jueves, 29 de octubre de 2026

JORGE MARIO BERGOGLIO

una ontología de la equivocidad

 Carlos Daniel Lasa

oct 29

 

Jorge Mario Bergoglio no dejó un tratado de filosofía. Pero en años de leer sus homilías, sus encíclicas y hasta sus frases más espontáneas, llegué a una convicción que quiero exponer aquí con toda claridad: el modo en que usa el lenguaje no es un simple estilo pastoral, impreciso o coloquial. Es el síntoma de una manera de concebir lo real. Detrás de la equivocidad hay una ontología.

 

Hay una escena que uso siempre para explicar de qué hablo. El 28 de julio de 2013, a bordo del avión que traía a Francisco de regreso de Río de Janeiro, un periodista le preguntó por las personas homosexuales dentro de la Iglesia. Su respuesta recorrió el mundo: “Si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”. La frase quedó grabada como un gesto de apertura. Pero léanla conmigo con atención: admite dos lecturas casi opuestas. Puede significar que renuncia a juzgar el destino último de esa persona ante Dios —algo que ningún católico discutiría, porque ese juicio es exclusivamente divino—, o puede significar que renuncia también a pronunciarse sobre la moralidad del acto en sí, una cuestión bien distinta. Bergoglio nunca aclaró cuál de las dos cosas quiso decir. Y sostengo que esa ambigüedad no es un descuido: es la clave para entender todo su pensamiento.

 

Llevo años trabajando sobre esta cuestión, y quiero ser preciso desde el comienzo sobre lo que voy a sostener, porque es el núcleo de todo lo que sigue. El empleo sistemático de la equivocidad en el discurso de Bergoglio no es, como podría pensarse, un simple problema de estilo, una imprecisión de género pastoral o un rasgo coloquial de su modo de hablar. Es mucho más que eso: manifiesta una determinada posición ontológica. Cuando alguien predica un mismo nombre —”realidad”, “verdad”, “pueblo”, “juzgar”— de sujetos distintos con significados enteramente diversos, sin que exista entre ellos identidad de concepto ni proporción común, no está simplemente hablando con imprecisión: está presuponiendo que el ser no posee una unidad inteligible capaz de fundar una ciencia universal del ente, que la realidad es un archipiélago de ámbitos heterogéneos sin una medida común que permita referirlos unos a otros. Ese es el punto de partida de todo mi trabajo, y no quiero que se pierda de vista en ningún momento: la equivocidad del lenguaje bergogliano no describe un desorden de expresión, describe una ontología.

 

UN PENSADOR SIN TRATADO

 

El problema con el que me encontré al emprender esta reconstrucción es sencillo de enunciar. Bergoglio no escribió, ni antes ni durante su pontificado, una obra de filosofía. Sus textos —homilías, encíclicas, entrevistas, exhortaciones— pertenecen a géneros pastorales, no al género del tratado. ¿Cómo reconstruir entonces lo que un autor piensa sobre la realidad, el hombre y el bien, si él mismo nunca lo explicitó como sistema?

 

El método que seguí es tan simple como exigente en sus resguardos. Presto atención al lenguaje que Bergoglio efectivamente usa —y, ya lo dije, en particular a su equivocidad— porque esa equivocidad funciona como funciona un lapsus para el psicoanálisis: no es el objeto de estudio en sí mismo, sino el acceso indirecto a una estructura que el propio autor no tematiza. Pero soy el primero en subrayar los límites de este procedimiento: una frase aislada no autoriza ninguna inferencia metafísica. Solo cuando la misma estructura reaparece una y otra vez —en una homilía en Chile, en una encíclica, en una respuesta espontánea de rueda de prensa— la tomo como candidata a expresar una convicción de fondo, y no como una ocurrencia de circunstancia. Lo que propongo, quiero insistir en esto, es una reconstrucción probable, no una atribución cierta.

