sábado, 4 de junio de 2022

LA CALIDAD DE LAS INSTITUCIONES

 

Nos parece interesante comentar un reciente artículo del economista Agustín Etchebarne (*), donde se sostiene que la calidad de las instituciones de un país determina el nivel de desarrollo que logran. En efecto, cuando una comunidad posee un sector público bien ordenado y estable, al margen de la orientación política de los gobiernos respectivos, se facilita un crecimiento económico sostenido, y el mejoramiento constante de todos los sectores de la sociedad que ven satisfechas sus necesidades.


Creemos que esta tesis está suficientemente probada por un análisis comparativo del conjunto de naciones, y compartimos la preocupación por el paulatino deterioro de las instituciones argentinas; la actual polémica sobre la Corte Suprema de Justicia constituye un botón de muestra de la decadencia y el desorden que aqueja a las tres ramas del gobierno.


Lo que nos causa asombro es que el autor citado haga hincapié en un aspecto que habría influido decisivamente en el proceso de deterioro:


“Pero las instituciones comenzaron a deteriorarse de manera un tanto temprana. Tal vez, todo empezó con la reforma en la educación de Ramos Mejía, que sustituyó la pedagogía de “educar al soberano” en sus derechos por la de educar al habitante sobre la soberanía nacional y la argentinidad. Esto permitió ir mitigando las ideas de la libertad.”


Ramos Mejía, presidió el Consejo Nacional de Educación, en 1908, siendo presidente de la República José Figueroa Alcorta, que no pertenecía por cierto a un partido popular y, además, integraba una logia. Sin embargo, Ramos Mejía, consideró que las escuelas no cumplían su misión de forjar generaciones de argentinos que garantizasen la grandeza y el progreso nacional, y diseñó un programa para revertir la situación. Su enfoque coincidía con las conclusiones de Ricardo Rojas, en el informe que presentó al gobierno, que sería conocido luego como “la restauración nacionalista”. En vísperas del primer centenario de la revolución de Mayo, Ramos Mejía postulaba que la escuela debía promover la formación de una comunidad unificada mediante sentimientos patrios, para moldear a las generaciones futuras.


Estimamos que, lejos de ser cuestionable dicho enfoque, hoy resulta nuevamente apremiante su implementación. Baste recordar el dictamen de la Academia Nacional de la Historia, del que reproducimos un párrafo:

 “corresponde señalar la gravitación que el conocimiento de la historia posee para la formación de los educandos, quienes requieren conceptos claros y precisos que les permitan afianzar su identidad como argentinos, como integrantes de una región, de un continente y de un planeta cada vez más interrelacionado: en suma, como seres humanos a quienes no puede resultarles ajenos los grandes procesos históricos que perfilaron la sociedad en que viven”.


 (*) “La calidad de las instituciones determina el nivel de los países”; Libertad y Progreso, 31-5-2022.