martes, 3 de marzo de 2026

EL SENTIDO


 por el que somos Hijos de Dios

 

Por: Carlos Prosperi

INFOVATICANA | 01 marzo, 2026

 

Para Santo Tomás de Aquino, la temática sobre la filiación del hombre con Dios tiene matices importantes. No es posible resolverla con una simple afirmación o negación, sino que distingue tres niveles bien definidos en el modo en que podemos predicar dicha filiación de Dios.

 

Según el Doctor Angélico, todos los seres tienen una relación especial con Dios, ya que, como Creador de todo el universo, tiene un amor especial por todas sus criaturas. Sin embargo, solamente los seres racionales pueden llamarse propiamente “hijos”, y esto ocurre en grados distintos.

 

Al decir seres racionales no se refiere simplemente a la capacidad de razonar, en cuanto a seguir procedimientos lógicos para llegar a determinadas conclusiones, sino a ser participantes del Logos divino.

 

En efecto, cuando Aristóteles define al hombre como “animal racional” no se refiere a la inteligencia simplemente racional oa los sentimientos, que también están presentes en muchos otros animales, sino a la participación con el Logos, que significa mucho más que solamente razón o palabra, y por eso usa en su Metafísica los términos griegos “ ζῷον λογικόν” (zoon logik ón), implicando un ser viviente dotado de alma, razonamiento, palabra y pensamiento lógico trascendental, y además capaz de conectarse intelectual y amorosamente con su Creador. También San Juan al comienzo de su evangelio (Jn 1,1) usa el término Logos cuando dice que “En el principio era el Verbo” ( Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος).

 

Este concepto coincide plenamente con el Génesis cuando se explica que el hombre es imagen de Dios (Imago Dei). La expresión “a imagen y semejanza” (Gn 1,26-27) no es una redundancia, sino que significa que el hombre como imagen es un espejo que refleja a Dios, pero a su vez, mediante la gracia, tiende a una mayor semejanza progresiva a medida que se acerca a la santidad. Así lo explica San Buenaventura en su obra Itinerario de la mente a Dios.

 

“Los dioses no son Dios”

La corta frase de este título se atribuye a Benedicto XVI y sintetiza una gran verdad en pocas palabras. Es común hablar de “los dioses” en general, como si todos fueran más o menos lo mismo, y en consecuencia todos seríamos hijos de Dios o al menos de algún dios, en una especie de fraternidad masónica universal.

 

Pero el Dios verdadero, el que es uno y trino y que murió en la cruz para redimir a la humanidad, es uno solo, bien distinto de todos los otros dioses, incluso el de los musulmanes o judíos con quienes compartimos las verdades del “Libro”.

 

Si bien el cristianismo hace suyas muchas doctrinas de las otras religiones, formando así un acervo cultural común, hay otras verdades que son exclusivas y lo diferencian.

 

Como afirma San Justino en sus Apologías: "El Cristianismo no ha venido a destruir nada, sino a engrandecer y perfeccionar todo. La Revelación no destruye el edificio intelectual levantado por los pensadores; antes, al contrario, consolida sus fundamentos y lo corona con un magnífico remate... Toda verdad que diga cualquier hombre nos pertenece a nosotros los cristianos, porque nosotros adoramos al Logos, que procede directamente de Dios".

 

Para decirlo de nuevo con palabras de Benedicto XVI: “El cristianismo primitivo llevó a cabo una elección purificadora: se decidió por el Dios de los filósofos en contra de los dioses de las otras religiones… Cuando hablamos de Dios nos referimos al ser mismo, a lo que los filósofos consideran como el fundamento de todo ser, al que han ensalzado como Dios sobre todos los poderes; ese es nuestro único Dios” (Introducción al cristianismo).

 

Pero retomando la opinión de Santo Tomás, considera que se puede expresar la filiación divina de tres diferentes modos:

 

Por creación (filiación común)

En un sentido muy amplio, toda la creación es hija de Dios, y en un sentido más específico todos los hombres somos hijos de Dios porque hemos sido creados por Él y hemos recibido su soplo divino. Y por supuesto, Dios ama en todos los humanos esa esencia que nos acerca a su naturaleza.