 

LA REALIDAD COMO DEVENIR

 

El primer nivel de mi reconstrucción es metafísico: ¿qué concibe Bergoglio a lo real? Encontré una pista reveladora en una entrevista poco conocida en nuestro idioma: el 21 de mayo de 2026, monseñor Vincenzo Paglia contó a la publicación italiana Settimananews que el propio Francisco le había encomendado, años atrás, cambiar por completo la orientación del Instituto Pontificio Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia, reemplazando profesores y programas porque la teología moral que allí se enseñaba resultaba, a su juicio, “abstracta” y “de escritorio”. Según Paglia, lo que incomodaba a Francisco era precisamente la idea de que existiera una naturaleza humana fija de la cual pudieran deducirse principios morales estables: quería poner en cuestión, en sus propias palabras, “el paradigma esencialista y ahistórico” sobre el que se había sostenido la teología moral tradicional.

 

Y sin embargo, en sus textos oficiales, Francisco no deja nunca de hablar de “valores nunca negociables” que estarían “más allá de todo consenso”. Ahí está, otra vez, la equivocidad que vengo señalando: en el mismo párrafo de Fratelli tutti donde afirma que existen valores universales que “la razón descubre” en la naturaleza humana, agrega enseguida que la comprensión de esos valores “puede crecer” a través de un “consenso” al que califica de “dinámico”. Me pregunto, y creo que es una pregunta legítima: si esos valores son permanentes, ¿en qué consiste exactamente su crecimiento? ¿Y si ese crecimiento depende del consenso, qué queda entonces de su permanencia? No hay, en el texto, una respuesta unívoca. Hay, precisamente, equivocidad. Y esa equivocidad, insisto, no es gratuita: manifiesta una ontología del devenir que se resiste, en el fondo, a fijar lo real en una esencia estable.

 

El mismo patrón lo encuentro en los cuatro grandes principios que Bergoglio propone en Evangelii gaudium para orientar la vida social: el tiempo es superior al espacio, la unidad prevalece sobre el conflicto, la realidad es superior a la idea, el todo es superior a la parte. En los cuatro casos presenta una tensión entre dos polos como si fueran igual de valiosos, pero en la práctica inclina siempre la balanza hacia el término que connota proceso, cambio o pluralidad —el tiempo, la “diversidad reconciliada”, el poliedro frente a la esfera— y no hacia el que connota estabilidad o unidad cerrada. Mi conclusión es que, para Bergoglio, lo real se concibe ante todo como devenir, como proceso histórico, y no como una esencia fija y cognoscible del mismo modo en cualquier tiempo y lugar.

 

Sitúo esta posición dentro de un debate que atravesó la teología católica del siglo XX. El dominico Réginald Garrigou-Lagrange había denunciado ya en 1946 una tendencia, encabezada por autores como Gaston Fessard, a reemplazar la definición clásica de verdad —la adaequatio rei et intellectus, la correspondencia del pensamiento con un objeto estable— por otra noción, la conformitas mentis et vitae, la conformidad del espíritu con la vida y con la historia. Décadas después, el teólogo francés Claude Geffré reivindicaría abiertamente esa segunda noción como el fundamento de lo que llamó “una teología hermenéutica”, en abierta ruptura con la teología dogmática tradicional. No sostengo que Bergoglio haya leído a Geffré —no tengo evidencia de eso—, sino que su modo de pensar converge estructuralmente con esa corriente, casi como una misma solución filosófica alcanzada por caminos distintos.

 

“EN EL PRINCIPIO ERA LA RELACIÓN”

 

Si lo real es devenir antes que sustancia, era esperable que encontrara la misma lógica en su concepción del ser humano. Y en efecto la encontré, bajo un título que evoco deliberadamente de Martin Buber: “en el principio era la relación”. Para Buber, autor del célebre Yo y tú, el ser humano no existe primero de manera aislada para relacionarse después con otros; se constituye, desde el comienzo, en el encuentro.

