lunes, 18 de noviembre de 2019

SOBERANÍA: AYER Y HOY



1845 - 2019

Recordamos hoy el combate de la Vuelta de Obligado que se produjo el 20 de noviembre de 1845, en aguas del río Paraná, al norte de la provincia de Buenos Aires. Se enfrentaron la Confederación Argentina, liderada por el general Rosas y la escuadra anglo-francesa, cuya intervención se realizó con el pretexto de lograr la pacificación ante los problemas existentes entre Buenos Aires y Montevideo.

Con el desarrollo de la navegación a vapor ocurrido en la tercera década del siglo XIX, grandes navíos mercantes y militares podían remontar en tiempos relativamente breves los ríos en contra de la corriente, y con una buena relación de carga útil.

Este avance tecnológico acicateó a los gobiernos británicos y franceses que, desde entonces, siendo las superpotencias de esa época, pretendían lograr garantías que permitieran el comercio y el libre tránsito de sus naves por el estuario del Plata y todos los ríos interiores pertenecientes a la cuenca del mismo.

En el año 1811, poco después de la Revolución de Mayo, Hipólito Vieytes había recorrido la costa del Paraná buscando un lugar en donde poder montar una defensa contra un hipotético ataque de naves realistas. Para este propósito consideró al recodo de la Vuelta de Obligado como el sitio ideal, por sus altas barrancas y la curva pronunciada que obligaba a las naves a recostarse para pasar por allí. Rosas estaba al tanto de sus anotaciones, y es por ello que decidió preparar las defensas en dicho sitio.

Once buques de combate de la escuadra anglo-francesa navegaban por el río Paraná desde los primeros días de noviembre; estos navíos poseían la tecnología más avanzada en maquinaria militar de la época, impulsados tanto a vela como con motores a vapor. Una parte de ellos estaban parcialmente blindados, y todos dotados de grandes piezas de artillería forjadas en hierro y de rápida recarga y cohetes a la Congrève, que nunca se habían utilizado en esta región.

El general Mansilla hizo tender tres gruesas cadenas de costa a costa, sobre 24 lanchones. Después de varias horas de lucha, los europeos consiguieron forzar el paso y continuar hacia el norte, atribuyéndose la victoria.
Tras varios meses de haber partido, las naves agresoras debieron regresar a Montevideo diezmados por el hambre, el fuego, el escorbuto y el desaliento.

De modo que la victoria anglofrancesa resultó pírrica; al respecto había escrito el general San Martín desde Francia:
"Los interventores habrían visto que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca. (…) Esta contienda es, en mi opinión, de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España".

Este combate — pese a ser una derrota táctica — dio como resultado la victoria diplomática y militar de la Confederación Argentina, la resistencia opuesta por el gobierno argentino obligó a los invasores a aceptar la soberanía argentina sobre los ríos interiores. Gran Bretaña, con el Tratado Arana-Southern, y Francia, con el Tratado Arana-Lepredour, concluyeron definitivamente este conflicto.

En un gesto evidente del triunfo argentino, el 27 de febrero de 1850, el contraalmirante Reynolds, por orden de Su Majestad Británica, izó la bandera argentina al tope del mástil de la fragata Southampton, y le rindió honores con 21 cañonazos.

A pedido del historiador José María Rosa, se promulgó la ley 20.770 que declara el 20 de noviembre "Día de la Soberanía Nacional", a modo de homenaje permanente a quienes defendieron con valentía y eficiencia los derechos argentinos.

Es importante reflexionar hoy sobre el tema de la soberanía, en un momento de profunda crisis en el país. Hoy existe en la Argentina, como nunca antes, un desaliento generalizado sobre su destino; cunde un clima de descontento, de protesta, una especie de atomización social. Estos síntomas evidencian que está debilitada la concordia, factor imprescindible para que exista una nación en plenitud.

El primer tópico a analizar es la relación entre los conceptos de nación y estado. La nación es una forma típica de comunidad, o sea, un grupo humano que no se ha formado deliberadamente, y que surge históricamente como vínculo espiritual entre personas que poseen una serie de factores comunes. No es una persona moral, ni puede organizarse. De allí el error de definir al Estado como una nación jurídicamente organizada, metamorfosis sostenida por los teóricos de la Revolución Francesa. De esta confusión surge el Estado jacobino, que también confunde los conceptos de soberanía nacional y soberanía popular.

En realidad, la nación es algo no político, y según la experiencia histórica puede convivir con otras dentro de un mismo Estado, así como puede extenderse más allá de las fronteras de dicho Estado. Mientras el Estado es un ente de existencia necesaria para la convivencia humana; la nación está condicionada históricamente.

El segundo tópico a considerar es el peligro que creen advertir muchos de que, en esta época signada por la globalización, el estado sufra una disminución o pérdida total de su soberanía. Para ello, debemos precisar el concepto mismo de soberanía, que es la cualidad del poder estatal que consiste en ser supremo en un territorio determinado, y no depender de otra normatividad superior. No es susceptible de grados; existe o no. Por lo tanto, carece de sentido mencionar la "disminución de soberanía" de los Estados contemporáneos.

Lo que puede disminuirse o incrementarse es el poder propiamente dicho, es decir, la capacidad efectiva de hacer cosas, de resolver problemas e influir en la realidad. El hecho de que un Estado acepte, por ejemplo, delegar atribuciones propias en un organismo supraestatal -como el Mercosur-, no afecta su soberanía, pues, precisamente, adopta dichas decisiones en virtud de su carácter de ente soberano.

Habiendo analizado los aspectos conceptuales de la cuestión, podemos ahora encararla con referencia a nuestro Estado. No cabe duda que la globalización implica un riesgo muy concreto de que disminuya en forma alarmante el grado de independencia que puede exhibir un país en vías de desarrollo. Ningún país es hoy enteramente libre para definir sus políticas, ni siquiera las de orden interno, a diferencia de otras épocas históricas en que los países podían desenvolverse con un grado considerable de independencia. 

Entendiendo por independencia la capacidad de un Estado de decidir y obrar por sí mismo, sin subordinación a otro Estado o actor externo; la posibilidad de dicha independencia variará según las características del país respectivo y de la capacidad y energía que demuestre su gobierno. Pues, más allá de las pretensiones de los ideólogos de la globalización, lo cierto es que el Estado continúa manteniendo su rol en nuestros días. En varios países europeos el Estado maneja más de la mitad del gasto nacional, y no es consistente, por lo tanto, afirmar que los políticos son simples agentes del mercado. Es claro que ello exige fortalecer el Estado, que sigue siendo el único instrumento de que dispone la sociedad para su ordenamiento interno y su defensa exterior.