 

Según Santo Tomás: “El nombre de hijos de Dios no se aplica a las criaturas sino en cuanto participante de la semejanza de Dios… El hombre, por su naturaleza racional, es semejante a Dios, y por eso a todo hombre se le puede llamar hijo de Dios en cuanto es creado a imagen de Dios” (Suma Teológica, III, q. 23, a. 3).

 

Sin embargo, el mismo Aquinate aclaración después que la filiación propiamente dicha requiere ir más allá todavía, y necesita en sentido estricto una semejanza de naturaleza o de gracia que proviene del bautismo y de la fe, como claramente lo expresa San Marcos.

 

Cabe acotar que, si bien el amor divino por el hombre nos incluye a todos, ello no contradice el hecho de que quienes no tengan fe o sean pecadores serán condenados, ya que en Dios hay un equilibrio infinitamente perfecto entre el amor y la justicia.

 

Dentro de este contexto, decir que todos somos hijos de Dios no aporta nada concreto para la moral o la vida cristiana.

 

En efecto, se puede decir que incluso el Demonio, en tanta criatura, es amado por Dios e hijo suyo, lo cual no impide que esté en el infierno. Lucifer, el ángel portador de luz, se condena cuando se niega a servir a Dios diciendo: “Non serviam”. Todo lo contrario a la Virgen que se declara “Esclava del Señor” (Lc 1,38).

 

La expresión de rebelión también aparece en la Biblia para describir la desobediencia del pueblo de Israel hacia Dios, que lo tenía como su pueblo elegido, y en ese contexto es una metáfora de su idolatría y traición (Jer 2,20).

 

Por la gracia (filiación adoptiva)

El segundo modo según el cual, para el Aquinate, somos “hijos de Dios” en el sentido pleno es a través de la gracia santificante, el don divino que nos acerca a la santidad. Este concepto permite distinguir entre la humanidad en su totalidad y aquella parte de los hombres que están unidos a Cristo mediante el sacramento y el amor.

 

“Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos” (Mt 22,14). Es falso que todos se salven, ya que, si bien muchos son llamados, no todos son escogidos, según palabras del mismo Cristo. Solo se salvarán quienes sean bautizados en el nombre de la Trinidad y perseveren en la fe.

 

Leemos en Romanos: “El Espíritu nos hace hijos, e hijos y coherederos con Cristo” (Rm 8,14-17), y en Gálatas: “Todos sois hijos de Dios por la fe” (Ga 3,26; 4,4-7).

 

Dice Santo Tomás: “La filiación adoptiva es una semejanza de la filiación natural, pero se da en nosotros por la gracia, no por la naturaleza… Por eso la filiación adoptiva pertenece propiamente a los que están unidos a Cristo por la fe y la caridad” (Suma Teológica, III, q. 23, a. 1).

 

El caso de Cristo (filiación natural)

En tercer y último lugar, el Doctor Angélico diferencia esencialmente nuestra relación con el Creador de su relación con Cristo, señalando que los humanos somos hijos “por participación”, mientras que Cristo es Hijo “por esencia”.

 

Al decir que somos hijos por participación se significa que el amor de Dios gratuitamente nos hace partícipes de su divinidad, sin que lo seamos por naturaleza, ya que seguimos siendo criaturas. Cristo, en cambio, es por su propia esencia Hijo de Dios, en tanto segunda Persona de la Santísima Trinidad.

 

Al respecto, aclara Santo Tomás: “Cristo es Hijo de Dios por naturaleza, según su divinidad; nosotros somos hijos de Dios por adopción, según la participación de la gracia” (Suma Teológica, III, q. 23, a. 2).

 

“Por la gracia santificante el hombre es hecho partícipe de la naturaleza divina y es adoptado como hijo de Dios” (Suma Teológica, I-II, q. 110, a. 2).