 

Esa misma lógica reconozco en el modo en que Bergoglio entiende a la persona: no como algo ya completo que luego se relaciona con el pobre, con el descartado o con el pueblo, sino como algo que se realiza, precisamente, en ese encuentro. Por eso sostengo que la célebre “opción preferencial por los pobres” no es solo un mandato ético, sino algo más radical: un principio sobre lo que la persona misma es.

 

Este planteo se distancia con precisión de la antropología clásica de Tomás de Aquino, para quien el hombre es una “sustancia individual de naturaleza racional”, ya completa y constituida en sí misma antes de cualquier vínculo que después establezca. Para Tomás la relación es apenas un accidente —el más débil de todos, dirá la Escolástica—: algo que se tiene, se gana o se pierde, sin que afecte lo que fundamentalmente se es. Solo dentro de la Trinidad admite Tomás que la relación tenga un peso constitutivo pleno; nunca lo traslada a la persona humana. Es exactamente ese paso —de la relación como accidente a la relación como fundamento de la persona misma— el que separa, a mi juicio, la sensibilidad de Bergoglio de la tradición tomista clásica.

 

EL DISCERNIMIENTO POR SOBRE LA NORMA

 

El tercer nivel de mi reconstrucción es el ético, y encuentro allí la misma estructura que ya había detectado en los otros dos planos. Frente a la ética tomista clásica —que juzga cada acto según tres elementos fijos: su objeto, las circunstancias y el fin, y que admite la existencia de actos “intrínsecamente malos” que ninguna circunstancia puede volver lícitos—, sostengo que Bergoglio privilegia el discernimiento de la situación concreta por sobre la aplicación de normas generales a casos particulares. El ejemplo que más claramente lo muestra es Amoris laetitia, donde se introduce explícitamente la posibilidad de un discernimiento “en foro interno” y de la “gradualidad” para situaciones que la norma general, según el propio texto, no logra prever en toda su complejidad.

 

Quiero ser cuidadoso en un punto: no sostengo que Bergoglio niegue lisa y llanamente la existencia de normas morales universales —de hecho, vuelvo a citar el pasaje de Fratelli tutti sobre valores “nunca negociables”—. Lo que sostengo es más matizado: que, en la práctica, el criterio decisivo para aplicar esas normas a un caso concreto se desplaza desde la aplicación deductiva de un principio hacia el discernimiento de cada situación particular, leída siempre desde la cercanía con el pobre y el descartado. Es, en el orden ético, la misma inversión que vengo describiendo en el orden especulativo: de la adaequatio a la conformitas mentis et vitae.

 

UN SISTEMA, NO UNA SERIE DE FRASES SUELTAS

 

Llego así a mi conclusión, que quiero dejar planteada sin ambigüedad. Una metafísica que piensa lo real como devenir, una antropología que piensa a la persona como relación antes que como sustancia, y una ética que privilegia el discernimiento situado por sobre la norma deductiva configuran, a mi juicio, un sistema implícito y coherente, aunque el propio Bergoglio nunca lo haya formulado como tal. Y hago notar algo que me parece decisivo: esa misma estructura aparece con más nitidez cuanto menos elaborado es el contexto en que habla —una homilía improvisada, una respuesta espontánea en un avión— que en sus textos más trabajados, como si se tratara, más que de una tesis argumentada, de un reflejo de fondo. Es esa reiteración, y no la fuerza de un solo pasaje, la que me autoriza a hablar de un sistema implícito y no de una serie de afirmaciones sueltas.

 

Pero no quiero cerrar sin repetir, una vez más, la tesis que atraviesa todo este trabajo, porque es la que no quiero que quede diluida entre los ejemplos: cuando alguien emplea de modo sistemático un lenguaje equívoco, no está incurriendo en un simple descuido expresivo. Está revelando, lo sepa o no, una determinada concepción del ser. En el caso de Bergoglio, esa concepción es la de una realidad sin unidad inteligible común, fragmentada en ámbitos heterogéneos, refractaria a toda formulación unívoca o analógica de sus principios. La equivocidad no es el ropaje retórico de su pensamiento: es su forma más honesta de manifestarse.

