jueves, 29 de octubre de 2026

JORGE MARIO BERGOGLIO

una ontología de la equivocidad

 Carlos Daniel Lasa

oct 29

 

Jorge Mario Bergoglio no dejó un tratado de filosofía. Pero en años de leer sus homilías, sus encíclicas y hasta sus frases más espontáneas, llegué a una convicción que quiero exponer aquí con toda claridad: el modo en que usa el lenguaje no es un simple estilo pastoral, impreciso o coloquial. Es el síntoma de una manera de concebir lo real. Detrás de la equivocidad hay una ontología.

 

Hay una escena que uso siempre para explicar de qué hablo. El 28 de julio de 2013, a bordo del avión que traía a Francisco de regreso de Río de Janeiro, un periodista le preguntó por las personas homosexuales dentro de la Iglesia. Su respuesta recorrió el mundo: “Si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”. La frase quedó grabada como un gesto de apertura. Pero léanla conmigo con atención: admite dos lecturas casi opuestas. Puede significar que renuncia a juzgar el destino último de esa persona ante Dios —algo que ningún católico discutiría, porque ese juicio es exclusivamente divino—, o puede significar que renuncia también a pronunciarse sobre la moralidad del acto en sí, una cuestión bien distinta. Bergoglio nunca aclaró cuál de las dos cosas quiso decir. Y sostengo que esa ambigüedad no es un descuido: es la clave para entender todo su pensamiento.

 

Llevo años trabajando sobre esta cuestión, y quiero ser preciso desde el comienzo sobre lo que voy a sostener, porque es el núcleo de todo lo que sigue. El empleo sistemático de la equivocidad en el discurso de Bergoglio no es, como podría pensarse, un simple problema de estilo, una imprecisión de género pastoral o un rasgo coloquial de su modo de hablar. Es mucho más que eso: manifiesta una determinada posición ontológica. Cuando alguien predica un mismo nombre —”realidad”, “verdad”, “pueblo”, “juzgar”— de sujetos distintos con significados enteramente diversos, sin que exista entre ellos identidad de concepto ni proporción común, no está simplemente hablando con imprecisión: está presuponiendo que el ser no posee una unidad inteligible capaz de fundar una ciencia universal del ente, que la realidad es un archipiélago de ámbitos heterogéneos sin una medida común que permita referirlos unos a otros. Ese es el punto de partida de todo mi trabajo, y no quiero que se pierda de vista en ningún momento: la equivocidad del lenguaje bergogliano no describe un desorden de expresión, describe una ontología.

 

UN PENSADOR SIN TRATADO

 

El problema con el que me encontré al emprender esta reconstrucción es sencillo de enunciar. Bergoglio no escribió, ni antes ni durante su pontificado, una obra de filosofía. Sus textos —homilías, encíclicas, entrevistas, exhortaciones— pertenecen a géneros pastorales, no al género del tratado. ¿Cómo reconstruir entonces lo que un autor piensa sobre la realidad, el hombre y el bien, si él mismo nunca lo explicitó como sistema?

 

El método que seguí es tan simple como exigente en sus resguardos. Presto atención al lenguaje que Bergoglio efectivamente usa —y, ya lo dije, en particular a su equivocidad— porque esa equivocidad funciona como funciona un lapsus para el psicoanálisis: no es el objeto de estudio en sí mismo, sino el acceso indirecto a una estructura que el propio autor no tematiza. Pero soy el primero en subrayar los límites de este procedimiento: una frase aislada no autoriza ninguna inferencia metafísica. Solo cuando la misma estructura reaparece una y otra vez —en una homilía en Chile, en una encíclica, en una respuesta espontánea de rueda de prensa— la tomo como candidata a expresar una convicción de fondo, y no como una ocurrencia de circunstancia. Lo que propongo, quiero insistir en esto, es una reconstrucción probable, no una atribución cierta.