 

En plena continuidad con visión esta tomista, la Tradición Apostólica distingue claramente entre la paternidad de Dios por creación, que es universal y aplicable a todas las criaturas, y la filiación por la gracia, que es específica de los fieles cristianos.

 

La Iglesia Católica sostiene también que la misericordia divina es tan grande que excepcionalmente puede incluir entre los que se salven a algunas personas que, sin culpa propia, no hayan recibido el bautismo ni conozcan plenamente la verdadera religión, pero busquen sinceramente la verdad y obren conforme a su conciencia. Sin embargo, esto no puede tomarse como norma general.

 

Magisterio de los Papas

Muchos Papas se han expresado también en relación a esta problemática. Destacan entre ellos:

 

San Juan Pablo II, en Redemptor Hominis, enseña: «Mediante la gracia, el hombre es hecho 'hijo de Dios', participante de la naturaleza divina... El hombre, por el Espíritu Santo, llega a ser heredero de los bienes divinos, y el Espíritu mismo da testimonio de que somos hijos de Dios».

 

Benedicto XVI, en la homilía del 8 de enero de 2006, afirmó: «Por el Bautismo, el hombre no es solo una criatura, sino que se convierte en hijo de Dios. […] Solo a través de Cristo, el Hijo único, nosotros podemos llegar a ser hijos de Dios».

 

Francisco, en la audiencia general del 12 de junio de 2019, declaró: «Nadie es hijo de Dios de forma genérica: todos somos criaturas de Dios, pero el Espíritu Santo nos hace hijos e hijas de Dios en Cristo. Él es quien nos inserta en esta relación». Es muy importante esta declaración de Francisco, ya que varias veces ha generado desconcierto en la Iglesia a causa de expresiones suyas en sentido diverso.

 

Santos y Doctores de la Iglesia

Otros sabios de la Iglesia Católica han dado su docta opinión, coincidente, por supuesto con la Tradición Apostólica:

 

San Agustín (Sermón 121): «A los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Si somos hijos de Dios, es por la gracia, no por la naturaleza. Solo el Unigénito es hijo por naturaleza; nosotros lo somos por el tiempo, a través de Aquel que es antes de los tiempos».

 

San Atanasio de Alejandría, en De Incarnatione Verbi: “El Hijo de Dios se hizo hombre para que nosotros fuésemos hechos hijos de Dios”.

 

San Cipriano de Cartago, en Sobre la oración dominical: «El hombre nuevo, renacido y restituido a su Dios por su gracia, dice en primer lugar: 'Padre', porque ya ha comenzado a ser hijo».

 

San Josemaría Escrivá, en Es Cristo que pasa: «La filiación divina es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo».

 

Catecismo de la Iglesia Católica

Finalmente, el Catecismo es muy preciso y revelador al respecto, ya que utiliza la palabra «adopción» para diferenciarla de la creación:

 

Dice en el ítem 1265: «El Bautismo no solo purifica de todos los pecados, hace también del neófito una 'nueva criatura', un hijo adoptivo de Dios que ha sido hecho 'participe de la naturaleza divina', miembro de Cristo, coheredero con Él y templo del Espíritu Santo».

 

Y en el ítem 2782: «Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su vida al adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único: por el Bautismo nos incorpora al Cuerpo de su Cristo».

 

En síntesis, dejando aparte la filiación natural de Cristo, la filiación divina del hombre se entiende básicamente de dos maneras:

 

1. Como criaturas: Todos los seres humanos somos amados por Dios que es nuestro origen y fin, y poseemos una dignidad sagrada en cuanto hemos sido creados a su imagen, pero no somos verdaderamente hijos en sentido evangélico.

 

2. Como hijos adoptivos: Solamente mediante el bautismo y la profesión de la verdadera fe, los seres humanos pasamos de ser «siervos» o «criaturas» según el Antiguo Testamento, a ser formalmente y en plenitud «hijos en el Hijo» según el Nuevo Testamento, o “Unos en el Uno”, de acuerdo a la frase agustiniana de nuestro Papa León XIV.