 

Pido, con todo, que se lea lo anterior con el mismo cuidado con el que lo escribí. Lo que propongo es una reconstrucción probable, no una atribución cierta: no pretendo haber demostrado que Bergoglio sostuvo, de manera consciente y deliberada, una ontología del devenir en sentido técnico, sino que su discurso, examinado en su recurrencia y contrastado con un sistema de referencia explícito, resulta más inteligible bajo esta hipótesis que bajo la alternativa de leerlo como una defensa —simplemente descuidada o imprecisa— de la metafísica clásica del ser.

viernes, 23 de octubre de 2026

BRASIL Y ARGENTINA


 ante el desorden mundial

 

Por Gabriel Camilli

La Prensa, 20.10.2026

 

La transformación del orden internacional exige que la Argentina y Brasil revisen el lugar que ocupan en el mundo y, sobre todo, las capacidades que necesitan desarrollar para defender sus intereses. Esta fue una de las ideas centrales que expuse en el 1° Simposio de Geopolítica, Seguridad y Conflictos, realizado el 14 de octubre en el auditorio Interlegis del Senado Federal, en Brasilia, organizado por el Instituto de Altos Estudios de Geopolítica, Seguridad y Conflictos (GSEC) y la Associação dos Delegados de Polícia do Brasil (Adepol-BR).

 

Como presidente del Instituto ELEVAN y único expositor extranjero invitado, presenté mis diez tesis sobre los desafíos estratégicos de América del Sur. El punto de partida es que atravesamos una etapa de competencia entre grandes potencias, reconfiguración de alianzas y disputa por recursos, tecnologías y espacios de influencia. En este escenario, la autonomía de nuestros países no puede reducirse a una declaración diplomática: requiere una visión común y capacidades concretas para sostener decisiones propias.

 

No se trata de promover un aislamiento regional ni de sustituir una dependencia por otra. Se trata de evitar que la falta de alternativas económicas, tecnológicas, industriales o militares limite nuestra libertad de acción. La pregunta decisiva es si América del Sur será capaz de actuar como sujeto estratégico o continuará respondiendo a prioridades definidas fuera de la región.

 

LA AUTONOMIA COMO CONDICION DE UNA POLITICA PROPIA

Durante el panel en el que expuse, el periodista Breno Altman coincidió con el diagnóstico general y subrayó una cuestión de fondo: las diez tesis planteadas difícilmente puedan concretarse si América del Sur no supera su relación de dependencia y su condición subordinada frente a Estados Unidos. Su intervención introdujo un debate necesario sobre la soberanía regional y la capacidad de nuestros países para establecer sus propias prioridades.

 

La discusión no debe interpretarse como una invitación a convertir la relación con Washington en una confrontación permanente. La cuestión es más profunda: ningún país puede sostener una política exterior autónoma si carece de alternativas, depende de proveedores únicos para sus necesidades esenciales o no dispone de una base productiva capaz de respaldar sus decisiones. La autonomía exige diversificar relaciones, fortalecer las instituciones regionales y desarrollar instrumentos propios.

 

En este marco, la Argentina y Brasil ocupan una posición singular. Por su dimensión territorial, sus recursos, sus capacidades científicas y sus estructuras productivas, pueden impulsar una cooperación que trascienda los intercambios comerciales. Pero para ello necesitan continuidad política, objetivos compartidos y una evaluación realista de sus vulnerabilidades.

 

IA Y SISTEMA DE ARMAS AUTOCTONOS

Otro aporte significativo del simposio fue el tratamiento de la inteligencia artificial y los sistemas de armas autónomos letales, conocidos internacionalmente como LAWS. María Cecilia Cavalcante y Andrea Catani Carbone, representantes del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, abordaron esta problemática y la posición brasileña en las discusiones multilaterales desarrolladas en el marco de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales.