 

LA REALIDAD COMO DEVENIR

 

El primer nivel de mi reconstrucción es metafísico: ¿qué concibe Bergoglio a lo real? Encontré una pista reveladora en una entrevista poco conocida en nuestro idioma: el 21 de mayo de 2026, monseñor Vincenzo Paglia contó a la publicación italiana Settimananews que el propio Francisco le había encomendado, años atrás, cambiar por completo la orientación del Instituto Pontificio Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia, reemplazando profesores y programas porque la teología moral que allí se enseñaba resultaba, a su juicio, “abstracta” y “de escritorio”. Según Paglia, lo que incomodaba a Francisco era precisamente la idea de que existiera una naturaleza humana fija de la cual pudieran deducirse principios morales estables: quería poner en cuestión, en sus propias palabras, “el paradigma esencialista y ahistórico” sobre el que se había sostenido la teología moral tradicional.

 

Y sin embargo, en sus textos oficiales, Francisco no deja nunca de hablar de “valores nunca negociables” que estarían “más allá de todo consenso”. Ahí está, otra vez, la equivocidad que vengo señalando: en el mismo párrafo de Fratelli tutti donde afirma que existen valores universales que “la razón descubre” en la naturaleza humana, agrega enseguida que la comprensión de esos valores “puede crecer” a través de un “consenso” al que califica de “dinámico”. Me pregunto, y creo que es una pregunta legítima: si esos valores son permanentes, ¿en qué consiste exactamente su crecimiento? ¿Y si ese crecimiento depende del consenso, qué queda entonces de su permanencia? No hay, en el texto, una respuesta unívoca. Hay, precisamente, equivocidad. Y esa equivocidad, insisto, no es gratuita: manifiesta una ontología del devenir que se resiste, en el fondo, a fijar lo real en una esencia estable.

 

El mismo patrón lo encuentro en los cuatro grandes principios que Bergoglio propone en Evangelii gaudium para orientar la vida social: el tiempo es superior al espacio, la unidad prevalece sobre el conflicto, la realidad es superior a la idea, el todo es superior a la parte. En los cuatro casos presenta una tensión entre dos polos como si fueran igual de valiosos, pero en la práctica inclina siempre la balanza hacia el término que connota proceso, cambio o pluralidad —el tiempo, la “diversidad reconciliada”, el poliedro frente a la esfera— y no hacia el que connota estabilidad o unidad cerrada. Mi conclusión es que, para Bergoglio, lo real se concibe ante todo como devenir, como proceso histórico, y no como una esencia fija y cognoscible del mismo modo en cualquier tiempo y lugar.

 

Sitúo esta posición dentro de un debate que atravesó la teología católica del siglo XX. El dominico Réginald Garrigou-Lagrange había denunciado ya en 1946 una tendencia, encabezada por autores como Gaston Fessard, a reemplazar la definición clásica de verdad —la adaequatio rei et intellectus, la correspondencia del pensamiento con un objeto estable— por otra noción, la conformitas mentis et vitae, la conformidad del espíritu con la vida y con la historia. Décadas después, el teólogo francés Claude Geffré reivindicaría abiertamente esa segunda noción como el fundamento de lo que llamó “una teología hermenéutica”, en abierta ruptura con la teología dogmática tradicional. No sostengo que Bergoglio haya leído a Geffré —no tengo evidencia de eso—, sino que su modo de pensar converge estructuralmente con esa corriente, casi como una misma solución filosófica alcanzada por caminos distintos.

 

“EN EL PRINCIPIO ERA LA RELACIÓN”

 

Si lo real es devenir antes que sustancia, era esperable que encontrara la misma lógica en su concepción del ser humano. Y en efecto la encontré, bajo un título que evoco deliberadamente de Martin Buber: “en el principio era la relación”. Para Buber, autor del célebre Yo y tú, el ser humano no existe primero de manera aislada para relacionarse después con otros; se constituye, desde el comienzo, en el encuentro.

 

Esa misma lógica reconozco en el modo en que Bergoglio entiende a la persona: no como algo ya completo que luego se relaciona con el pobre, con el descartado o con el pueblo, sino como algo que se realiza, precisamente, en ese encuentro. Por eso sostengo que la célebre “opción preferencial por los pobres” no es solo un mandato ético, sino algo más radical: un principio sobre lo que la persona misma es.