 

Sobre el autor:

Carlos Prosperi es doctor en Ciencias Biológicas, licnciado en Filosofía y diplomado en Tomismo. Ejerce como profesor universitario de Biología y Epistemología

martes, 17 de febrero de 2026

CARLOS SACHERI


y el Orden Natural

 

POR JUAN MANUEL AUBRY

La Prensa, 17-6-2026

 

Vivimos tiempos de confusión, relativismo, donde todo vale por su cantidad de seguidores y “me gusta” en redes, y claramente, la Verdad no tiene mucha cabida en este espacio

 

A nuestro alrededor, el mundo moderno parece colapsar bajo el peso de su propia soberbia: la moral a conveniencia, la disolución de la familia, la tiranía del dinero y el estatismo asfixiante. En la universidad, en el trabajo y en la calle, nos bombardean con la idea de que Dios no existe -y si existe es pachamamesco-, de que la Patria es un concepto obsoleto –salvo la patria cartonera- y de que la Fe debe quedarse encerrada en la sacristía –excepto en la mezquita-.

 

Ante este caos, la tentación de la desesperanza es grande, más viendo que quienes tienen el deber de guiar, enseñar y santificar, se bajan los pantalones ante el poder para “no molestar”. Pero nosotros, que sabemos que sin sangre no hay redención, tenemos una obligación mayor. Tenemos el deber de volver a las fuentes, a aquellos maestros que vieron venir la tormenta y nos dejaron el mapa para navegarla.

 

Hoy, más que nunca, es imperativo volver a leer "El Orden Natural" de otro de nuestros mártires por Cristo Rey, el profesor Carlos Alberto Sacheri. No es un libro para dejar en la biblioteca juntando polvo. Es un manual de operaciones. Es el testamento intelectual de un hombre que pagó con su sangre la defensa de Dios y de la Patria. Al releerlo hoy, no busco teoría abstracta, sino axiomas para el día a día, principios rectores para no perder el rumbo en esta Argentina doliente.

 

“A nuestro alrededor, el mundo moderno parece colapsar bajo el peso de su propia soberbia: la moral a conveniencia”.

 

Aquí presento cuatro axiomas que consideramos fundamentales, extraídos de esta obra imprescindible para nuestra militancia cotidiana, entiendo la militancia como nos enseña la Escritura, militia est vita hominis super terram, y no la militancia partidocrática salamera que busca agrado de un tirano y el consecuente cargo en el kiosco.

 

1) La realidad   es, no se   negocia. El orden existe

El mundo moderno, infectado de liberalismo, marxismo y las frutas que surgen de estos torcidos árboles, nos quieren hacer creer que todo es una construcción social, que nosotros definimos qué es ser hombre o mujer, qué es el bien o el mal, pero ¡ay! De quien define según la biología y la moral tradicional. Sacheri nos despierta de ese sueño de soberbia: "El orden natural es anterior al hombre". No es un invento nuestro; es la huella de Dios en la creación. Viendo la mesa conocemos que hay carpintero, viendo la creación sabemos que existe Creador.

 

El axioma consecuente: No cedamos ni un centímetro en el lenguaje ni en las ideas. Cuando nos digan que la verdad es relativa, recordemos que las cosas tienen una naturaleza inmutable. Defender lo obvio (que la familia es hombre y mujer, que la vida es sagrada desde la concepción) no es ser "conservador", es ser realista. Nuestra primera rebeldía es llamar a las cosas por su nombre. “Llegará el día que será preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde” nos dejó dicho Chesterton, hace rato que estamos haciendo duelo de floretes con la posmodernidad.

 

2) Ni la selva liberal ni la cárcel socialista

Los jóvenes, a menudo nos sentimos huérfanos entre una derecha liberal que solo adora al dios-mercado y una izquierda que busca la esclavitud estatal. Sacheri, con la claridad de Santo Tomás, nos muestra el camino real. Nos enseña que el liberalismo, con su "sano egoísmo", atomiza la sociedad y deja al débil a merced del fuerte, mientras que el socialismo, al negar la propiedad privada, nos quita la libertad y la dignidad personal.

