Y
LAS DOS ARGENTINAS
Con motivo de
conmemorarse el 12 de agosto, la Reconquista de Buenos Aires, consideramos
necesario meditar brevemente sobre el tema, pese a que la ley 12.831 que en
1946 declaró esta fecha feriado nacional, dejó de tener vigencia, hace más de
medio siglo. Analicemos la cuestión.
La batalla naval de
Trafalgar del 21 de octubre de 1805 dio por tierra los planes de Francia y
España, dejando a Gran Bretaña el señorío de los mares. Los proyectos ingleses
de dominar los territorios americanos encontraron el momento propicio. Una
flota naval británica surcó el Atlántico sur, primero para tomar el Cabo de
Buena Esperanza, y luego enfilar hacia el teatro de operaciones del Río de la
Plata.
El virrey Marqués
Rafael de Sobre Monte, anoticiado de la inminente invasión, decidió trasladarse
a Córdoba instalando allí la capital; el tesoro real, sin embargo, fue
capturado y luego exhibido como trofeo en Londres. Pero para otros dirigentes
del Virreinato, se debía dar una resistencia armada para expulsar al invasor.
Esa toma de conciencia popular sobre su sentido histórico y su necesidad de
liberarse de todo sometimiento exterior fue interpretada, paradójicamente por
un francés.
El 12 de agosto de 1806 Liniers, como caudillo militar, forzó la
capitulación del jefe de las fuerzas británicas, Brigadier Beresford. Se ha dicho,
incluso, que sin la fe su alma, sin la
entereza de su carácter, a esta hora hablaríamos inglés en vez de español.
En realidad, en esa fecha queda consolidada la vigencia plena de la
nacionalidad argentina, pero también comienza el drama de nuestra historia, que
se prolonga hasta la actualidad: la existencia de dos Argentinas. Desde el 1800
ya existía en el territorio del Virreinato del Río de la Plata, una mayoría de
criollos, algunos de los cuales, como Saavedra y Belgrano –integrantes de la
primera Junta- desempeñaban funciones públicas de importancia. También existía
una cultura criolla que para 1750, tenía características propias y definidas.
Por otra parte, la decisión masiva de los habitantes de combatir, revela a un
pueblo con identidad propia que asume la defensa de su tierra; sería absurdo
que esto ocurriera en una sociedad cuyos integrantes se conformaran con ser
parte de una colonia.
Quien ha estudiado en profundidad la compleja situación de nuestro país,
es el historiador Víctor Sonego, quien describe las dos líneas de pensamiento
político, los dos proyectos de país que, al alternarse en el predominio, han
generado nuestro turbulento proceso histórico.
*La línea nacional: que generó valores culturales propios, su
espíritu cristiano, indohispánico, que procuró desarrollar modelos económicos
autónomos.
*La línea liberal: que adhiere a valores culturales ajenos, con
espíritu laicista, anglosajón y mercantilista.
Otros países han padecido enfrentamientos parecidos; por ejemplo, en
Estados Unidos, el norte y el sur dirimieron en una guerra civil el modelo de
país que preferían. Triunfo el norte y el sur aceptó la derrota, y desde
entonces no hubo dos países. Eso no ha ocurrido en nuestro caso. Nada menos que
Alberdi lo explica con claridad:
No son dos partidos, son dos
países: no son los unitarios y federales, son Buenos Aires y las provincias. Es
una división de geografía, no de personas… La lucha no es guerra civil; es
guerra internacional, de estado a estado. (Grandes y pequeños hombres
del Plata)
La línea nacional se basa en la vertiente hispano-criolla que
heredó de la España medieval los valores que inspiraron su conducta y su
concepto de sociedad, y especialmente la fe en Dios. Nuestra identidad cultural
se integrará simbióticamente con la vertiente cultural aportada por la oleada
de inmigrantes que arribará desde Europa.
La línea liberal, por su parte, acepta los principios del
liberalismo y utilitarismo provenientes de la Europa de los siglos XVIII y XIX,
tributaria del Renacimiento y de la Reforma. Nuestra corriente liberal adoptó
el ideologismo revolucionario francés y el librecambismo inglés.
Así como la línea nacional se consolida con la Reconquista, en 1806, la
liberal se afianza en 1809, con el tratado Apodaca-Canning, que otorga a
Inglaterra importantes ventajas comerciales en América. A raíz de dicho
tratado, llegaron a Buenos Aires naves inglesas con mercadería para vender en
todo el virreinato; era la tercera invasión inglesa, que dio nacimiento
a la otra Argentina, dependiente, anticipando lo que ocurriría dos siglos
después, corregido y aumentado.
Para concluir, vale recordar una frase del Episcopado Argentino, que
destaca la esencia de nuestra nacionalidad, que contribuyó a forjar don
Santiago de Liniers:
Desde el inicio de nuestra
comunidad nacional, aún antes de la emancipación, los valores cristianos
impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los
pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así de formó
la compleja cultura que hoy nos caracteriza. Es necesario respetar y honrar
esos orígenes, no para quedarnos en el pasado, sino para valorar el presente y
construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el
camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia.
(Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad; 2010-2016)
Fuentes:
Gassino, Eduardo.
1806 “La reconquista de Buenos Aires”, La Prensa digital, 8-8-2020.
Meneghini, Mario
Albino. “Liniers: su trágico fin en Córdoba; Centro de Estudios Cívicos Fabiela Meneghini, Córdoba, 2025.
Sonego, Víctor.
“Las dos Argentinas”; Tomo I, Ediciones Don Bosco, 1985.