La situación internacional, vista sin anteojeras ideológicas ofrece, - en especial desde 1989- posibilidades de actuación autonómica aún a los países pequeños y medianos. Por cierto, que para poder aprovechar las circunstancias, es necesario que los gobernantes sepan distinguir los factores condicionantes de la realidad, de los llamados "factores determinantes" de la política exterior; estos son los hombres concretos que deciden en los Estados, procurando mantener su independencia.

El economista Aldo Ferrer ha aportado un concepto interesante, el de "densidad nacional", que expresa el conjunto de circunstancias que determinan la calidad de las respuestas de cada nación a los desafíos y oportunidades de la globalización. Atribuye dicho autor a la baja densidad nacional, la causa de los problemas argentinos.
La primera decisión política a adoptar es la de fortalecer el rol del Estado para procurar su máxima eficacia. Desde nuestra perspectiva no deben ser motivo de preocupación los cambios de tamaño, forma y funciones del Estado, mientras cumpla su finalidad esencial de gerente del Bien Común.

Ahora bien, el grave problema argentino, es que no existe soberanía pues no existe el Estado. Para arribar a esa afirmación, seguimos al Prof. de Mahieu, que enseña que todo Estado contemporáneo debe cumplir tres funciones básicas:
1º) La función de síntesis. La unidad social es el resultado de la síntesis de las diversas fuerzas sociales constitutivas, síntesis en constante elaboración por los cambios que se producen en los grupos y en el entorno. La superación de los antagonismos internos no surge espontáneamente; es el resultado de un esfuerzo consciente por afianzar la solidaridad sinérgica, a cargo del Estado.
El poder estatal tendrá legitimidad en la medida en que cumpla dicha función, garantizando la concordia política.

2º) La función de planeamiento. El Estado centraliza la información que le llega de los grupos sociales; recopila sus problemas, necesidades y demandas. Los datos son procesados y extrapolados en función de los fines comunes, fijados en la Constitución Nacional y en otros documentos, que señalan los objetivos políticos y los valores que identifican a un pueblo. Con mayor o menor intensidad, según el modelo gubernamental elegido, es en el marco del Estado donde debe realizarse el planeamiento global que establezca las metas y las prioridades en el proceso de desarrollo integral de la sociedad, en procura del Bien Común. Por cierto que, en una concepción no totalitaria el planeamiento estatal sólo será vinculante para el propio Estado, y meramente indicativo para el sector privado. La autoridad pública no debe realizar ni decidir por sí misma "lo que puedan hacer y procurar comunidades menores e inferiores", en palabras de Pío XI. Pero, debido a la complejidad de los problemas modernos, el principio de subsidiariedad resulta insuficiente para resolverlos sin la orientación del Estado, que mediante el planeamiento se dedique a "animar, estimular, coordinar, suplir e integrar la acción de los individuos y de los cuerpos intermedios".

3º) La función de conducción. La esencia de la misión del Estado es el ejercicio de la autoridad pública. La facultad de tomar decisiones definitivas e inapelables, está sustentada en el monopolio del uso de la fuerza, y se condensa en el concepto de soberanía. El gobernante posee una potestad suprema en su orden, pero no indeterminada ni absoluta. El poder se justifica en razón del fin para el que está establecido y se define por este fin: el Bien Común temporal.
Si un Estado no posee, en acto, estas tres funciones, ha dejado de existir como tal o ha efectuado una trasferencia de poder en beneficio de organismos supraestatales, o de actores privados, o de otro Estado.

Como hipótesis, sostenemos que el Estado argentino dejó de funcionar como tal a partir de junio de 1970 –hace cuatro décadas-, pues desde esa fecha se advierte claramente que resultaron afectadas las tres funciones básicas.

Resumiendo lo expresado, consideramos que el mundo contemporáneo permite conservar cuotas significativas de independencia, siempre que exista una estrategia que seleccione el método de análisis y de elaboración de planes, apto para resolver los problemas gubernamentales.
Si es correcto el análisis, la prioridad absoluta consiste en restaurar el Estado, y procurar que actúe eficazmente al servicio del bien común.

Sin embargo, la restauración del Estado argentino no ocurrirá como consecuencia necesaria de elaborar un buen diagnóstico. Es insensato confiar en que, precisamente en el momento más difícil de la historia nacional, podrá producirse espontáneamente un cambio positivo. Sólo podrá lograrse si un número suficiente de argentinos con vocación patriótica, se decide a actuar en la vida pública buscando la manera efectiva de influir en ella. La acción política no puede limitarse a exponer los principios de un orden social abstracto. La doctrina tiene que encarnarse en hombres que cuenten con el apoyo de muchos, formando una corriente de opinión favorable a la aplicación de la doctrina.

Lamentablemente, tropezamos con un generalizado abstencionismo cívico. Nos parece que, si a la política se la sigue considerando la cenicienta del espíritu –en expresión de Irazusta-, seguirá careciendo el país de suficientes políticos aptos en el servicio a la comunidad. No puede extrañar que esta actividad genere recelos, pues es la función social más susceptible a la miseria humana, la que exacerba en mayor medida las pasiones y debilidades. Pero la situación actual en nuestro país es, y desde hace mucho tiempo, verdaderamente patológica; la mayoría de los buenos ciudadanos, comenzando por los más inteligentes y preparados, abandonan deliberadamente la acción política a los menos aptos y más corruptos de la sociedad, salvo honrosas excepciones.

Explica Marcelo Sánchez Sorondo que: “al ocurrir la vacancia del Estado por el ilegítimo divorcio entre al Poder y los mejores, en la confusión de la juerga aprovechan para colarse al Poder los reptiles inmundos que, denuncia Platón, siempre andan por la vecindad de la política, como andan los mercaderes junto al Templo”.