 

La cuestión tiene implicaciones que van más allá de la innovación tecnológica. La incorporación de inteligencia artificial a los sistemas militares plantea interrogantes sobre el control humano del uso de la fuerza, la responsabilidad por las decisiones, el cumplimiento del derecho internacional humanitario y los riesgos de una aceleración de la competencia armamentística.

 

Aquí existe una oportunidad para la cooperación entre la Argentina y Brasil. Ambos países podrían profundizar consultas diplomáticas, intercambios científicos y análisis conjuntos sobre los efectos de estas tecnologías, así como coordinar posiciones en los foros internacionales. El objetivo debería ser contribuir a que el desarrollo tecnológico no elimine la responsabilidad humana ni debilite las normas que regulan los conflictos armados.

 

La experiencia de cooperación nuclear argentino-brasileña constituye un antecedente valioso. Demostró que dos países pueden construir confianza mutua, mecanismos institucionales y capacidades tecnológicas en un ámbito sensible, sin renunciar a sus intereses nacionales. No se trata de trasladar mecánicamente ese modelo a otro campo, sino de recuperar su principal enseñanza: la cooperación sostenida puede convertir una cuestión potencialmente conflictiva en una oportunidad estratégica.

 

TIERRAS RARAS: DE LOS RECURSOS NATURALES A LA CAPACIDAD INDUSTRIAL

La dimensión económica e industrial de la autonomía apareció también en la presentación de Albert Caballé Marimón, del Instituto GSEC, titulada Tierras raras: oportunidad estratégica para Brasil. Su exposición puso de relieve un problema fundamental: disponer de recursos naturales no equivale a dominar las tecnologías necesarias para transformarlos en productos de alto valor agregado.

 

Las tierras raras son insumos relevantes para la electrónica, los motores eléctricos, las energías renovables, los sensores, los radares y diversas aplicaciones aeroespaciales y de defensa. Sin embargo, el desafío no termina en la extracción minera. La separación, el refinado, la producción de materiales y aleaciones y la fabricación de componentes son etapas esenciales de una cadena industrial que permanece concentrada en pocos países.

 

La experiencia brasileña presentada por Caballé Marimón ilustra la distancia que puede existir entre una importante riqueza geológica y la capacidad de convertirla en autonomía tecnológica. Un país puede disponer de minerales estratégicos y, aun así, depender del exterior para procesarlos y fabricar los componentes que necesita. Exportar recursos sin desarrollar las etapas industriales posteriores puede perpetuar esa vulnerabilidad.

 

Este planteo abre una línea de trabajo de interés para la Argentina y Brasil. La cooperación podría explorar proyectos de investigación, formación de especialistas, procesamiento de minerales críticos, desarrollo de materiales avanzados y aplicaciones industriales, siempre sobre la base de estudios de viabilidad, capacidades existentes y beneficios recíprocos. No significa que ambos países deban producirlo todo ni que cada proyecto tenga que ser binacional. Significa identificar dónde la complementación puede reducir dependencias y generar conocimiento, empleo y valor agregado en la región.

 

La cuestión de las tierras raras conecta así la política industrial con la defensa y la seguridad. La autonomía no depende únicamente de disponer de recursos o adquirir sistemas de armas, sino también de contar con conocimientos, proveedores, infraestructura y capacidad de mantenimiento y producción. Sin esa base, las decisiones estratégicas quedan condicionadas por cadenas de suministro externas.

 

DE LAS COINCIDENCIAS A UNA AGENDA COMUN

Los debates del simposio permitieron observar distintas dimensiones de un mismo problema. La discusión sobre la dependencia regional, el futuro de las armas autónomas y la importancia de los minerales críticos conduce a una conclusión compartida: la soberanía necesita instrumentos materiales, científicos, industriales y diplomáticos que la hagan efectiva.