 

El axioma consecuente: La economía debe estar subordinada a la política, y la política a la moral. Defendemos la propiedad privada, sí, pero no como un fin absoluto, sino como herramienta para la libertad familiar y con una hipoteca social. En nuestro trabajo o emprendimiento, no busquemos el lucro por el lucro. Demos buscar “en todo amar y servir”, crear comunidad y fortalecer la independencia de nuestras familias frente al Estado y las finanzas internacionales.

 

3) Reconstruir desde abajo: La verdadera participación

Nos han vendido una democracia falsa, una "partidocracia" donde nuestra participación se reduce a votar cada dos años por listas de sábanas que no conocemos. Sacheri nos recuerda el principio de subsidiaridad: lo que puede hacer el grupo menor, no debe absorberlo el mayor. La sociedad no es una masa de individuos frente al Estado, sino un tejido rico de familias, municipios, grupos y asociaciones profesionales.

 

El axioma consecuente: La verdadera política empieza en las células básicas. Antes de querer ser diputado, hay que ser un buen padre, un miembro activo de tu consorcio, un delegado honesto, un líder en tu club. Reconstruir el tejido social destruido por el individualismo es la base de la restauración nacional. El orden no se impone por decreto desde arriba; se construye orgánicamente desde abajo. Tenemos ejemplo de trabajo en nuestro beato Enrique Shaw.

 

4) La cruz    y la   espada. coherencia de vida

Quizás lo más impactante de revelar a Sacheri es recordar que él no separaba su fe de su vida pública. Nos advierte contra el error de pensar que la religión es un asunto privado sin consecuencias sociales. El orden natural es el cimiento, pero Cristo Rey es la cumbre.

 

El axioma consecuente: No existe el "católico a medias". Nuestra milicia es vana si no está sostenida por la Gracia. La batalla cultural es, en el fondo, una batalla espiritual, una guerra de altares. Sacheri fue asesinado frente a su familia al volver de Misa. Su fue coherencia total. La nuestra debe aspirar a lo mismo: formarnos, vivir en gracia y no tener miedo de confesar nuestra Fe en la universidad o en la plaza pública. Nuestro martirio seguramente no sea con leones, sino con un “escrache” mediático, precio a pagar por el reinado de Cristo.

 

"Releer a Sacheri es recordar que él no separaba su fe de su vida pública. El orden natural es el cimiento, pero Cristo, la cumbre".

 

ENTONCES…

"El orden defiende al hombre y el hombre al orden" nos recuerda a Mons. Tórtolo prologando la obra. Hoy, ese orden está bajo ataque, es invertido. Releer este libro no es un ejercicio de nostalgia; es afilar la espada. Querido amigo, léelas, estúdialas y, sobre todo, vívelas. Porque la Argentina no se salvará con discursos vacíos, sino con hombres y mujeres que, ordenados por dentro y sostenidos por la Gracia, sean capaces de restaurar el orden natural por fuera y el reinado social de Cristo

 

Hoy más que nunca, ¡Carlos Alberto Sacheri, presente!

lunes, 16 de febrero de 2026

¿ES NECESARIO EL ESTADO?

 


Mario Meneghini

 

El presidente Javier Milei aseguró durante un reportaje concedido a un sitio de noticias estadounidense llamado “The Free Press”:

“Amo ser el topo dentro del Estado, yo soy el que destruye el Estado desde adentro“Es como estar infiltrado en las filas enemigas, la reforma del Estado la tiene que hacer alguien que odie el Estado…” (1)


Es cierto que lo mencionado agrava la crónica debilidad institucional e imprevisilidad que afecta a la Argentina, y que involucra a los tres niveles del sector público, y no es responsabilidad exclusiva de un partido político.