Se ha llegado a esta situación por un progresivo y generalizado aburguesamiento de los ciudadanos, de acuerdo a la definición hegeliana del burgués, como el hombre que no quiere abandonar la esfera sin riesgos de la vida privada apolítica.
Un proyecto nacional puede contribuir, a compatibilizar la inevitable integración del país con los demás países, y la preservación de la propia identidad cultural. Si se continúa, en cambio, con una persistente improvisación, sin rumbo fijo, desaprovechando oportunidades y despilfarrando los recursos que nos ha entregado generosamente la Providencia, mereceremos lo que advirtió don Ricardo Rojas, hace exactamente un siglo:
“Si el pueblo argentino prefiere una vocación suicida, si abdica de su personalidad e interrumpe su tradición, y deja de ser lo que secularmente ha sido,  legara a la historia el nuevo ejemplo de un pueblo que, como otros, fue indigno de sobrevivirse, y al olvidar su pasado renunciará a su propia posteridad”.

Entonces, un proyecto nacional deberá estar basado en las raíces históricas del pueblo argentino. La definición más común de la patria, indica que es "la tierra de los padres". No es sólo un territorio, es una geografía permeada por siglos de asentamiento de una comunidad determinada. Curiosamente, todas las propuestas de proyecto nacional que se han publicado en el país, reconocen el pasado de la nación argentina, que se distingue por una cultura, una lengua y una religión. Dicha cultura tiene su origen en Grecia y Roma, y nos llegó a través de España, junto con el cristianismo.

La fidelidad a esos valores, estaba presente en los hombres que forjaron la patria. Incluso cuando se produjo la emancipación, la ruptura política no significó renegar de la tradición, de la herencia recibida. Los argentinos de hoy no tenemos derecho a traicionar esa herencia. Pese a tantos problemas y desencantos, debemos decir, parafraseando a un poeta español: quiero a mi patria, por no me gusta como es hoy. Nuestro amor a la patria, no debe ser una complacencia sensible, no solamente un sentimentalismo de discurso escolar, sino conciencia de la realidad de esta patria y de este pueblo. De este pueblo que quiere seguir siendo fiel a la herencia que le están arrebatando tantos aventureros y delincuentes.

Quien es considerado, con justicia, el Padre de la Patria -San Martín-, fue combatido y obligado al exilio por aquellos que renegaban del pasado de la patria. Que negaban la tradición hispánica, pues preferían los postulados masónicos de la Revolución Francesa. Aún desde Europa, San Martín continuó hasta su muerte preocupándose por el cuerpo y el alma de la Argentina. En varias de sus cartas aboga por una mano firme que ponga orden en la patria. Cuando esa mano firme enfrenta al invasor extranjero, en la Vuelta de Obligado, San Martín redacta su testamento, disponiendo:
"El sable que me ha acompañado en la independencia de América del Sur, le será entregado al general de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, como prueba de la satisfacción que como argentino he tenido de ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla."

Los argentinos que vivimos hoy en esta patria, la recibimos como herencia del pasado y debemos transmitirla a las generaciones futuras. Es algo que tenemos en custodia, no nos pertenece. No la podemos vender, ni mucho menos regalar.
Nunca es más grande y fuerte un pueblo que cuando hunde sus raíces en el pasado. Cuando recuerda y honra a sus antepasados. Por eso, debemos mirar hacia ese pasado y recordar el ejemplo de los héroes nacionales, para pensar después en el presente; para pensar en el presente sin desanimarnos, a pesar de todo. Para que, aunque parezcamos una patria y un pueblo de vencidos, no seamos vencidos en nuestra alma, no seamos vencidos en nuestro espíritu, en nuestra manera de pensar, en nuestro compromiso de argentinos.

Frente a la decadencia actual de la Argentina, la peor tentación, mucho peor que la derrota exterior, es la tentación de la derrota interior. La tentación del desaliento, la tentación de la desesperación, la tentación de pensar que no hay nada que hacer. La tentación de rendirnos.
La cultura de un pueblo se mantiene vigorosa, cuando defiende sus tradiciones, sin perjuicio de una lenta maduración. La identidad nacional se deforma cuando se corrompe la cultura y se aleja de la tradición, traicionando sus raíces. La nación es una comunidad unificada por la cultura, que nos da una misma concepción del mundo, la misma escala de valores. La nacionalidad es tener:

glorias comunes en el pasado;
voluntad común en el presente;
aspiraciones comunes para el futuro.

Quienes han logrado, por ejemplo, suprimir del calendario el Día de la Raza, instituido por el Presidente Irigoyen, amenazan con dejarnos sin filiación, sin comprender que la raza, en este caso, no es un concepto biológico, sino espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ese sentido de raza es el que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades, cuyas esencias son extrañas a la nuestra. Para nosotros, la raza constituye un sello personal inconfundible; es un estilo de vida.

La identidad nacional, está marcada por la filiación de un pueblo. El pueblo argentino es el resultado de un mestizaje, la nación argentina no es europea ni indígena. Es el fruto de la simbiosis de la civilización grecolatina, heredada de España, con las características étnicas y geográficas del continente americano. Lo que caracteriza una cultura es la lengua, en nuestro caso el castellano. Los unitarios consideraban a este un idioma muerto, pues no era la lengua del progreso, y preferían el inglés o el francés.
Dos siglos después, muchos argentinos manifiestan los mismos síntomas del complejo de inferioridad. Muchos jóvenes caen en la emigración ontológica; en efecto, se van a otros países, creyendo que van a poder ser en otra parte. Olvidan la expresión sanmartiniana: serás lo que debas ser, sino no serás nada.

En esta hora, resulta evidente que solo podrán resistir los embates de la globalización y conservar su independencia, los Estados que se afiancen en sus propias raíces, y mantengan su identidad nacional. El ex-Presidente Avellaneda, en un discurso famoso sostuvo que: los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de sus destinos; y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas, son los que mejor preparan el porvenir.

Únicamente procediendo así podremos conmemorar, sin incurrir en hipocresía, la Vuelta de Obligado.

----------------------------------------------------------------------
Trabajo expuesto el 18-11-19, en Córdoba, en sesión del Centro de Estudios Cívicos.