 

Para la Argentina y Brasil, esto supone recuperar una perspectiva estratégica de largo plazo. La cooperación debe identificar prioridades concretas, establecer mecanismos de coordinación y sostener proyectos más allá de los cambios de gobierno. La investigación científica, la industria, la formación de recursos humanos, la seguridad de las cadenas de suministro y la coordinación internacional son ámbitos en los que el trabajo conjunto puede producir resultados.

 

Ninguna alianza elimina las diferencias de intereses ni garantiza por sí sola el éxito. Pero la ausencia de cooperación puede dejar a ambos países más expuestos a decisiones externas y a una competencia tecnológica en la que otros actores cuentan con mayores escalas de producción e inversión.

 

Las diez tesis que presenté parten de esa preocupación: América del Sur necesita comprender el cambio del escenario internacional y actuar en consecuencia. No basta con describir el desorden mundial ni con reivindicar una autonomía abstracta. Hay que construirla mediante instituciones confiables, capacidades industriales, conocimiento propio y acuerdos regionales sostenidos. La Argentina y Brasil tienen la oportunidad de transformar su proximidad geográfica y sus intereses compartidos en una herramienta estratégica. El desafío consiste en pasar de las declaraciones a los proyectos, y de los recursos disponibles a las capacidades efectivas. En un mundo donde la tecnología, la industria y la seguridad están cada vez más vinculadas, la autonomía no se proclama: se construye.

 

Gabriel Camilli

Cnl My (R) - Director del Instituto ELEVAN.­

miércoles, 14 de octubre de 2026

DÍA DE LA RAZA

 

 Con motivo de haberse restituido el original homenaje del día 12 de Octubre de cada año, a la Hispanidad, creemos oportuno recordar el discurso pronunciado hace 79 años, por el entonces Presidente.



Discurso del presidente de la Nación

Gral. Juan Domingo Perón

en la

 Academia Argentina de Letras

con motivo del

Día de la Raza

y del IV Centenario del natalicio de Miguel de Cervantes Saavedra

 

12 de Octubre de 1947

 

No me consideraría con derecho a levantar mi voz en el solemne día que se festeja la gloria de España, si mis palabras tuvieran que ser tan sólo halago de circunstancias o simple ropaje que vistiera una conveniencia ocasional. Me veo impulsado a expresar mis sentimientos porque tengo la firme convicción de que las corrientes de egoísmo y las encrucijadas de odio que parecen disputarse la hegemonía del orbe, serán sobrepasadas por el triunfo del espíritu que ha sido capaz de dar vida cristiana y sabor de eternidad al Nuevo Mundo.

 

No me atrevería a llevar mi voz a los pueblos que, junto con el nuestro, formamos la Comunidad Hispánica, para realizar tan sólo una conmemoración protocolar del Día de la Raza. Únicamente puede justificarse el que rompa mi silencio la exaltación de nuestro espíritu ante la contemplación reflexiva de la influencia que, para sacar al mundo del caos que se debate, puede ejercer el tesoro espiritual que encierra la titánica obra cervantina, suma y compendio apasionado y brillante del inmortal genio de España.

 

Espíritu contra utilitarismo

Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.

 

En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive acongojada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatombe que presiente; en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, la isla de paz, deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del genio y la grandeza de la raza.

 

Y a través de la figura y de la obra de Cervantes va el homenaje argentino a la patria madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo.

 

 Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene la jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señoril y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos. Por eso rendimos aquí el doble homenaje a Cervantes y a la raza.

 

Homenaje, en primer lugar, al grande hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en su género haya sido escrita, código del honor y breviario del caballero, pozo de sabiduría y, por los siglos de los siglos, espejo y paradigma de su raza.