El Prof. Bidart Campos explica que el hombre y las instituciones temporales están en el Estado como círculos concéntricos dentro de uno mayor; logran la posibilidad de su fin dentro de un fin de bien común público, que incumbe a la sociedad máxima; máxima porque es la suprema en la órbita de las competencias temporales, y dentro de ella, la única sociedad perfecta. (2)


Creemos que, en nuestro país, el problema es muy profundo y complejo: no es que el Estado funcione defectuosamente, sino que dejó de existir como tal, y desde hace mucho tiempo; sobre esto han coincidido varios intelectuales (3). Quien mejor desarrolló el tema fue el Dr. Marcelo Sánchez Sorondo (4) y conviene recordar su argumentación. Sostiene este autor, que todo Estado incluye un gobierno, pero no todo gobierno implica que existe un Estado. El Estado es una entidad jurídico-política, que surge recién en una etapa de la civilización, como complejo de organismos, al servicio del bien común. Supone una delimitación explícita del poder discrecional; si un gobernante puede afirmar “el Estado soy yo”, queda demostrada la inexistencia de un Estado. Pues la hipertrofia del poder personal, sin frenos, es un síntoma de la ausencia de un Estado.


En toda institución -y el Estado es la de mayor envergadura en un territorio determinado-, el dirigente se subordina a la finalidad perseguida y a las normas establecidas. “No hay Estado si el contexto político y el orden jurídico que lo encuadran son una ficción y por momentos una superchería. Cuando el poder no se emplaza en la órbita de las instituciones, sino que se adscribe a una tipología grupal o meramente personal, entonces no se alcanza ese nivel de civilización política que implica la existencia en plenitud, la plenipotencia del Estado” (4).

El gobierno no encuadrado en un Estado, es errático y caprichoso; sirve únicamente para el enriquecimiento e influencia individual de los gobernantes, que no pueden lograr el funcionamiento eficaz de la estructura gubernamental. De allí la paradoja de culpar al Estado de todos los problemas, cuando el origen de los problemas es la ausencia del Estado.


En síntesis, la Argentina no tiene Estado, sólo gobiernos. Pero, para intentar fundamentar brevemente esta tesis, es necesario describir las notas características que distinguen a un Estado contemporáneo, más allá de las formalidades constitucionales y del tipo de gobierno establecido. Para ello, partimos del esquema del Profesor de Mahieu (5), y definimos al Estado como el órgano de integración social, planeamiento y conducción, de una sociedad territorialmente delimitada, que procura el bien común. Es decir, que sólo puede calificarse de Estado, aquel que cumple las tres funciones básicas señaladas.


1. Integración social. La unidad social es el resultado de la interacción de las diversas fuerzas sociales constitutivas, síntesis en constante elaboración por los cambios que se producen en los grupos y en el entorno. La superación de los antagonismos internos no surge espontáneamente; es el resultado de un esfuerzo consciente por afianzar la solidaridad sinérgica a cargo del Estado. A semejanza del director de orquesta, es el Estado el que logra crear una melodía social unitaria y armoniosa. El poder estatal tendrá legitimidad en la medida en que cumpla dicha función, garantizando la concordia política.


2. Planeamiento. El Estado centraliza la información que le llega de los grupos sociales; recopila sus problemas, necesidades y demandas. Los datos son procesados y extrapolados en función de los fines comunes, fijados en la Constitución Nacional y en otros documentos, que señalan los objetivos políticos y los valores que identifican a un pueblo. Con mayor o menor intensidad, según el modelo gubernamental elegido, es en el marco del Estado donde debe realizarse el planeamiento global que establezca las metas y las prioridades en el proceso de desarrollo integral de la sociedad, en procura del Bien Común. Por cierto, que en una concepción jusnaturalista, el planeamiento estatal sólo será vinculante para el propio Estado, y meramente indicativo para el sector privado. La autoridad pública no debe realizar ni decidir por sí misma lo que puedan hacer y procurar las comunidades menores e inferiores. Pero, debido a la complejidad de los problemas modernos, el principio de subsidiariedad resulta insuficiente para resolverlos sin la orientación del Estado, que mediante el planeamiento se dedique a animar, estimular, coordinar, suplir e integrar la acción de los individuos y de los cuerpos intermedios.


3. Conducción. La esencia de la misión del Estado es el ejercicio de la autoridad pública. La facultad de tomar decisiones definitivas e inapelables, está sustentada en el monopolio del uso de la fuerza, y se condensa en el concepto de soberanía. El gobernante posee una potestad suprema, en su orden, pero no indeterminada ni absoluta. El poder se justifica en razón del fin para el que está establecido y se define por este fin: el Bien Común temporal.

Si un Estado no posee, en acto, estas tres funciones, ha dejado de existir como tal o ha efectuado una transferencia de poder en beneficio de organismos supraestatales, o de actores privados, o de otro Estado.


Como hipótesis, nos animamos a decir que el Estado argentino dejó de funcionar como tal a partir de junio de 1970, con la renuncia del Gral. Onganía. Aplicando, sintéticamente, el esquema teórico expuesto, podemos advertir que en la fecha indicada resultaron afectadas las tres funciones básicas:

Integración social: a fines de la década del 60 comienzan enfrentamientos y disturbios sociales graves, que culminan en una guerra civil. En mayo de 1969 se produce el Cordobazo, y un año más tarde, el secuestro y asesinato del Gral. Aramburu. Del presente, para comprobar el desorden de la sociedad, baste citar: los 12.849.616 de pobres y los 2.866.085 de indigentes según cifras oficiales (Infobae, 5-2-2026); promedio de condenas por delitos cometidos en la última década, 3,2%; 45.000 prófugos de la Justicia.

Planeamiento: luego de haberse aplicado en los dos Planes Quinquenales, y perfeccionado el sistema con la creación del Consejo Nacional de Desarrollo, que logró, por primera y única vez, fijar las Políticas Nacionales (Decreto 46/70); dejó de aplicarse el planeamiento como instrumento de gobierno, hasta el presente, desde junio de 1970.

Conducción: Al aceptarse la renuncia del Gral. Onganía, el 8 de junio de 1970 asume el poder político la Junta de Comandantes en Jefe. El Proceso de Reorganización Nacional formalizó a la Junta Militar como órgano supremo, con lo que, durante varios años la jefatura del Estado dejó de ser individual y se convirtió en triunvirato. Desde entonces, el sector público argentino carece de una conducción unificada, homogénea, racional.


En el panorama descripto, deja de funcionar el Estado como compendio de instituciones con recíproca interdependencia, y es reemplazado por un ejercicio discrecional del poder.

En conclusión, si es correcto el análisis, la prioridad absoluta –y urgente- consiste en restaurar el Estado, y procurar que actúe eficazmente. Ello no ocurrirá como consecuencia necesaria de elaborar un buen diagnóstico. Por eso, decía Don Ricardo Curutchet: No basta con denunciar que se pierde la Argentina, es necesario actuar para contribuir a salvarla.


Es insensato confiar en que, precisamente en el momento más difícil de la historia nacional, podrá producirse espontáneamente un cambio positivo. Sólo podrá lograrse si un número suficiente de argentinos con vocación patriótica, se decide a actuar en la vida pública buscando la manera efectiva de influir en ella. Un dirigente político no puede limitarse a exponer los principios de un orden social abstracto. La doctrina tiene que estar encarnada en ciudadanos que cuenten con el apoyo de muchos, formando una corriente de opinión favorable a la aplicación de la doctrina. Debe encararse con seriedad la preparación de un Proyecto Nacional y la constitución de equipos aptos para aplicarlo.

 

Referencias:

1) Infobae, 6-6-2024.

2) Bidart Campos, Germán. “Doctrina del Estado democrático”, EJEA. 1961, p. 28.

3) Por ejemplo: Jorge Vanossi (La Nación, 17/3/02); Manuel Mora y Araujo: (La Nación, 20/3/02); Natalio Botana (Clarín, 28/4/02).

4) Sánchez Sorondo, Marcelo. “La Argentina no tiene Estado, sólo gobiernos”; Revista Militar N° 728, 1993, p., 13-17.

4) Idem, op.cit., p. 14.

5) de Mahieu, José María. “El Estado comunitario”; Buenos Aires, Arayú, 1962.