Fuentes:
Bidart Campos, Germán José. "Doctrina del Estado Democrático"; Buenos Aires, Jurídicas Europa-América, 1961.
Ferrer, Aldo. "La densidad nacional"; Buenos Aires, Capital Intelectual, 2004.
Mahieu, Jaime María de. "El Estado Comunitario"; Buenos Aires, Arayú, 1962.
Meneghini, Mario. "Identidad nacional y el bien común argentino"; Córdoba, Centro de Estudios Cívicos, 2009.
Rojas, Ricardo. "La restauración nacionalista" (1909); Buenos Aires, Peña Lillo Editores, 1971.
Rosa, José María. "Historia Argentina"; Buenos Aires, Editor Juan Granda, 1965, Tomo V.
Sánchez Sorondo, Marcelo. "La clase dirigente y la crisis del régimen"; Buenos Aires, ADSUM, 1941.



martes, 5 de noviembre de 2019

ROSAS NO FUE UN TIRANO




En la fecha se ha publicado un artículo periodístico[1] que nos interesa comentar. Se refiere el autor a los líderes populistas o demagógicos, que alegando representar a la mayoría, intentan en realidad apropiarse del poder y usufructuarlo sin límites. 

Es una inquietud admisible, frente a reiterados casos de lo que se conoce como democracia delegativa: una vez electo el presidente, se considera habilitado a ejercer la autoridad de acuerdo a su criterio, sin someterse a controles, ni respetar los otros órganos de gobierno. Incluso, como se está anunciando actualmente en nuestro país, se promueve reformar la constitución vigente para adaptarla a la nueva orientación política, procurando la reelección indefinida.

En lo que nos permitimos discrepar, es en tomar como ejemplo de tiranía al gobierno de Juan Manuel de Rosas, a quien la Legislatura de Buenos Aires le confirió la suma del poder público; recordemos el texto respectivo[2].

El historiador Ernesto Palacio, explica al respecto: “Las facultades extraordinarias no eran una novedad en nuestro derecho público. Equivalentes a la dictadura de salud pública de la legislación romana, habían gozado de ellas los primeros gobiernos revolucionarios y los del año 20. Se trataba de una facultad de excepción para hacer frente a circunstancias también excepcionales”[3]. No cabe duda que Rosas fue un dictador, pero no un tirano.

La diferencia es sustancial, y lo aclara el profesor Jorge García Venturini, desde la filosofía política:

“La dictadura puede tolerarse alguna vez y hasta propiciarse sin faltar al orden moral; puede ser la única salida en ciertas circunstancias graves. La tiranía, en cambio, es siempre intolerable, siempre intrínsecamente perversa.”
“… la dictadura es una forma de gobierno, uno de los modos de la autocracia (otros de los modos es la monarquía). La tiranía, en cambio, no es una forma de gobierno, sino el desgobierno mismo. El tirano es, inevitablemente, un dictador, pero el dictador no es necesariamente un tirano; no lo es si usa su poder en favor del bien común y tiene como meta final la restauración de las leyes provisoriamente suspendidas”[4].

Como estamos en vísperas del día de la Soberanía, simbolizada en el combate de la Vuelta de Obligado, librado el 20 de noviembre de 1845, cuando las fuerzas argentinas, conducidas por Rosas, defendieron el interés nacional frente a potencias agresoras, rendimos nuestro homenaje recordando las palabras de Leopoldo Lugones, dedicadas a Juan Manuel:

“…hizo pelear a su pueblo y batiéndose –ambidiextro formidable- con un brazo contra la traición que ponía en venta la propia tierra por envidia de él, y con el otro contra la invasión que venía a saquear en tierra extraña…”. “Y por segunda vez se salvó la independencia de la América…”. “San Martín sintió que sus canas eran todavía pelos viriles, comprendió toda la grandeza del esfuerzo del Dictador, y dijo que en mejor mano no podía caer la prenda heroica. Redactó su testamento partiendo la herencia en dos: dejó su corazón a Buenos Aires, y su sable a Don Juan Manuel de Rosas”.


Córdoba, 5-11-19

Mario Meneghini




[1] Javier Szulman. “Líderes demagógicos con voluntad tiránica”; La Nación, 5-11-19, p. 31.
[2] Habiéndose encontrado la Provincia en una posición difícil después de los sucesos de 1833, la Honorable Sala sancionó la siguiente ley, como único medio que halló oportuno para refrenar la anarquía.
Art. 1º Queda nombrado Gobernador y Capitán General de la Provincia, por el término de cinco años, el Brigadier General D. Juan Manuel de Rosas.
Art. 2º Se deposita toda la suma del poder público de la Provincia en la persona del Brigadier General D. Juan Manuel de Rosas, sin más restricciones que las siguientes:
1ª Que deberá conservar, defender y proteger la Religión Católica Apostólica Romana.
2ª Que deberá sostener y defender la causa nacional de la Federación que han proclamado todos los pueblos de la República.
(…)
Buenos Aires, Marzo 7 de 1835.

[3] Palacio, Ernesto. “Historia de la Argentina”; Buenos Aires, Peña y Lillo, editor, 1965, tomo I, p. 325.
[4] García Venturini, Jorge. “Introducción dinámica a la filosofía política”; Buenos Aires, Losada, 1967, p. 55.

domingo, 20 de octubre de 2019

CARLOS SACHERI Y EL ORDEN NATURAL (*)




Homenaje a su vida y obra

Su vida

Carlos Alberto Sacheri nació en Buenos Aires el 22 de octubre de 1933. Se graduó en Filosofía en 1957 y en 1961 ganó una beca en Canadá, en concurso internacional. Estudió bajo la dirección de Charles De Koninck en la Universidad Laval de Quebec, donde en 1963 obtuvo su Licenciatura en Filosofía, con mención "Magna Cum Laude" y de Doctor en Filosofía, con mención "Suma Cum Laude" en 1968, con una tesis sobre “La existence et nature de la Deliberation”.

En tiempos de estudiante universitario y después durante diez años, siguió al P. Julio Meinvielle, quien fue su principal formador, en la lectura y el estudio de Santo Tomás de Aquino. Según atestigua Caturelli: “su vocación filosófica, en particular por la filosofía práctica, hizo de él un conocedor profundo del pensamiento de Santo Tomás. Pero, al mismo tiempo, recuerdo sus preocupaciones por el idealismo inmanentista de Giovanni Gentile, por el pensamiento moderno, sin detrimento de los Padres de la Iglesia y, sobre todo, su preocupación por el…Magisterio de la Iglesia” (Sapientia, año XXX, nº 175, p. 74).

