye un verdadero signo de los tiempos» (TP 127).

 

El Papa Francisco menciona la «irrupción de los pobres» en el nº 149 de su encíclica Laudato si’, donde, refiriéndose a la vida en las favelas, afirma que «el amor puede más. Muchas personas en estas condiciones son capaces de tejer lazos de pertenencia y de convivencia que convierten el hacinamiento en una experiencia comunitaria donde se rompen las paredes del yo y se superan las barreras del egoísmo. Esta experiencia de salvación comunitaria es lo que suele provocar reacciones creativas para mejorar un edificio o un barrio».

 

Cuando el Papa Francisco utiliza la figura del poliedro para indicar aquello en lo que toda realidad muestra su unidad de manera plural, señala que el principio de unidad no está en una fórmula, sino que es aquello por lo que todos los aspectos de cada realidad constituyen un concierto armónico. ¿Cómo expresar mejor lo que nos ocurre con una pandemia como la de Covid-19 que evocando lo que se vive: «la barca en la tormenta», «la llama nueva en la noche», «el subsuelo y las montañas», o incluso «la guerra de los poetas»? ¿No sería posible, por tanto, «leer» la piedad popular desde esa perspectiva? Esta fue la línea de pensamiento que nos legó Juan Carlos Scannone.

 

(*) Paul Gilbertabril. “Juan Carlos Scannone y la teología del pueblo”; La Civilta Cattolica, 14, 2023: Revista cultural de la Compañía de Jesus

 

1.J. C. Scannone, La teologia del popolo. Radici teologiche di papa Francesco, Brescia, Queriniana, 2019, 19. Las citas del libro serán indicadas en el texto con la abreviatura TP, seguida del número de página.

 

 

 

Anexo II


La Teología del Pueblo o la transformación de la Fe católica

 

Carlos Daniel Lasa

INFOCATÓLICA, 13/11/20

 

Unas breves notas, sabiendo que el formato impide un desarrollo de cada uno de los puntos considerados. Sin embargo, lo hice pensando en que, incluso de esta manera, podía echar un poco de luz en este momento de confusión por el que está atravesando la Iglesia católica.

 

Al respecto, recuerdo el título de un artículo que escribiera el destacado filósofo alemán Robert Spaemann a raíz de un análisis que hiciera de la Encíclica Amoris Laetitia: «El caos erigido en principio».

 

De la comprensión a la revolución

El destacado filósofo italiano Augusto Del Noce nos ha enseñado, entre otras cosas, que Carlos Marx ha producido un cambio epistemológico en la noción misma de filosofía. Marx ha abandonado la idea de filosofía como comprensión para pensarla como revolución o transformación del mundo (tesis XI sobre Feuerbach). Y esta idea de Marx no hace acepción de personas; por el contrario, ha copado las conciencias de no pocos prelados.

 

Consecuentemente, el problema que tenía el fiel católico (determinar qué filosofía resulta más apta para comprender la fe sin corromper su esencia), se ha convertido en este otro: ¿cómo transformar la fe para que sea una con el mundo?

 

Esta nueva conciencia cristiana está obsesionada con una única cuestión: ¿qué forma otorgarle a la fe para que sea aceptada por la cultura actual? Este error inicial, que fue muy importante durante y después del Concilio Vaticano II, va a transformase en un gran error terminal que ha explotado de manera virulenta en nuestros días.

 

Basta advertir que el rostro del nuevo catolicismo cree más en la conciencia histórica que en la revelación divina. Cuando hablo de «conciencia histórica» estoy pensando en aquella perspectiva que asume como criterio absoluto de verdad este apotegma: «tanto el conocedor como lo conocido, tanto el sujeto como el objeto no se dan ‘ónticamente’, sino ‘históricamente’ » (Hans-Georg Gadamer. El problema de la conciencia histórica. Madrid, Tecnos, 1993, p. 25).

 

El amor no está puesto ya en la revelación divina sino en una afirmación de la razón humana.

 

Una nueva universalidad

El intento de transformar la realidad, en lugar de dejar que la misma se me manifieste tal como es, es una muestra harto palmaria del abandono definitivo de la metafísica.

 

Sucede que el nuevo dogma, el de la conciencia histórica, exige suprimir todo anclaje (léase: el ser). Claro está que esto no implica el abandono de la idea de universalidad. La nueva universalidad ya no estará fundada en el ser (el cual se hace presente en todo lo que es), sino que será una universalidad sui generis. La misma se fundará en una realidad puramente contingente, es decir, histórica.

 

De este modo, dejando de lado aquello que está presente en todo lo que es (verdadera universalidad) se pasa a asumir determinado modo de ser, haciendo brotar de él las leyes de carácter universal. La elección del modo de ser, obviamente, debe guardar perfecta consonancia con la forma mentis de la cultura dominante, aquí y ahora.

 

Esta nueva y falsa universalidad es propuesta en la actualidad desde la misma Roma. Su nombre es «la teología del pueblo». La misma es el claro resultado de ese espíritu ocupado no en comprender la revelación, sino en transformarla.

 

Para lograr este cometido, se emplea y menea hasta el hartazgo la categoría «pueblo». A partir de ella se establecerán las nuevas leyes universales que habrán de regir todo lo que es, incluida la mismísima fe católica.

 

Las nuevas leyes y el nuevo catolicismo

Las leyes universales que emanan de la categoría pueblo son, a mi juicio, fundamentalmente tres: a) la historicidad de todo lo que es; b) la asunción de la categoría relación en lugar de la de sustancia; c) la apoteosis de lo vivencial de la fe en desmedro de lo doctrinal.

 

De la aplicación de estas leyes surge el nuevo catolicismo. El mismo se caracteriza por:

 

1 - El abandono de la pretensión de aquello que indica el mismo nombre de catolicismo: la universalidad. Si la nueva ley del ser es el devenir, si todo es histórico, entonces la religión se convierte en una de las diversas expresiones que tienen los pueblos. Y no solo en relación a aquello que consideran Dios, sino en lo que concierne al modo propio de relacionarse con él.

 

2 - El privilegio otorgado a la comunidad en detrimento de la persona humana. La idea de comunidad da cuenta de la centralidad de la idea de relación; por el contrario, la de persona remite a la idea de sustancia.

 

De ahora en más, el sujeto de la fe deja de ser la persona humana, y pasa a serlo el pueblo. Esta posición ha conducido, entre otras cosas, a la renuncia por parte de la Iglesia católica de la acción de educar las conciencias de los hombres. Solo va a interesar la masa.

 

3 - El reemplazo de la preocupación doctrinal por una concepción vitalista de la fe. De este modo, la doctrina es una expresión, siempre inadecuada, de una fe cuya esencia es su continuo hacerse. «La doctrina falsea esa fe genuina» ‒afirman los mentores del nuevo catolicismo‒. Ese continuo hacerse pretende fijarse, anquilosarse a través de fórmulas (tal como lo ha hecho, de manera totalmente errónea, la Iglesia católica durante más de dos mil años).

 

4 - La politización absoluta de la Iglesia católica. Este resultado ya se encuentra en el mismo punto de partida: si la intentio originaria es «hacerse mundo» para alcanzar una perfecta sintonía con el mismo, entonces el contenido del nuevo catolicismo deberá identificarse, in totum, con la dimensión política.

 

Los criterios para determinar qué acciones son buenas, y cuáles malas, tanto por parte de los que se dicen cristianos como de los que no lo son, se extraerán de otro lado. Ya no son los diez mandamientos ni las bienaventuranzas del Nuevo Testamento las fuentes, sino las exigencias dictadas por la política.

 

El obrar de un católico será moralmente bueno si está a favor de los migrantes, si apoya a un presidente que privilegia las libertades civiles por encima de todo, si asume la conciencia de clase poniéndose en favor de los más pobres, si apoya la globalización, si es partidario de movimientos políticos que son expresión del «pueblo», etc.

 

De ahora en más, la religión no salva al hombre ya que este cometido es misión exclusiva de la política.

 

5 - La eliminación, del seno de la Iglesia, de todos aquellos que pretendan una comprensión católica del cristianismo. No hay cabida para ellos dado que son el katejón (obstáculo) que impide o demora el maridaje definitivo con el mundo.

 

Tengo ante mis ojos el prefacio escrito por el Padre Enrico Rosa S.J. a diversos estudios y comentarios respecto de la Encíclica Pascendi del Papa Pío X. El Padre Rosa afirma que el modernismo se ha erigido no ya en una herejía de escuela sino en un cristianismo nuevo que amenaza con suplantar al antiguo (Cfr. Enrico Rosa. L’Enciclica Pascendi e il modernismo. Studii e commenti. Seconda edizione corretta e accresciuta. Roma, Civiltá Cattolica, 1909, p. III).

 

Creo que lo sostenido por el Padre Rosa, hace ya más de cien años, se está cumpliendo en nuestros días. En la actual Iglesia católica ya no podemos decir que los católicos creemos lo mismo. La unidad de fe se ha convertido en una rapsodia que exige un gobierno sostenido por el miedo y no por una caridad fundada en la Verdad.

 

La adoración de la historia no puede desembocar más que en este nuevo catolicismo que, como refiere Del Noce, no se presenta ni como acrecentamiento, ni como explicación de las virtualidades presentes en la fe católica. Todo lo contrario, se trata de algo absolutamente nuevo, configurado a partir de una ruptura radical con el catolicismo de siempre (Cfr. Augusto Del Noce. I cattolici e il progresismo. Milano, Leonardo, 1994, p. 214).