 

Este planteo se distancia con precisión de la antropología clásica de Tomás de Aquino, para quien el hombre es una “sustancia individual de naturaleza racional”, ya completa y constituida en sí misma antes de cualquier vínculo que después establezca. Para Tomás la relación es apenas un accidente —el más débil de todos, dirá la Escolástica—: algo que se tiene, se gana o se pierde, sin que afecte lo que fundamentalmente se es. Solo dentro de la Trinidad admite Tomás que la relación tenga un peso constitutivo pleno; nunca lo traslada a la persona humana. Es exactamente ese paso —de la relación como accidente a la relación como fundamento de la persona misma— el que separa, a mi juicio, la sensibilidad de Bergoglio de la tradición tomista clásica.

 

EL DISCERNIMIENTO POR SOBRE LA NORMA

 

El tercer nivel de mi reconstrucción es el ético, y encuentro allí la misma estructura que ya había detectado en los otros dos planos. Frente a la ética tomista clásica —que juzga cada acto según tres elementos fijos: su objeto, las circunstancias y el fin, y que admite la existencia de actos “intrínsecamente malos” que ninguna circunstancia puede volver lícitos—, sostengo que Bergoglio privilegia el discernimiento de la situación concreta por sobre la aplicación de normas generales a casos particulares. El ejemplo que más claramente lo muestra es Amoris laetitia, donde se introduce explícitamente la posibilidad de un discernimiento “en foro interno” y de la “gradualidad” para situaciones que la norma general, según el propio texto, no logra prever en toda su complejidad.

 

Quiero ser cuidadoso en un punto: no sostengo que Bergoglio niegue lisa y llanamente la existencia de normas morales universales —de hecho, vuelvo a citar el pasaje de Fratelli tutti sobre valores “nunca negociables”—. Lo que sostengo es más matizado: que, en la práctica, el criterio decisivo para aplicar esas normas a un caso concreto se desplaza desde la aplicación deductiva de un principio hacia el discernimiento de cada situación particular, leída siempre desde la cercanía con el pobre y el descartado. Es, en el orden ético, la misma inversión que vengo describiendo en el orden especulativo: de la adaequatio a la conformitas mentis et vitae.

 

UN SISTEMA, NO UNA SERIE DE FRASES SUELTAS

 

Llego así a mi conclusión, que quiero dejar planteada sin ambigüedad. Una metafísica que piensa lo real como devenir, una antropología que piensa a la persona como relación antes que como sustancia, y una ética que privilegia el discernimiento situado por sobre la norma deductiva configuran, a mi juicio, un sistema implícito y coherente, aunque el propio Bergoglio nunca lo haya formulado como tal. Y hago notar algo que me parece decisivo: esa misma estructura aparece con más nitidez cuanto menos elaborado es el contexto en que habla —una homilía improvisada, una respuesta espontánea en un avión— que en sus textos más trabajados, como si se tratara, más que de una tesis argumentada, de un reflejo de fondo. Es esa reiteración, y no la fuerza de un solo pasaje, la que me autoriza a hablar de un sistema implícito y no de una serie de afirmaciones sueltas.

 

Pero no quiero cerrar sin repetir, una vez más, la tesis que atraviesa todo este trabajo, porque es la que no quiero que quede diluida entre los ejemplos: cuando alguien emplea de modo sistemático un lenguaje equívoco, no está incurriendo en un simple descuido expresivo. Está revelando, lo sepa o no, una determinada concepción del ser. En el caso de Bergoglio, esa concepción es la de una realidad sin unidad inteligible común, fragmentada en ámbitos heterogéneos, refractaria a toda formulación unívoca o analógica de sus principios. La equivocidad no es el ropaje retórico de su pensamiento: es su forma más honesta de manifestarse.

 

Pido, con todo, que se lea lo anterior con el mismo cuidado con el que lo escribí. Lo que propongo es una reconstrucción probable, no una atribución cierta: no pretendo haber demostrado que Bergoglio sostuvo, de manera consciente y deliberada, una ontología del devenir en sentido técnico, sino que su discurso, examinado en su recurrencia y contrastado con un sistema de referencia explícito, resulta más inteligible bajo esta hipótesis que bajo la alternativa de leerlo como una defensa —simplemente descuidada o imprecisa— de la metafísica clásica del ser.