Fue profesor titular de Metodología Científica y de Filosofía Social e integrante del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas de la Pontificia Universidad Católica Argentina; profesor titular de Filosofía y de Historia de las Ideas Filosóficas y Director del Instituto de Filosofía de la Justicia de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Buenos Aires; profesor de Ética y de Filosofía Social del Institute de Philosophie Comparée de París; profesor de Filosofía Social y de Teoría de los Valores en la Universidad Laval, en Quebec (Canadá); de la Universidad Católica Andrés Bello, en Caracas (Venezuela) y principal propulsor de la Sociedad Tomista Argentina, de la que era Secretario.

Actuó también como Coordinador General del Instituto de Promoción Social Argentina y como presidente de la Obra de la Ciudad Católica.
En 1970, fue nombrado Secretario Científico del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), del que era Investigador Principal. (1)

Su obra

Prolífico conferencista y formador de jóvenes dentro y fuera de Argentina, colaboró regularmente con numerosas publicaciones especializadas como Presencia, Verbo (Argentina), Verbo (España), Universitas, Premisa, Cabildo, Mikael , Ethos, Diálogo, Universidad, Les Cahiers du Droit (Francia), Philosophica (Chile). El Dr. Sacheri publica en 1971 la crónica teológica “La Iglesia Clandestina”, obra de gran profundidad sobre la subversión en la Iglesia Católica y la infiltración marxista en su seno.

Al fallecer su maestro Meinvielle, le tocó despedirlo en su sepelio diciendo:
 “Sepamos los más jóvenes conservar el fuego sagrado que nos ha dejado en herencia. Nuestra Iglesia y nuestra Patria necesitan que la obra del Padre se prolongue a través de los discípulos que formó. La tarea es ardua en estos tiempos en que abundan tantas defecciones de todo tipo. Sepamos encontrar en la imitación de sus virtudes el estímulo para difundir y profundizar su obra, para que las promociones más jóvenes puedan a su vez, encontrar su vocación cristiana y nacional” (2).

Apenas un año después, el 22-12-1974, Sacheri fue asesinado por un grupo subversivo, en presencia de su familia, al salir de misa. Su muerte, como la del profesor Genta, asesinado poco antes por el mismo grupo, fue consecuencia de su obra intelectual, que no se limitó a los trabajos académicos, sino que consciente de la misión social del estudioso, a menudo participó en actividades de difusión de un orden de convivencia basado en los valores de la tradición cristiana.

En especial, sostenía la necesidad de contar con un núcleo suficiente de hombres prudentes, que inspirados en los principios clásicos  de la política y munidos de una  adecuada  versatilidad  puedan  actuar  convenientemente  en  la  vida social. Sacheri, hombre de pensamiento y de acción, fue el arquetipo de la conjunción armónica y exacta de la teoría con la praxis. (3)

Escribió tres libros y 55 trabajos (artículos, ponencias, recensiones, conferencias); nos interesa concentrarnos en una de sus obras, que escribió para el diario “La Nueva Provincia” de Bahía Blanca, en forma de notas sobre el tema La Iglesia y lo social, publicadas luego como El orden natural (4). Se trata de un excelente manual de Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que sirvió de guía, en el medio siglo transcurrido, a multitud de personas. Continúa siendo lo mejor que se haya escrito en lengua española,  sin perder vigencia, pues a diferencia por ejemplo del Compendio oficial (5) no es una recopilación de párrafos de encíclicas.

Tampoco se aparta de su vocación filosófica, pues una de las fuentes de la doctrina social es la razón humana, iluminada por la ley natural: luz de la razón que, a través de juicios prácticos, le manifiesta al hombre que debe evitar el mal y obrar el bien. Como señala Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio: “aunque la fe esté por encima de la razón; sin embargo, ninguna verdadera disensión puede jamás darse entre la fe y la razón, como quiera que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, puso dentro del alma humana la luz de la razón, y Dios no puede negarse a sí mismo ni la verdad contradecir jamás a la verdad” (p. 53).

Además, el autor sólo menciona algunos documentos pontificios para mostrar la coincidencia con el razonamiento que ha desarrollado, basado en conceptos lógicos y en la experiencia histórica. De los cincuenta capítulos de este libro, procuraremos analizar los conceptos que nos parecen más relevantes y originales.

Orden Natural (Cap. 7)

Dada su formación filosófica no es extraño que dedicara tres capítulos (7, 8 y 9) al orden natural, discutido y combatido por la cultura moderna. Como argumenta Mons. Tortolo (6) en el prólogo de la primera edición del libro:

 “Por su propia naturaleza es inviolable el orden natural. La actitud del hombre debe ser de total acatamiento. La vulneración de este orden introduce un tipo de violencia interior, cuya actividad inmediata es el mismo hombre que vulnera el orden.”
“Pero este orden natural se proyecta de una manera múltiple: orden moral, orden social, orden económico, orden político. Distintos aspectos y distintos fines de un mismo orden natural, con sus leyes propias. Este orden lamentablemente está siempre jaqueado. Es fácil vulnerarlo, máxime que en su realización el hombre interviene con todo lo que es suyo.”
“Un gran pensador y un gran maestro –Carlos Sacheri- intuyó las profundas subyacencias en el pensamiento y en el corazón del hombre actual. Subyacencias cargadas de errores y negadoras no solo del orden sobrenatural, sino también del orden natural.” “Vio la problemática del orden natural subvertido y vigorizado por una técnica portentosa. Y se volcó de lleno, no a llorar, sino a restaurar el orden natural. Aquí está la razón de su sangre mártir.”

Sacheri critica las corrientes que niegan un orden natural: el materialismo positivista, el relativismo y el existencialismo, que rechazan la posibilidad de  una naturaleza humana y de un orden social derivado de ella, que sirvan de base a la moral y al entramado de la vida social. De un modo simple, con ejemplos claros demuestra que el contacto con las cosas exhibe que en cada ser hay una naturaleza, y la ciencia confirma que no es resultado del azar, sino que existe un orden, con una jerarquía y una armonía. Resulta imposible que de una simple combinación al azar surja el orden del universo.

Derecho natural (Cap. 8 y 9)

Como consecuencia de la naturaleza del hombre, se ha reconocido desde la antigüedad la existencia de normas de conducta que no dependen de la legislación humana: los llamados derechos naturales. Quedan en evidencia cuando se cuestiona una ley; esto ocurrió, curiosamente, durante el proceso de Nuremberg que juzgó los crímenes de guerra cometidos por los nazis, ya que no se había establecido el delito de genocidio, y se debió reconocer que hay normas que fundamentan las leyes positivas.