 

Destino maravilloso el de Cervantes que, al escribir El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no acaba y de un realismo que se sustenta en la tierra. Y además caridad y amor a la justicia, que entraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los que muestran, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo afán justiciero. El saber “jugarse entero” de nuestros gauchos es la empresa que ostentan orgullosamente los “quijotes de nuestras pampas”.

 

En segundo lugar, sea nuestro homenaje a la raza a que pertenecemos.

 

La raza: superación de nuestro destino

Para nosotros, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es lo que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a la nuestra, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal, indefinible e inconfundible.

 

Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad.

 

Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental.

 

Porque España aportó al occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.

 

Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos.

 

Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la Reina Isabel de “atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios”. Traía para ello la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano…

 

Era un puñado de héroes, de soñadores desbordantes de fe. Venían a enfrentar a lo desconocido; ni el desierto, ni la selva con sus mil especies donde la muerte aguardaba el paso del conquistador en el escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil.

 

Nada los detuvo en su empresa; ni la sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los que se los ve más grandes, más serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad irrefutable de que “es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el que sufre la suerte que le impone el destino”. Pero en los conquistadores pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad.

 

América: empresa de héroes

Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron probadas: se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos.

 

Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica seria y desapasionada, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica.

 

Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyas asalariados y encumbradísimos voceros repetían, por encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza. Doble agravio se nos infería: aparte de ser una mentira, era una indignidad y una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres.

 

España, nuevo Prometeo, fue así amarrada durante siglos a la roca de la Historia. Pero lo que no se pudo hacer fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado como magnífico aporte a la cultura occidental.

 

Allí están, como prueba fehaciente, las cúpulas de las iglesias asomando en las ciudades fundada por ella; allí sus leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus universidades; su preocupación por la cultura, porque “conviene –según se lee en la Nueva Recopilación- que nuestros vasallos, súbditos y naturales, tengan en los reinos de Indias universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean Universidades gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca”.

 

Su celo por difundir la verdad revelada porque –como también dice la Recopilación- “teniéndonos por más obligados que ningún otro príncipe del mundo a procurar el servicio de Dios y la gloria de su santo nombre y emplear todas las fuerzas y el poder que nos ha dado, en trabajar que sea conocido y adorado en todo el mundo por verdadero Dios como lo es, felizmente hemos conseguido traer al gremio de la Santa Iglesia Católica las innumerables gentes y naciones que habitan las Indias occidentales, isla y tierra firme del mar océano”.

 

España levantó ciudades, edificó universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más: fundió y confundió su sangre con América y signó a sus hijas con un sello que las hace, si bien distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de un aporte fuerte y desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una energía nueva.

 

Y si bien hubo yerros, no olvidemos que esa empresa, cuyo cometido la antigüedad clásica hubiera discernido a los dioses, fue aquí cumplida por hombres, por un puñado de hombres que no eran dioses aunque los impulsara, es cierto, el soplo divino de una fe que los hacía creados a la imagen y semejanza de Dios.

 

España rediviva en el criollo Quijote

Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor, y el hidalgo jefe que obtenida la victoria amenaza con “pena de la vida al que los insulte”. Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; es sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que anima el corazón de los montoneros; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política; es la que agitada corre por las venas de esa raza de titanes que cruzan las ásperas y desoladas montañas de los Andes, conducidas por un héroe en una marcha que tiene la majestad de un friso griego; es la que ordena a los hombres que forjaron la unidad nacional, y la que alienta a los que organizaron la República; es la que se derramó generosamente cuantas veces fue necesario para defender la soberanía y la dignidad del país; es la misma que moviera al pueblo a reaccionar sin jactancia pero con irreductible firmeza cuando cualquiera osó inmiscuirse en asuntos que no le incumbían y que correspondía solamente a la nación resolverlos; de esa raza es el pueblo que lanzó su anatema a quienes no fueron celosos custodios de su soberanía, y con razón, porque sabe y la verdad lo asiste, que cuando un Estado no es dueño de sus actos, de sus decisiones, de su futuro y de su destino, la vida no vale la pena de ser allí vivida; de esa raza es ese pueblo, este pueblo nuestro, sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne, heroico y abnegado pueblo, virtuoso y digno, altivo sin alardes y lleno de intuitiva sabiduría, que pacífico y laborioso en su diaria jornada se juega sin alardes la vida con naturalidad de soldado, cuando una causa noble así lo requiere, y lo hace con generosidad de Quijote, ya desde el anónimo y oscuro foso de una trinchera o asumiendo en defensa de sus ideales el papel de primer protagonista en el escenario turbulento de las calles de una ciudad.

 

Señores: la historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza, instituido por el Presidente Yrigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación. “La España descubridora y conquistadora –dice el Decreto-, volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento”.

 

Porvenir enraizado en el pasado

Si la América olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: “Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”. Y situado en las antípodas de su pensamiento,Renán afirmó que “el verdadero hombre de progreso es el que tiene los pies enraizados en el pasado”.

 

El sentido misional de la cultura hispánica, que catequistas y guerreros introdujeron en la geografía espiritual del Nuevo Mundo, es valor incorporado y absorbido por nuestra cultura, lo que ha suscitado una comunidad de ideas e ideales, valores y creencias, a la que debemos preservar de cuantos elementos exóticos pretenden mancillarla. Comprender esta imposición del destino, es el primordial deber de aquellos a quienes la voluntad pública o el prestigio de sus labores intelectuales les habilita para influir en el proceso mental de las muchedumbres. Por mi parte, me he esforzado en resguardar las formas típicas de la cultura a que pertenecemos, trazándome un plan de acción del que pude decir –el 24 de noviembre de 1944- que “tiende, ante todo, a cambiar la concepción materialista de la vida por una exaltación de los valores espirituales”.

 

Precisamente esa oposición, esa contraposición entre materialismo y espiritualidad, constituye la ciencia del Quijote. O más propiamente representa la exaltación del idealismo, refrenado por la realidad del sentido común.

 

De ahí la universalidad de Cervantes, a quien, sin embargo, es preciso identificar como genio auténticamente español, tal que no puede concebirse como no sea en España.

 

Esta solemne sesión que la Academia Argentina de Letras ha querido poner bajo la advocación del genio máximo del idioma en el IV Centenario de su nacimiento, traduce –a mi modo de ver- la decidida voluntad argentina de reencontrar las rutas tradicionales en las que la concepción del mundo y de la persona humana se originan en la honda espiritualidad grecolatina y en la ascética grandeza ibérica y cristiana.

 

Para participar en ese acto, he preferido traer, antes que una exposición académica sobre la inmortal figura de Cervantes, su palpitación humana, su honda vivencia espiritual y su suprema gracia hispánica. Su vida y en su obra personifica la más alta expresión de las virtudes que nos incumbe resguardar.

 

Resurrección del Quijote

Mientras unos soñaban y otros seguían amodorrados en su incredulidad, fue gestándose la tremenda subversión social que hoy vivimos y que preparó la crisis de las estructuras políticas tradicionales. La revolución social de Eurasia ha ido extendiéndose hacia Occidente, y los cimientos de los países latinos del Oeste europeo crujen ante la proximidad de exóticos carros de guerra. Por los Andes asoman su cabeza pretendidos profetas a sueldo de un mundo que abomina de nuestra civilización, y otra trágica paradoja parece cernirse sobre América al oírse voces que, con la excusa de defender los principios de la Democracia (aunque en el fondo quieren proteger los privilegios del capitalismo), permiten el entronizamiento de una nueva y sangrienta Tiranía.

 

Como miembros de la comunidad occidental, no podemos substraernos a un problema que de no resolverlo con acierto, puede derrumbar un patrimonio espiritual acumulado durante siglos. Hoy, más que nunca, debe resucitar Don Quijote y abrirse el sepulcro del Cid Campeador.