El derecho natural abarca principios y normas que cualquier persona puede alegar como algo que se le debe en razón de su esencia. Todo hombre puede conocer este derecho, por la simple luz de su razón. En cambio, el derecho positivo incluye normas que surgen de la autoridad política. Sólo el derecho natural posee las características de universalidad, inmutabilidad y cognoscibilidad. Toda persona tiene tres inclinaciones naturales: a la conservación de la vida, a la propagación de la misma, y a su propia perfección. Dichas tendencias dan lugar a los derechos esenciales, subordinados al primer principio ético: hacer el bien y evitar el mal, del cual dependen los tres niveles de derechos mencionados.

Subsidiariedad (Cap. 44)

Sacheri aplica en su análisis de la doctrina social lo que Hernández llama esquema tricotómico (7). Tanto el individualismo liberal como el colectivismo utilizan un esquema dicotómico, en el que se atribuyen la única solución, frente a la injusticia que representa la otra posición. La doctrina social supera los extremos individuo-Estado, al agregar el principio de subsidiariedad, ya que el Estado no es sumatoria de individuos, sino el órgano de conducción de la sociedad, compuesta de grupos sociales.

El vocablo subsidiariedad deriva de subsidium, que significa ayuda, apoyo, suplencia; mediante la acción subsidiaria se auxilia a alguien para suplir o completar algo que aquél no puede realizar por sí mismo. “Toda actividad social es, por esencia, subsidiaria, debiendo servir de apoyo a los miembros de la sociedad, sin jamás absorberlos ni destruirlos.” (8) En razón de este principio, el Estado sólo puede reemplazar a un grupo de nivel inferior cuando no esté en condiciones de realizar su misión, debiendo ayudarlo a recuperar su actuación propia. Cuando no rige la subsidiariedad queda anulada la responsabilidad que caracteriza a la persona como ser racional y libre, puesto que lo condena a recibir órdenes o las dádivas que el Estado o un grupo de nivel superior le conceda.

Es necesario, entonces, que el sistema institucional reconozca a los grupos sociales la autonomía en su esfera de acción, mediante una descentralización de todas las funciones que puedan ser realizadas sin intervención del Estado; a éste, en función del principio aludido, le corresponde:

*Fomentar el surgimiento de cuerpos intermedios;
*Estimularlos, mediante facilidades (ej.: exenciones impositivas);
*Ordenar su funcionamiento y fiscalizarlos;
*Suplir su actividad, cuando resulte imprescindible.

A la autoridad pública le compete procurar el bien común de la sociedad respectiva, mediante la actividad de gobierno, que consiste en supervisar, controlar y arbitrar la gestión de los grupos sociales.
 “En síntesis –dice Sacheri-, el Estado no ha de dejar hacer (liberalismo) ni hacer por sí mismo (colectivismo), sino ayudar a hacer.” (9)

Propiedad privada (Cap. 18, 19 y 20)

Este concepto ha originado, desde hace un tiempo, muchas dudas, en especial sobre los llamados bienes de producción, que a diferencia de los bienes de consumo, se utilizan para producir otros bienes. De allí que algunos consideran que con respecto a esta categoría no sería lícito la apropiación privada, debiendo quedar en manos del Estado o de órganos colectivos. En realidad, si se parte de un enfoque realista del hombre, la propiedad privada de los bienes materiales constituye un derecho natural, como proyección de su ser para utilizar las cosas que necesita para asegurar su plenitud. Sin embargo, el derecho de propiedad es un derecho secundario, subordinado al destino universal de los bienes. 
De allí que la propiedad no sea un derecho absoluto, pues posee una función social; en palabras de Juan Pablo II: “sobre toda propiedad grava una hipoteca social”. (10) 
De modo que, no sólo en casos de abusos graves o injusticias notorias en el uso de un bien, sino en situaciones de emergencia, la autoridad pública puede limitar el ejercicio del uso de una propiedad, en virtud del bien común.
Impedir, en cambio, la posesión de bienes de producción a los particulares, implicaría negar la posibilidad de que las personas y los grupos dispongan de un margen de iniciativa para aplicar sus cualidades y recursos. Esto limitaría su libertad, haciéndolos dependientes del Estado, puesto que al quedar estatizada toda la actividad económica, el órgano público podría también controlar los bienes de consumo.

El destino universal de los bienes, significa que, puesto que han sido creados para todos, y a que todos los necesitan para vivir, cada ser humano debe poder participar en algún tipo de propiedad. Esto conduce a la necesaria difusión de este derecho, a todos los hombres, en especial, a quienes dependen sólo de un salario o ingreso fijo. Partiendo del hecho de que el sistema de seguridad social se sostiene con el aporte previsional de los trabajadores, que son salarios diferidos, que un jubilado reciba un haber que no cubre siquiera la canasta básica que determina la línea de pobreza, resulta obvio que debe ser reemplazado por algún sistema más justo. También el asalariado común percibe un ingreso mínimo, que no supera la línea de pobreza, y se mantiene en una situación de inseguridad respecto al futuro, puesto que no tiene garantizada la estabilidad laboral ni capacidad de ahorro.

La enseñanza pontificia siempre consideró injusto que el capital se apropie la totalidad del beneficio económico, que es resultado de la cooperación conjunta con el trabajo. De allí que se propusiera que las empresas reconozcan a sus trabajadores un título de crédito.  Dado que el producto bruto de los países se acrecienta, es justo que  todas las categorías sociales tengan participación adecuada en el aumento de la riqueza de la nación. Sacheri propone la participación en sociedades de inversión de capital variable o fondos de inversión.

Grupos intermedios (Cap. 28 y 43)

Se denomina así a las asociaciones o grupos, ubicados en la sociedad entre la familia y el Estado, a través de los cuales se canalizan los vínculos sociales que surgen de la vida comunitaria. Su existencia y libre actividad manifiestan un orden social natural, pues como enseña Santo Tomás, el verdadero y genuino orden social postula que los distintos miembros de la sociedad se unan entre sí por algún vínculo fuerte. (10) Tanto la ideología liberal como la marxista han impugnado la existencia de estas asociaciones. El marxismo y otras ideas que derivan en sistemas totalitarios, consideran que el funcionamiento de grupos independientes del Estado, implica permitir el individualismo egoísta. A su vez el liberalismo impulsó el Edicto de Turgot (1776) durante el reinado de Luis XVI, y luego de la Revolución Francesa, la Ley Le Chapelier (1791) que impidieron el funcionamiento de las corporaciones que agrupaban a las personas por su oficio o profesión.

La doctrina social, por el contrario, propugna que la autoridad pública se dedique a restaurar las profesiones, avanzando en la formación de cuerpos que integren conjuntamente a obreros y patrones, por rama de producción o servicio. A su vez el Estado les debe permitir resolver por sí mismos los asuntos de menor importancia, en razón del principio de subsidiariedad. Estas corporaciones funcionarían en sentido inverso al impulsado por gobiernos totalitarios, es decir desde la base hacia arriba, de manera espontánea, sin subordinación al Estado, y no como en el corporativismo vertical fascista.

La organización profesional de la economía (Cap. 28 y 37)

Vinculado al tema anterior, y para evitar equívocos, desde Juan XXIII, los documentos pontificios dejan de usar la denominación de corporación, utilizando la expresión organización profesional de la economía para representar la misma institución, considerada el centro de la doctrina cristiana en la economía. Así se evitan las consecuencias negativas del individualismo liberal cuanto del estatismo masificante. A través de los organismos profesionales, el sector laboral puede intervenir en las decisiones relativas a la rama de producción o servicio respectiva, así como participar en los beneficios. No puede hablarse, en cambio, de un derecho a la cogestión en cada empresa, ni sería conveniente vincular la participación de los trabajadores en el resultado financiero de la empresa en que se desempeña, pues podría ser negativo. Resulta aconsejable que la cogestión y la participación se realice en la organización de la economía a nivel nacional.

La reciprocidad en los cambios (Cap. 24)

Para que el intercambio de bienes se realice de manera justa, es necesario que cada uno de quienes intervienen conserve la situación que tenía.  Aristóteles realizó la primera formulación de esta ley, en la Ética a Nicómaco (libro V) al referirse a la justicia conmutativa:

“La ciudad se sostiene merced a la reciprocidad proporcional. En efecto: ¿cuál es la razón que determina a un productor libre a no vivir aislado sino a incorporarse a la vida social? Es porque quiere contribuir con su producción al bien de los otros productores de la sociedad y recibir en cambio, de lo que ellos produzcan, otro tanto como lo que entrega. Porque si él entregase  más y le dan menos, desaparece para él la razón de vivir en sociedad.”

Esta ley complementa y corrige los efectos de la ley de la oferta y la demanda; que, cuando no es regulada en el mercado, inevitablemente deriva en el aprovechamiento de los más poderosos sobre los más débiles. Esto ocurre, no sólo en las relaciones entre particulares, sino también entre los sectores sociales y económicos que actúan en el mercado; siempre el avance de un sector se logra en detrimento de otro. El equilibrio no puede lograrse espontáneamente, requiere al arbitraje del Estado, gerente del bien común, para lograr que se cumpla la reciprocidad en los cambios. La función reguladora se hará más fácil con la intervención de las organizaciones profesionales, que en la edad media contribuían a fijar el justo precio de los bienes.

Bien común (Cap. 41)

Es el fundamento de la vida social y política, conforme al orden natural, y el fin del Estado. Sacheri, descartando la definición moderna que reiteran los documentos desde hace medio siglo, y ha sido cuestionada por prestigiosos intelectuales, adopta la de Pío XI, en la Divini illius magistri (p. 36): “la paz y seguridad de que gozan los sujetos en el ejercicio de sus derechos, y al mismo tiempo, el mayor bienestar espiritual y material posibles en esta vida, mediante la unión y la coordinación de los esfuerzos de todos”.

Conclusión

En nuestro tiempo, donde se extiende la confusión y el error, la doctrina social católica puede ayudar a no desviarse del recto camino hacia el bien común, no sólo a los creyentes sino a toda persona de buena voluntad. De allí que el manual escrito por este filósofo constituye un valioso aporte, especialmente en un país como Argentina, donde pese a estar constituido mayoritariamente por bautizados, resulta escandaloso el desconocimiento y por ello la falta de vigencia de esta doctrina, como lo han reconocido los obispos en Navega Mar Adentro (2003, p. 38).

La antropología cristiana permite un discernimiento de los problemas sociales, para los que no se puede hallar una solución correcta si no se tutela el carácter trascendente de la persona humana, plenamente revelado en la fe. A tal efecto, la Doctrina Social de la Iglesia puede cumplir un rol importante, pues sirve como lugar de encuentro entre la razón y la fe; habla del hombre y de la comunidad de los hombres, y, al hacerlo habla de Dios.

Como Sacheri fue asesinado en razón de su búsqueda de la verdad, y se inició un proceso de beatificación, queremos terminar con la enseñanza de Santo Tomás:
“Mártires significa testigos, puesto que con sus tormentos dan testimonio de la verdad hasta morir por ella; no de cualquier verdad, sino de la verdad que se ajusta a la piedad, la cual nos ha sido dada a conocer por Cristo…Tal verdad es la verdad de la fe, la cual, por lo tanto, es causa de todo martirio.” (Suma Teológica, 2-2, 124, 4, c y ad 1,2 y3)


Mario Meneghini

(*) Ponencia presentada al Congreso Nacional de la Sociedad Argentina de Filosofía, octubre 17 a 20 de 2019, en La Falda, Córdoba.

(1) Hernández, Héctor. “Apuntes para una biografía de Sacheri”; en: Centro de Estudios San Jerónimo, San Luis, Cuadernos de Espiritualidad y Teología, Nº 24, 1999, pp. 167 a 214.
(2) Revista Verbo, Nº 133, agosto 1973, p. 17.
(3) www.sacheridigital.com
(4) Sacheri, Carlos. “Orden Natural”; Buenos Aires, IPSA, 1975.
(5) Pontificio Consejo Justicia y Paz. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia; 2004.
(6) Sacheri, op. cit., Prólogo, pp. v, vi y vii.
(7) Hernández, Héctor. “Sacheri: predicar y morir por la Argentina”; Buenos Aires, Vórtice, 2007, pp. 446 y 447.
 (8) Sacheri, op. cit., p. 162.
(9) Ibidem, p. 168.
(10) Discurso inaugural, Conferencia de Puebla, 28-1-1979.





jueves, 3 de octubre de 2019

CRÍTICA JUSTIFICADA



Es la que realiza la carta de lector que reproducimos a continuación, a la pública opinión del Arzobispo de La Plata. Aunque no se podría decir que su contenido resulte sorprendente, dados los antecedentes intelectuales del autor de "Sáname con tu boca: el arte de besar", Ed. Lumen, 1995.
----------------------------


Encuentro de mujeres

Alberto Solanet
La Nación, 3-10-19

Con verdadero estupor leí la nota firmada por el arzobispo de La Plata, monseñor Víctor Fernández, titulada "Encuentro Nacional de Mujeres", publicada el martes pasado. De sus términos se infiere que ignora los antecedentes de estos encuentros y la perversa ideología que los moviliza, que se pone de manifiesto en cada oportunidad, en donde arremeten contra los templos católicos, apuntando generalmente a la Catedral.

Aparecen como hordas violentas, profiriendo toda clase de injurias de la peor especie, muchas con atuendos estrafalarios o semidesnudas. En la nota hace una referencia sesgada de la historia cuando pone el acento en la "leyenda negra" en alusión a la conquista y evangelización de América. 
Cita a Santa Catalina de Siena como si su lucha tuviese alguna similitud con la emprendida por estas manifestantes, cuando si hoy viviese esa gran santa, con seguridad estaría, con todo vigor, a la cabeza de la defensa de los valores de la Iglesia y de sus templos, contrariamente a lo que hoy dispone el arzobispo.
Por último, cuando se refiere a la lucha por la igualdad, incluye la "orientación sexual", quebrando de este modo la recta moral que la Iglesia ha sostenido desde siempre.

...........................



Encuentro Nacional de Mujeres

Artículo de monseñor Víctor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata, publicado en diario La Nación (1 de octubre de 2019)

Fuente: Aica

Se acerca el Encuentro Nacional de Mujeres autoconvocadas en La Plata. Hay gente con miedo, incluidos miembros de las fuerzas de seguridad, políticos y vecinos, como si viniera una horda sedienta de venganza y destrucción. Pero son mujeres, de muchos colores, con diversas formas de defender sus derechos, y también con diferencias entre ellas. Las une el sueño de una verdadera igualdad, y la ira se entiende cuando se recuerda la historia, siglos de opresión, de humillación, de dominio machista, de violencia.

A veces la bronca se concentra contra la Iglesia, que necesita una autocrítica en este tema, como en tantos otros. Durante siglos toleró la esclavitud aun cuando su fe le decía que cada ser humano -mujer o varón- tiene una dignidad inalienable. Pero hubo santos que se dedicaron a comprar esclavos para dejarlos libres. Del mismo modo, en la conquista de América hubo curas que toleraban los excesos y decían que los aborígenes no tenían alma. Sin embargo, el cura Bartolomé de las Casas se desangraba por defenderlos. De él dijo Pablo Neruda: "Pocas vidas da el hombre como la tuya... Eras la eternidad de la ternura".

Además, hubo mujeres cristianas que supieron tomar las riendas en épocas oscuras. Santa Catalina de Siena era capaz de hacerle frente a cualquier autoridad eclesiástica, y la mexicana Juana Inés de la Cruz escribía: "Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón". Desde Santiago del Estero, la Mama Antula salía a caminar miles de kilómetros porque se sentía capaz de reemplazar a los jesuitas expulsados. Por no mencionar a algunas abadesas que en la Edad Media hacían temblar a los obispos. Otras muchas sufrían de parte de los eclesiásticos el desprecio y el aprovechamiento.

Durante tres días, miles de mujeres se reunirán para reflexionar sobre sus derechos y expresar su punto de vista. ¿Están todas de acuerdo acerca de las prioridades? Sé que algunas que participarán no están a favor del aborto y prefieren representar a las que son forzadas a abortar por sus patrones o por sus novios. O insisten en alcanzar una verdadera paridad laboral. O quieren ser la voz de las que sueñan con ser madres, pero mueren en el parto, desnutridas. O luchan con uñas y dientes contra la trata de mujeres. Pero hay una serie de reclamos urgentes que las unen a todas.

Corre por las redes que prometen quemar y destruir. Estoy seguro de que la mayor parte desea hacerse oír pacíficamente, reivindicando un legítimo derecho a protestar. Las que quieren dañar y destruir no las representan a ellas ni a la inmensa mayoría de la sociedad. De todos modos, quienes no hemos sabido asumir como propios los legítimos reclamos de las mujeres simplemente tendremos que abrir el oído. Bienvenidas las que vienen a enriquecer el debate público.

Ruego a todos los católicos que eviten cualquier forma de agresión verbal y toda iniciativa que termine siendo provocativa. Las mujeres católicas podrán dar su opinión en los talleres, o bien orar en sus casas. Pero no caben en esos días acciones que, con la excusa de proteger iglesias, puedan interpretarse como una "resistencia" cristiana. Quienes cuiden las iglesias y otros lugares serán las estructuras dependientes del Estado que se organizan para preservar el orden público. Como arzobispo de La Plata, me comprometí a procurar evitar todo acto, movilización o expresión que se manifieste como una contraofensiva, lo cual sería inútil, ineficaz e imprudente.

Al mismo tiempo, más allá de que pueda comprender la bronca de muchas, apelo a las mismas participantes para que colaboren en la contención de quienes buscan dañar lugares que son del pueblo. Aun las iglesias son anclajes para muchas mujeres pobres, que las viven como espacios donde recuperan las fuerzas para seguir luchando. A tantas de ellas no les importan los curas ni los obispos, pero aman los lugares sagrados que les permiten casarse, bautizar a sus hijos, llorar o gritar sus penas y esperanzas. En una época tan dura, mejor gastemos para los pobres lo que tendríamos que invertir en reparar daños.

No pretendo con estas líneas conformar a nadie, pero ofrezco mi humilde oración y mi pobre capacidad para que sigamos caminando hacia una sociedad más inclusiva. El sueño es que brille cada vez mejor la igualdad entre todos los seres humanos y el inmenso valor de cada persona más allá de su color, origen, ideas, desarrollo y orientación sexual.

Mons. Víctor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata