lunes, 5 de septiembre de 2016

EL DEBER DE PARTICIPAR EN LA VIDA CÍVICA



Vivimos en una época caracterizada por el desinterés masivo de la ciudadanía en la actividad política. No es un fenómeno exclusivo de algunos países, sino que se verifica en todos los pueblos y en todas las regiones del mundo.

Explicaba don Julio Irazusta[1] que, de todas las actividades, la política es “la más mezclada con la ganga humana”.  En ese ámbito es donde se desatan todas las debilidades y pasiones del hombre. Por eso la califica como “la cenicienta de las actividades espirituales”; de allí que en las mismas sociedades –como la nuestra- donde surgen grandes intelectuales y artistas, sea poco frecuente hallar buenos políticos. La decadencia en la reflexión sobre esta actividad ha llegado al anuncio de la muerte de la ciencia política; y se ha sostenido “que volver a los clásicos del pensamiento político es una tarea indispensable y totalmente vigente para acercarse a la realidad política del presente”[2].

La comunidad humana surge por causas naturales, no por un mítico contrato social, puesto que el hombre es por naturaleza un animal social, y convive con otros hombres para poder satisfacer las necesidades vitales, que no puede cubrir por sí mismo. La naturaleza social del hombre no puede merecer dudas a quien la estudia objetivamente. “Es evidente que en lo concreto no hallamos individuos aparte de la sociedad, ni sociedad aparte de los individuos. En lo concreto sólo hay individuos en sociedad”[3]. Incluso por su estructura física la persona necesita la ayuda de su familia por un tiempo más prolongado que los animales, que pueden sobrevivir solos a poco de nacer. Además, por su característica de un ser espiritual, depende también de la vida comunitaria. “El desarrollo de la vida del espíritu está ligado en todos los aspectos sin excepción a la sociedad”[4]. La antropología cultural muestra que el hombre, en cierto modo, es influido espiritualmente por la tradición social, por las costumbres y actitudes que rigen en la cultura de la sociedad en que vive. La lengua, que diferencia sustancialmente a toda persona de cualquier animal, contribuye a su conformación espiritual. Explica Strauss que la actividad humana importante comienza con una deliberación, para la cual es necesaria la lengua; la acción política requiere la expresión clara del pensamiento[5]

De no cumplir su tendencia social, el hombre no puede utilizar adecuadamente sus instintos. Y por eso, la sociedad, strictu sensu, es exclusiva del hombre; los animales se agrupan instintivamente de un modo determinado que no pueden alterar; incluso de las abejas y hormigas, que poseen una cierta complejidad organizativa, únicamente de modo analógico puede hablarse de una tendencia social. En la sociedad existe un sistema cooperativo, en el que los hombres se complementan mutuamente. Esa cooperación social da por resultado algo que supera la sumatoria de los aportes individuales. La sociología distingue entre las agrupaciones sociales, aquellas que denomina comunidades, que se forman espontáneamente –como la familia y la nación- de las que son constituidas deliberadamente, como el Estado, para las que se reserva el nombre de sociedades. La sociedad política –o sociedad general- que incluye a todas las personas y grupos que conviven en un territorio determinado, configura un entramado de relaciones que posee una organización propia, que limita al Estado para que no exceda de su rol de órgano suyo destinado a promover el bien común y mantener el orden público. Es una unidad de orden, “producto de un fin que le es inmanente y que coordina el comportamiento de sus miembros a través de su libre decisión”[6].

La sociedad política no tiene unidad substancial y no es, por lo tanto, un todo orgánico, pero puede analogarse como contraste con  un todo inerte, pues las partes se unen tendiendo a un fin común[7]. En aquella sociedad de sociedades, se complementan todas las actividades que permiten a los hombres alcanzar su bien; por eso, es fundamental que las partes mantengan su vida propia logrando cierta autonomía en su contribución al bien del todo. De modo que, si una de las partes se debilita, corresponde al gobierno ayudarla o suplir su función para que no decaiga la sociedad y se mantenga el equilibrio social. Las sociedades menores que integran una sociedad política son partes de la misma, que poseen cada una un fin particular, subordinado al fin político, manteniendo la potestad específica que necesita para regir su ámbito de actuación. Si el gobierno político invade o desconoce la jurisdicción de las sociedades inferiores, rompe el debido equilibrio y cohesión, e impide el bien común. Las potestades particulares, subordinadas al Estado, deben funcionar armónicamente en base a dos principios: totalidad y subsidiariedad. Esto es posible cuando la supra ordinación que ejerce el Estado no es despótica, sino política, es decir que consiste en orientar, coordinar y controlar, sin anular la vida propia de las sociedades inferiores.

Por lo ya señalado, dice Aristóteles que quien no necesita nada no integra la ciudad; es “una bestia o un dios”[8]. El gobierno de la comunidad implica que todos quienes conviven son libres e iguales en esencia, pero con cualidades diferentes. Ninguno puede realizar por sí mismo todas las actividades necesarias para la vida, por eso requiere la vida comunitaria para que los hombres se ayuden mutuamente. Sin ella no pueden alcanzar la perfección, en el orden material, intelectual y moral. El bien que persiguen las personas en la sociedad, no lo pueden obtener de la familia ni de los grupos particulares, es el bien común[9]. El bien humano debe ser servido por una serie suficiente de bienes corporales y económicos que tienen, por supuesto, un lugar dentro del contenido del bien común, pero, subordinado a lo más importante: el orden político que le da forma a la comunidad política. El orden político tiene dos características básicas: es jerárquico y es circunstancial[10]
Es jerárquico pues todo orden supone prioridades.  Es circunstancial este orden, porque no es automático; se adapta a las circunstancias según la intelección de la realidad existente, que tiene como clave sociológica a la concordia. Ésta no es simple amistad entre los ciudadanos, sino que es la concordia una forma superior de amistad cívica que implica la confianza recíproca entre los integrantes de una comunidad política, y es parte fundamental del bien común. La concordia política es “un acuerdo del entendimiento práctico respecto a lo que ha de hacerse, respecto a los objetivos a alcanzar para satisfacer las necesidades comunes”[11].

En la actualidad, es habitual considerar a la política como actividad desligada de la moral y poco útil, una especie de mal inevitable, que se superpone a la vida normal de la sociedad. En cambio, la concepción clásica de la política consideraba, como lo indica la frase ya citada de Aristóteles, que quien se abstiene de la vida cívica no es un hombre civilizado. Un cambio tan profundo en la perspectiva se debe a una progresiva degradación de la actividad que analizamos. El Profesor Widow describe este proceso[12], que conduce a un dominio del poder que implica distorsionar el tejido social para facilitar el manejo de una masa de personas indiferenciadas, que ha dejado de constituir una comunidad con identidad propia. De  actividad noble, la política se va convirtiendo  en mera técnica, apta para quien desea adquirir y conservar el poder, utilizado en provecho propio. La sociedad facilita el bien de sus integrantes, especialmente el logro de una vida virtuosa; pero, ésta ya no se entendió del mismo modo, a partir del siglo XIV, y la política dejó de estar vinculada a la moral. Siguiendo los consejos de Maquiavelo, la prioridad de los gobiernos será preservar la unidad política, caracterizada como razón de Estado. Desde el siglo XVII, especialmente en Inglaterra, la autoridad pública debe defender la propiedad privada y la seguridad individual; el gobierno reducido a la función policial, y la libertad como principio moral esencial de  la conducta humana. Casares afirma que, en busca de realismo, Maquiavelo cae en una fantasía individual que carece de rigor científico: en su observación histórica “hay finura genial para captar los rasgos individualizantes, pero no hay ni siquiera la tentativa de desentrañar lo universal recóndito en cada hecho observado”[13].

La consecuencia lógica de este razonamiento es el Contrato Social, mediante el cual, las personas renuncian voluntariamente a una parte de su libertad para asumir la voluntad general que lo obliga a ser libre. Entonces, la política, encarnando el deber ser que representa una ideología, ejerce un poder revolucionario, verdadera ingeniería social para adaptar la realidad natural a un esquema teórico. El Estado moderno no se deriva de la dimensión social del hombre, sino que surge como un aparato artificialmente diseñado para encuadrar el teórico estadio de naturaleza original, lo que conduce a un gobierno despótico para evitar la anarquía, resultado de la destrucción o debilitamiento de los grupos sociales reales[14]. Esto no ocurre porque todo poder tienda a ser absoluto y perjudicial, como pretende la famosa frase de Lord Acton; incluso el llamado poder absoluto de algunos reyes, estaba limitado por las instituciones que se gobernaban con una autonomía que el rey no podía invadir. En realidad, comenta Guardini, el poder recién cobra un sentido determinado, cuando una persona lo convierte en una acción, de la cual es responsable. “Por sí mismo, el poder no es ni bueno ni malo; adquiere sentido por la decisión de quien lo usa”[15].  De hecho, durante muchos siglos la autoridad de los monarcas estuvo compensada y controlada, lo que permitía un margen de libertad. Por eso decía Tocqueville que la existencia de sociedades resulta imprescindible para amortiguar los roces y conflictos entre el individuo y el Estado. Llegó a proponer una conclusión: “Para que los hombres no pierdan su condición de civilizados, o para que puedan serlo algún día, las asociaciones deben prosperar en la misma proporción en que aumenta la igualdad de condiciones”[16].

En forma paralela a los convencidos de esta concepción, pululan los mercenarios que buscan su propio beneficio, colaborando con los líderes mesiánicos. Explica Marcelo Sánchez Sorondo que, debido “al ilegitimo divorcio entre el poder y los mejores, en la confusión de la juerga aprovechan para colarse al poder los reptiles inmundos que, denuncia Platón, siempre andan por la vecindad de la política, como andan los mercaderes junto al Templo”[17]. Se ha llegado a esta situación por un progresivo y generalizado aburguesamiento de los ciudadanos, de acuerdo a la definición hegeliana del burgués, como el hombre que no quiere abandonar la esfera sin riesgos de la vida privada apolítica. Rechaza ser protagonista en el orden social, prefiriendo el rol de espectador sin compromisos.
Lo más triste –señala Widow- es “que al rechazo de la política como compendio de vicios y males, siga la renuncia al intento de restaurarla en su verdadera dimensión humana”. El buen ciudadano se aparta de la vida cívica, “abandonando asqueado ese campo a los que han hecho presa de él”[18].

La política es una actividad moral pues procura el bien integral del hombre; entonces, independizar la política de la moral, conduce a la grave crisis contemporánea ya que deja de importar si los objetivos fijados son coherentes con el bien último mencionado. La distinción entre política y moral  deviene de la desaparición de la filosofía política clásica; si la política persigue intereses que carecen de vínculo con las normas morales, la política se reduce a la lucha por el poder, sin límites éticos ni legales.
Esa actitud pasiva frente al poder distorsionado se explica por las brumas de que se rodea; disimulado, al ser anónimo, se presenta como un simple instrumento  del pueblo. En forma drástica, un autor como Duguit sostiene que se trata de una farsa o una abstracción. “Se afirma que la voluntad general, que en realidad emana de los individuos investidos del poder político, emana de un ser colectivo, la nación, cuyos gobernantes no serían más que órganos”[19].

Habiéndose logrado aceptar la idea ficticia de la soberanía del pueblo, la consecuencia lógica es que si “el poder se funda en la soberanía de todos, la desconfianza no tiene razón de ser, ni la vigilancia objeto alguno, de modo que dejan de defenderse los límites puestos a la autoridad”[20].
En la legislación actual se concede el derecho a todo ciudadano de realizar actividades políticas y a competir por el acceso a cargos públicos electivos (ej. Art. 37-38 CN). Ahora bien, no cabe duda de que a cada derecho corresponde un deber; es más el derecho se justifica en la necesidad de poder cumplir un deber. Aplicando este criterio al tema que nos ocupa, concluimos que todo miembro de una comunidad debe contribuir con el bien común de la misma, y estar dispuesto no sólo a defenderla con las armas, en caso de agresión externa, sino con los sacrificios y aportes que requiera el mantenimiento del orden y la paz social. De allí la advertencia de Ortega: “El hombre que no se ocupa de la política es un hombre inmoral”; agregando, para evitar otro error, “el hombre que sólo se ocupa de política y todo lo ve políticamente es un majadero”[21].
En esencia, política es la conducta humana que procura el bien común de una sociedad. Para despojar este concepto de falsas acepciones, debemos recurrir a la locución politicidad natural, generada por Aristóteles, para quien la actividad política es un bien, valioso en sí mismo, que tiene naturaleza de fin, no de medio. “En efecto, -como afirma Castaño- más allá de la ingente utilidad que trae al hombre, el bien común político, en tanto bien de amistad, de justicia, y de plenitud humana integral (también corpórea), es un bien cuyo ápice y eje lo constituyen exigencias positivas e imprescriptibles de la naturaleza humana[22].

Gran parte de los problemas y frustraciones del mundo contemporáneo se debe a que, a cambio de obtener que el Estado soluciones nuestros problemas, renunciamos al ejercicio pleno de la libertad. Por eso, la libertad cívica exige la participación activa de los ciudadanos. La participación es el compromiso voluntario y generoso de la persona en los intercambios sociales. Es necesario para la vida comunitaria que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y la función que desempeña. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana. Puede ocurrir, por cierto, que en algunas circunstancias, intervenir en la cosa pública implique avalar una situación injusta. Pero en general, si una proporción considerable de la población, se desentiende de la esfera pública, es difícil que las decisiones gubernamentales sean convenientes a la comunidad.
Abstenerse de toda participación, incluida la simple  emisión del voto cada dos años, implica dejar que el Estado haga –generalmente, de modo defectuoso y oneroso- lo que puede hacer mejor una entidad inferior, mejor preparada para una actividad específica y sometida a un control ciudadano más inmediato; en esto consiste el principio de subsidiariedad ya citado anteriormente.

Santo Tomás sostiene que para la buena constitución es necesario “que todos tengan alguna parte en el ejercicio del poder, pues así se logra mejor la paz del pueblo, y que todos amen esa constitución y la guarden” (S. Th., q. 105, a. 1, resp.). Incluso llega a decir que, si bien “conviene que el gobierno sea de uno, para que sea más poderoso”; “si se inclinare a la injusticia conviene que sea de muchos, para que sea más débil y que unos y otros se impidan; de donde nace que de los gobiernos injustos el más tolerante es la democracia, y el peor la tiranía” (Del gobierno de los príncipes, Libro I, cap. III.).
El rechazo de la actividad política llega al extremo en un autor como Stan Popescu, que considera que: “La política no es una creación divina (…) La filosofía de la política va ligada estrechamente a la teología del infierno”[23].

Estas actitudes han originado incluso una corriente de pensamiento, integrada por intelectuales serios que consideran inmoral participar en política mientras rija el sistema vigente; concretamente, cuestionan el ejercicio del voto en un sistema de sufragio universal, y que los partidos políticos posean el monopolio de la representación ciudadana.
En el plano de las ideas, es lícito preferir otro sistema, pero cuando de hecho queda uno  constituido legalmente, su aceptación es obligatoria, sin perjuicio de procurar su modificación. En el sistema vigente en la Argentina, existen aspectos defectuosos, que en este momento el Congreso procura mejorar. Además, existen otras acciones políticas en las que el ciudadano puede participar, ya sea para defender sus derechos o demandar a las autoridades: 1) declaraciones y manifestaciones públicas; 2) petitorios a las autoridades; 3) audiencias públicas; 4) iniciativa popular; 5) recursos de amparo; 6) asociaciones de consumidores y de usuarios; 7) elaboración y propuesta de proyectos y políticas públicas; 8) revocatoria de mandatos.

Habiendo tratado de describir la difícil realidad, así como las confusiones teóricas, es necesario destacar que no se puede equiparar la política con la magia, creyendo entonces que hasta una actitud decidida para solucionar los problemas. La política es una constante opción entre dificultades. Precisamente, en la actualidad parece imposible la actividad política honesta sin aplicar la doctrina del mal menor, definida por Santo Tomás: “Cuando es forzoso escoger entre dos cosas, que en cada una de ellas hay peligro, aquélla se debe elegir de que menos mal se sigue”[24]. Paradójicamente, cuando más necesaria resulta esta doctrina, es cuando más está cuestionada como una defección de lo correcto. Algunos proponen utilizar como fórmula alternativa la de bien posible. En el enfoque aristotélico, “lo posible es aquello que los individuos pueden hacer y depende de su responsabilidad”, aunque siempre respetando los fines de la comunidad[25]. Pero, ocurre que en el mundo moderno, hay una ampliación constante del área de lo posible, que altera el sentido de los fines. Se ha dicho, por ejemplo, que: “Al leer a Marx se tiene la impresión de que su pensamiento estaba guiado por los dos principios siguientes: todo aquello que es deseable es ipso facto posible y todo lo que es posible y deseable es ipso facto necesario. De esto se deduce una tendencia permanente al utopismo”[26].

Aunque resulte curioso, quienes están en las antípodas de una tendencia revolucionaria, apelan con frecuencia a la utopía como excusa para evitar el esfuerzo concreto de mejorar la realidad, conformándose con soñar en un mundo futuro. De esta manera eluden la propia responsabilidad, contribuyendo a que la situación existente se mantenga. Por eso, parece adecuada la expresión eutanasia de la polis, que se produce por la negativa a intervenir, considerando que nada puede hacerse para salvar la vida de una comunidad[27]. Desechan el consejo de Tomás Moro: “Si no conseguís todo el bien que os proponéis, vuestros esfuerzos disminuirán por lo menos la intensidad del mal”[28].
Debemos retomar, entonces, el concepto de bien común posible, partiendo de la base de que, confrontada con la utopía, siempre la realidad política nos resultará imperfecta. El profesor Tale nos orienta, al mencionar el bien común optimal, como “el mejor bien común que puede ser logrado en una comunidad política concreta, en las circunstancias históricas y geográficas presentes en ella”[29].

Es habitual quejarse de los malos dirigentes políticos, pero como señala agudamente Ernesto Palacio, el pueblo busca intuitivamente dirigentes que puedan conducirlo. De modo que no es cierto que el pueblo rechace deliberadamente a los mejores, por preferir la demagogia y el populismo. Si no elige a los más capaces y patriotas, es sencillamente porque dichos dirigentes no existen. Un estamento dirigente está integrado por aquellos ciudadanos “que no sólo pueden legalmente llegar a las magistraturas, sino que, por el influjo de que gozan y sus condiciones de preparación y experiencia, están realmente en condiciones de asumirlas y desempeñarlas benéficamente”[30].

Entonces, en conclusión, si como afirma Aristóteles, es “imposible que esté bien ordenada una ciudad que no esté gobernada por los mejores sino por los malos”[31], resulta imprescindible la participación activa de los ciudadanos para procurar que accedan al gobierno los más aptos y honestos dispuestos a desempeñar las funciones públicas.


Córdoba, Agosto 27 de 2016.-

Ponencia presentada al Congreso Nacional de Filosofía, a celebrarse los días 22-24-9-2016, La Falda. Organizado por la Sociedad Argentina de Filosofía.








Bibliografía consultada
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Aristóteles. “Política”; Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1983.
Ayuso, Miguel. “La política, oficio del alma”; Buenos Aires, Ediciones Nueva Hispanidad, 2007.
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Brie, Roberto. “El ser nacional: visión de un filósofo”; revista Verbo, N° 166, setiembre 1976.
Cansino, César. “La muerte de la ciencia política”; Buenos Aires, Sudamericana, 2008.
Casares, Tomás. “Conocimiento, política y moral”; Buenos Aires, editorial Docencia, 1981.
Castaño, Sergio Raúl. “Defensa de la política”; Buenos Aires, Editorial Ábaco de Rodolfo Depalma, 2003.
Coicaud, Jean-Marc. “Legitimidad y política. Contribución al estudio del derecho y de la responsabilidad política”; Rosario, Homo Sapiens Ediciones, 2000.
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Irazusta, Julio. “La política, cenicienta del espíritu”; Buenos Aires, Ediciones Dictio, 1977, ps. 10 y 11.

Jouvenel, Bertrand de. “El poder”; Madrid, Editora Nacional, 1974.

Lamas, Félix Adolfo. “La concordia política (vínculo unitivo del Estado y parte de la justicia concreta)”; Buenos Aires, Abeledo-Perrot, 1975.
Meinvielle, Julio. “Concepción católica de la política”; Buenos Aires, Ediciones Dictio, 1974, ps. 36/39.

Messner, Johannes. “Ética social, política y económica. A la luz del  derecho natural”, Madrid, Rialp, 1967.

Moro, Tomás. “Utopía”; Buenos Aires, Sopena Argentina, 1944.

Palacio, Ernesto. “Teoría del Estado”; Buenos Aires, Eudeba, 1973.

Popescu, Stan. “Psicología de la política”; Buenos Aires, Euthymia, 1991.

Sacheri, Carlos. “El orden natural”; Buenos Aires, Ediciones del Cruzamante, Quinta edición, 1980.
Sánchez Sorondo, Marcelo. “La clase dirigente y la crisis del régimen”; Buenos Aires, ADSUM, 1941.
Strauss, Leo. “¿Qué es filosofía política?”; Madrid, Ediciones Guadarrama, 1970.
Sturzo, Luigi. “Leyes internas de la sociedad. Una nueva sociología”; Buenos Aires, Editorial Difusión, 1946.
Vallet de Goytisolo, Juan. “Tres ensayos. Cuerpos intermedios. Representación política. Principio de subsidiariedad”; Madrid, Speiro, 1981.
Widow, Juan Antonio. “El hombre, animal político”; Buenos Aires, Editorial Nueva Hispanidad, 2007.







[1] Irazusta, Julio. “La política…”, 1977, ps. 10 y 11.
[2] Cansino, César. “La muerte…”; 2008, p. 205.
[3] Sturzo, Luigi. “Leyes internas…; 1946, p. 22.
[4] Messner,   Johannes. “Ëtica social…; 1967,  p. 155.
[5] Strauss, Leo. “Que es…”; 1970, p. 110.
[6] Messner, op. cit., p. 188.
[7] Widow, Juan Antonio; “El hombre…”; 2007, ps. 159-162.
[8] Aristóteles. “Política”; 1983, p. 4.
[9] Meinvielle, Julio. “Concepción católica …”;  1974, ps. 36/39.

[10] Brie, Roberto. “El ser nacional…”; revista Verbo, N° 166, setiembre 1976, ps. 25-26.
[11] Lamas, Félix. “La concordia…”: 1975, p. 25-26, y 205.
[12] Widow, op. cit., ps. 98-109, 159-162.
[13] Casares, Tomás. “Conocimiento…”; Buenos Aires, 1983, p. 54.
[14] Ayuso, Miguel. “La cabeza de la Gorgona…”; 2001, ps. 12, 40-43.
[15] Guardini, Romano. “El poder”; 1963, ps. 25-28.
[16] Cit. por: Vallet de Goytisolo, Juan. “Cuerpos intermedios…”; 1981, p. 32.
[17] Sánchez Sorondo, Marcelo. “La clase dirigente…”; 1941, ps. 37-38.
[18] Widow, op. cit., p. 103.
[19] Cit. por: Jouvenel, Bertrand de. “El poder”; 1974, p. 11.
[20] Jouvenel, op. cit., p. 323.
[21] Cit. por: Ayuso, “La política…”; 2007, p. 50.
[22] Castaño, Sergio Raúl. “Defensa…”; 2003, ps. 30 y 33.
[23] Popescu, Stan. “Psicología…”; 1991, p. 74.
[24] “Del gobierno de los príncipes”; Libro I, cap. V.
[25] Coicaud, Jean-Marc. “Legitimidad…”; 2000, p. 218.
[26] Cit. por Coicaud, op. cit., p. 219.

[27] InfoCaótica, 17-8-1916.
[28] Utopía, 1944, p. 64.
[29] InfoCaótica, 12-8-2016.
[30] Palacio, Ernesto. “Teoría…”; 1973, p. 77.
[31] Aristóteles, op. cit., Libro VI, I, p. 182.

martes, 9 de agosto de 2016

FORMACIÓN



COFRADÍA DEL ROSARIO
-FORMACIÓN-


CURSO DE DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Semipresencial

  • El curso está basado en el “Sumario de Doctrina Social” que se encuentra en Internet.

  • Los cursantes leerán los módulos, en el orden que se indicará.

  • Desde el 3 de setiembre, se harán tres reuniones presenciales, el primer sábado del mes, de 10 a 11,30 hs., en el Centro Apostólico Santo Domingo.

  • Coordinador: Dr. Mario Meneghini

  • Este curso será gratuito y podrá ser realizado por cualquier persona interesada, previa inscripción.
 Consultas e inscripción: guardiadehonor@gmail.com

lunes, 11 de julio de 2016

SAN MARTÍN Y LA INDEPENDENCIA *



En estas fechas suelen aparecer comentarios que confunden y crean dudas sobre nuestro pasado, por eso, no está demás hacer una breve reflexión basada en las fuentes históricas confiables.

Hace pocos días se publicó un artículo periodístico en el que se afirmó que: los próceres argentinos se guiaron por: el iluminismo, la Revolución Francesa y el Contrato Social de Rousseau[1]; nada más alejado de la verdad histórica.
El congreso de Tucuman comenzó el 24 de marzo de 1816, con una misa del Espiritu Santo celebrada en San Francisco, y el juramento de los diputados, que por Dios nuestro Señor, se comprometían, entre otras cosas, a defender la religión católica, apostólica y romana. El 10 de julio, otra misa de acción de gracias en San Francisco, con oración patriótica de Castro Barros.

En realidad, la guerra de la independencia fue una guerra civil, entre dos concepciones. Por eso, en los dos bandos enfrentados hubo españoles, y  el ejército realista que enfrentó en el norte a los patriotas del Río de la Plata, estuvo integrado en un 90 % por criollos e indios.

Los reyes borbónicos se habían apartado de la tradición hispánica; influidos por el racionalismo, aplicaban el llamado despotismo ilustrado. Desde el Pacto de Familia de 1761, España dejó de interesarse en América. Además, Napoleón quiebra la unidad imperial, y los americanos temían ser negociados por la Junta Central.

San Martín peleó contra el invasor francés, pero no se ilusionaba con la victoria de Bailen. Napoleón entró con 250.000 hombres y repuso en el trono a su hermano José. Suponiendo que triunfara España con ayuda de Inglaterra, sería la victoria de unos reyes ineptos; a las miserias de la Corte borbónica,  Napoleón las resumía así: la madre era adúltera, el padre consentido, el hijo traidor. Por eso, decidió combatir por la independencia y salvar la verdadera España, en América.

No fue una decisión personal, sino compartida por muchos nativos de este continente que vivían en España. Lo explica San Martín: “En una reunión de americanos en Cádiz, resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha (carta a Castilla, 11-9-1848).

Con respecto al sistema de gobierno, tuvo una posición pragmática, no tenía predilección por ningún sistema teórico. En ocasión del Congreso de Tucumán, dijo que sea cualquiera con tal que no vaya contra la religión, es decir que no sea malo en sí mismo. Tuvo en una primera etapa simpatía por la república, dada la experiencia de la corte española, pero en América, siempre postuló la monarquía, desde que llegó hasta que se fue. También lo hizo en Chile y en Perú.

De lo que no tenía dudas es de la necesidad imperiosa de proclamar la independencia, sobre lo cual insistía en sus cartas al representante de San Juan, Godoy Cruz. No todos compartían esa visión. Alvear, siendo Director, en 1815, escribió dos pliegos a las autoridades británicas, que se conservan en el Archivo Nacional, afirmando que estas provincias desean pertenecer a Gran Bretaña. Cuando se concreta la declaración, el 9 de julio, no queda satisfecho el general pues conocía las gestiones que se realizaban para subordinar este territorio a Inglaterra o a Portugal, y el acta solo se refería a Fernando VII, sus sucesores y metrópoli. Por eso siguió presionando hasta que el 19 en reunión secreta, presidida por Medrano, se agregó: y de toda otra dominación extranjera.

La propuesta de Belgrano de coronar a un descendiente de los incas, formulada en sesión especial el día 6 de julio, ha motivado algunas dudas. Algunos han creído identificar al candidato en Dionisio Inca Yupanqui, educado en el Seminario de Nobles de Madrid, que llegó a ser Coronel de Dragones en el Ejército español. Por cierto que la conjetura es un recurso válido en la investigación histórica, siempre que haya alguna evidencia concreta, que este caso no existe. 
En cambio, se conoce bien la existencia de Juan Bautista Tupac Amaru, hermano menor de Gabriel Tupac Amaru, que encabezó la última rebelión indígena contra los españoles, y que fue cruelmente ajusticiado junta a toda su familia. El único que sobrevivió fue Juan Bautista, pues fue confundido con un reo común, pero mantenido en prisión muchos años en distintas cárceles, hasta llegar a Ceuta, en África. Allí lo encontró un sacerdote peruano, el P. Durán, quien  lo ayudó a obtener la libertad y lo embarcó rumbo a Buenos Aires, a donde llegó en 1812.

Las autoridades le concedieron una pensión, y le encargaron que escribiera sus memorias que fueron publicadas en 1824, en la Imprenta de Niños Expósitos. Este curioso personaje falleció a los 88  años, y fue enterrado en el cementerio de la Recoleta. Consta en las memorias que conoció a San Martín y Belgrano, de modo que la propuesta del prócer mencionado no fue una fantasía romántica, como creyeron algunos. Mitre, por ejemplo en su biografía del creador de la bandera, lo critica duramente por estas ideas. Sin embargo, era opinión general que habiendo reasumido su trono Fernando, y constituida la Santa Alianza, no había seguridad de que fuese aceptado un gobierno republicano. 
De allí que promover una monarquía constitucional, encabezada por un descendiente de los incas, era una idea sensata, y por eso la apoyó San Martín; sabemos lo que costó en luchas fratricidas, optar por otra forma institucional.

En la actualidad, sólo podrán sobrevivir como pueblos con identidad propia, aquellos que se afiancen en sus propias raíces, descartando los cantos de sirena de modas y costumbres ajenas, que se impulsan en el mundo globalizado. El alejamiento de Gran Bretaña de la Unión Europea, debería ayudarnos a meditar sobre los riesgos de un multiculturalismo que arrasa con las tradiciones para imponer con más facilidad los intereses de grupos de poder concentrados.


*Discurso en el Club de las Fuerzas Armadas Córdoba, el 9-7-2016, con motivo de celebrarse el Bicentenario de la Independencia.





[1] “Francia, en el origen de nuestra independencia”; La Nación, 22-6-2016.

martes, 14 de junio de 2016

LINIERS

 SU TRÁGICO FIN EN CÓRDOBA (*)




Resumen:
La muerte de Liniers constituye un triste episodio de la historia de la patria. Consideramos a este antepasado, un héroe cristiano, que contribuyó a la consolidación de la nación Argentina. Se repasan las circunstancias en que vivió y la forma en que murió, siempre consecuente con su sentido del deber y de la disciplina. Se analizan varios antecedentes que confirman su cosmovisión católica, y la complejidad de las decisiones políticas en tiempos de cambio del régimen de gobierno.



I.Introducción
En el marco de este Congreso, nos parece oportuno recordar a Santiago de Liniers, a quien podemos considerar un héroe cristiano, y cuya actuación fue decisiva para la configuración de la nación Argentina. Su relación con la patria, resulta evidente; se ha dicho incluso que: “sin la fe de su alma, sin la entereza de su carácter, a esta hora hablaríamos inglés en vez de español”[1]
Explica el Dr. Cresto que los vecinos de Buenos Aires, “conducidos por un genuino caudillo militar, francés de origen, español por su voluntad, valiente, bondadoso y desprolijo, estaban dando origen a una nación, la nuestra”[2].
Procuraremos sistematizar datos y reflexiones sobre el tema, a modo de modesto homenaje.

Consideramos que, si se toma la expresión nación argentina en su sentido sociológico -como conjunto de personas que conviven en un mismo territorio, poseen características comunes y manifiestan el deseo de continuar viviendo juntas- ya existía antes del 25 de mayo[3]. A partir del 29 de junio de 1550, con la fundación de la ciudad de Barco -actual Santiago del Estero- comienza la lenta formación de nuestra nación. Consideramos que en ocasión de las invasiones inglesas, quedó en evidencia que la Argentina, como nación, estaba ya consolidada. Apuntemos al respecto varios elementos.

1º) Existía ya en el territorio del Virreinato del Río de la Plata, mayoría de criollos, algunos de los cuales, como Saavedra y Belgrano -integrantes de la primera Junta-, desempeñaban funciones públicas de importancia.
2º) Existía, como lo afirma el sociólogo Guillermo Terrera, una cultura criolla argentina que, para 1750, tenía características propias y definidas[4].
3º) No existían tropas profesionales en número suficiente, para repeler el ataque extranjero, de modo que la resistencia estuvo a cargo de las milicias criollas y de los vecinos que se sumaron voluntariamente a la lucha. Sería impensable que esto ocurriera en una sociedad cuyos integrantes se conformaran con ser una colonia. Precisamente, la decisión masiva de los criollos de combatir, revela a un pueblo con identidad propia que asume la defensa de su tierra, pese a la ausencia del Virrey Sobre Monte, que se había replegado a Córdoba.

Por lo señalado, si queremos fijar en una fecha la vigencia plena de la nacionalidad argentina, la que corresponde es la del 12 de agosto de 1806, cuando se produce la Reconquista de Buenos Aires, cuya conducción estuvo a cargo, precisamente, de Liniers.
Con respecto a definirlo como un héroe cristiano, recordemos que fue miembro de la tercera orden Dominica desde 1790[5], y como afirma el P. Saguier: “los mismos documentos y crónicas consultados nos muestran que el sólido fundamento de su integridad estaba en su sincero espíritu religioso”[6]. Por eso no resulta llamativo que, cuando ocurre la invasión inglesa de 1806, y mientras estuvo rezando en la Catedral de Buenos Aires, hiciera el propósito de consagrarse a la reconquista de la ciudad. Esa iniciativa se convierte en voto solemne, el 1 de julio, en la Iglesia de Santo Domingo, ante el altar de la Virgen del Rosario, ofreciéndole las banderas que tomase a los ingleses; así consta en el libro de actas con fecha 25 de agosto de 1806[7].

Su concepción de la vida, de profunda raíz cristiana, se refleja en la arenga a las tropas, antes del combate:
       Si llegamos a vencer, como lo espero, (a) los enemigos de la patria, acordaos, soldados, que los vínculos de la nación española son de reñir con intrepidez, como triunfar con humanidad: el enemigo y vencido es nuestro hermano, y la religión y la generosidad de todo buen español le hace como tan natural estos principios, que tendrán rubor de encarecerlos[8].

El Virrey, luego de la reconquista de Buenos Aires, cumplió su promesa entregando al convento dominico de esa ciudad, cuatro de las banderas tomadas a los ingleses, dos del regimiento 71 y dos de marina. El 24 de agosto en una solemne celebración, la más fastuosa de las que ha sido espectador el pueblo de Buenos Aires, con la concurrencia de la Real Audiencia y el Cabildo, entregó al prior de Santo Domingo las banderas para que fueran colocadas en las cuatro ochavas de la cornisa o media naranja del altar mayor, habiendo predicado fray Ignacio Grela. El orador destacó que junto con Liniers los diferentes cuerpos rendían a la misma Soberana sus corazones, sus armas, sus triunfos[9].
También el reconquistador decide obsequiar otras dos banderas inglesas al convento de Córdoba para que sirvan de trofeos a la augusta Madre de Dios Nuestra Sra. del Rosario, en reconocimiento de la protección recibida. Las remitió el 27 de julio a su apoderado Letamendi, aunque, por haberse extraviado el oficio con que se las remitía, recién fueron recibidas oficialmente por la Cofradía del Rosario el 19 de setiembre, según consta en el acta respectiva[10], reproducida parcialmente en Anexo I. Ellas están en el camarín de la Virgen de la Basílica de Santo Domingo; una de ellas es naval, con el Jack azul en la esquina, y la otra roja, con la cruz de San Andrés en el centro y dos cráneos de seda negra. Según una nota del Coronel Juan Beverina, el primer paño medía 4,40 metros de largo por 2,50 de ancho, y el segundo, 2,10 metros de largo por 1,90 de ancho[11].

El Virrey entregó además su bastón de mando. Este elemento es de carey, muy fino y con empuñadura de plata. Se lo utiliza para la fiesta de la Virgen en el mes de octubre cuando sale en procesión por las calles de Córdoba[12]. El resto del año permanece guardado. Con respecto al bastón, existe una leyenda que relata que al pasar por la ciudad de Córdoba, al enfrentar el atrio de Santo Domingo, Liniers obtuvo permiso del jefe de la escolta para ingresar al templo. Allí, depositó su bastón de Virrey, en manos de la Virgen, como recuerdo al pueblo cordobés. Aclara el P. Bruno que, en realidad, no volvieron los prisioneros por la ciudad; pasaron por el lugar de los Ranchos, distante 20 leguas de Córdoba[13].

No ha quedado documentado el modo y la fecha en que dicho bastón llegó al Convento, aunque en la Crónica Histórica Argentina, se indica, al pié de una imagen de la Virgen del Rosario del Milagro, que el Virrey se lo ofrendó el 24 de octubre de 1809. No se indica la fuente, pero como el asesor de dicha colección fue el profesor Pérez Amuchástegui, el dato merece ser tenido en cuenta.
Para el 23 de setiembre de 1807 se estableció que Córdoba celebraría la victoria de los criollos en el templo de Santo Domingo; después del Evangelio, el Deán Funes pronunció la homilía desde el púlpito, incluyendo un panegírico de Liniers:

       si la sabia Providencia distribuye sus dones entre los hombres según los altos fines a que los destina, es preciso confesar que empieza a verse su mano dotando al bravo reconquistador con todas las cualidades de héroe (…)  ved aquí, señores, el retrato del hombre, que destinó el cielo para oponerlo a las empresas atrevidas del poder británico en esta parte del globo[14].

II. Comienza el drama

Liniers fue separado de su cargo de Virrey el día 11 de febrero de l809, asumiendo en su reemplazo Baltasar Hidalgo de Cisneros, el 20 de julio. Podría haber evitado el desplazamiento, que era, en gran medida, resultado de intrigas y desconfianzas infundadas por su origen francés, pues los jefes militares lo apoyaban y gran parte del pueblo también. Primó su acendrado sentido del deber y de la disciplina. “Renunció a ser el conductor de un pueblo cuya adoración iba hasta el delirio, de manera extraña, como si el alma colectiva hubiese captado de improviso en toda su magnitud lo más íntimo de aquella personalidad. Al olfato de la multitud no pasan inadvertidas ciertas cualidades.” [15]
El ex Virrey debía regresar a España para rendir cuentas de su gobierno; luego de varias gestiones para evitarlo obtuvo de parte del Virrey la suspensión temporal del traslado, permitiéndole que se retire a Mendoza o a cualquier otro pueblo del interior. El 14 de agosto Cisneros le intimó a que viajara a Mendoza sin demora, lugar al que nunca llegó, prefiriendo quedarse en Córdoba.

III. Su vida en Córdoba
A los 56 años, cuando le restaba sólo uno de vida, don Santiago estaba en la ciudad mediterránea; las primeras cartas enviadas desde esta ciudad son de setiembre de 1809. El destino quiso que se afincara en una estancia de Alta Gracia, donde estuvieron detenidos algunos ingleses luego de ser vencidos por él mismo; este lugar lo adquirió el 3 de febrero de 1810, de su anterior propietario Victorino Rodríguez, quien luego sería uno de sus compañeros de infortunio. El padre de Victorino, don José, había comprado la estancia en un remate de la Junta de Temporalidades. El objetivo de Liniers de instalarse en dicho lugar,  era lograr allí el mantenimiento de su numerosa familia de una manera honorable y apacible: “que más puede desear el navegante que un puerto después de la tempestad”[16]. Esta casa hoy lleva su nombre y fue declarada en el año 2000 Patrimonio de la Humanidad.

 La ciudad de Córdoba, hacia fines del siglo XVIII, había cambiado su régimen político y administrativo con la creación de las Intendencias. Antes del arribo del nuevo gobernador intendente, el marqués de Sobremonte, su prestigio lo precedía, por su gestión como secretario del Virrey Vértiz.  La ciudad se convertía en capital en reemplazo de Salta[17]; Sobremonte es el  principal artífice de su transformación de aldea en ciudad: consigue el empedrado y arbolado de sus calles de tierra; termina las obras del Cabildo y de las defensas de la Cañada; perfecciona el alumbrado público; edifica el paseo que hoy lleva su nombre y el estanque central que servirá para regadío, inaugurando asimismo el primer sistema de aguas corrientes. 

Además, este gran calumniado, cumplió un rol en las invasiones inglesas que facilitó la posterior actuación de Liniers. En efecto, aunque haya sido duramente criticado porque, siendo el Virrey, decidió replegarse a Córdoba, evitó así la triste actitud de muchos funcionarios –con excepción de Belgrano y Liniers- de jurar fidelidad al rey de Inglaterra, lo que hubiera impedido cualquier intento de resistencia. El 11 de julio, declara a Córdoba Capital del Virreinato, y preparó en sólo 20 días un ejército de 3.000 hombres, que no alcanzó a luchar en Buenos Aires, pero sí lo hizo en Montevideo. Esa tropa era comandada por Santiago de Allende, otro de los fusilados con Liniers.
A menudo se omite relatar que el sumario al que se sometió Sobre Monte en España culminó con su absolución, siendo ascendido a Mariscal de Campo y recibiendo la condecoración de Gran Cruz de San Hermenegildo, que se otorgaba únicamente a quienes se destacaban por su valor y servicios[18].

Una vinculación curiosa tuvo Liniers con la Universidad de Córdoba[19], desde que, al asumir su cargo de Virrey en 1807, tuvo como una de sus atribuciones el vicepatronato de la misma por delegación del Rey de España a los virreyes. Un tema que estaba pendiente era la aplicación efectiva de la Real Cédula de 1-12-1800, suscripta por Carlos IV, que disponía separar a los franciscanos del gobierno universitario para ser entregado al clero secular.  La conducción de la universidad, desde la expulsión de los jesuitas, había provocado una separación en dos bandos.  Los hermanos Funes pugnaban por alcanzar el gobierno de la casa de estudios para el clero, confrontando con los franciscanos que contaban con el apoyo de Sobre Monte[20].
A raíz de la expulsión de la Compañía de Jesús, en 1767, fue prohibida, por Cédula Real del año siguiente, la difusión de la doctrina de sus maestros. Por ejemplo, en la Universidad de Córdoba, donde la enseñanza quedó a cargo de los franciscanos, éstos “rectificaron lo que se llamaba doctrina jesuítica, sobre todo en lo que se refiere a la Teoría del Poder”. Hasta se incluyó en el juramento de los doctores, esta curiosa frase: “juro también, que yo detesto y detestaré mientras viva...la doctrina acerca del Tiranicidio...”[21].

Con fecha 29 de noviembre de ese año ordenó el Virrey que se aplicara dicha resolución disponiendo con la fórmula de rigor: guárdese, cúmplase y ejecútese inmediatamente. Este hecho contribuyó al ambiente favorable hacia Liniers en Córdoba y al apoyo a su actitud ante el nuevo gobierno.
Estando ya radicado en la provincia, tuvo oportunidad de participar en un acto de la universidad, en diciembre de 1809, en que se tomaron exámenes de matemáticas. Uno de los estudiantes, que competían por algunos premios asignados, era su hijo, José Atanasio Liniers. El primer premio, que era un anteojo de largavista, donado por el ex virrey, fue ganado por el estudiante José María Paz, el futuro general.

IV. Ante la revolución de mayo
A los pocos días del 25 de mayo de 1810, la noticia de lo ocurrido motivó que en Córdoba comenzaran a reunirse personas expectables en la casa del gobernador Gutiérrez de la Concha, para analizar la situación; en dichas reuniones prevaleció la decisión de resistir a las nuevas autoridades; el prestigio de Liniers influyó en la misma, pese a la opinión contraria del Deán Funes. Este grupo de notables, orientó tanto al gobierno como al Cabildo, donde la mayoría pertenecía al sector sobremontista. La comunicación formal de lo sucedido en Buenos Aires, llegó a Córdoba el 4 de junio, notificando el envío de una expedición destinada a hacer conservar el orden. En la reunión convocada por el gobernador, los asistentes se manifestaron por el rechazo de las nuevas autoridades, excepto el Deán Funes quien alegó: “No son las leyes ni los derechos los que deben salvar esta República, sino las fuerzas reales”[22].

Varios amigos intentaron convencer a Liniers que desistiera de enfrentarse con las nuevas autoridades. Conviene recordar que este oficial, aunque francés de nacimiento, ingresó al servicio del Rey de España, cuando las casas reales de Francia y España, se hallaban unidas por los llamados Pactos de Familia. A su suegro, Martín de Sarratea, le explicó por qué no podía permanecer neutral:

      ¿Cómo yo un general, un oficial quien en treinta y seis años he acreditado mi fidelidad y amor al soberano, quisiera Ud. que en el último tercio de mi vida me cubriese de ignominia quedando indiferente en una causa que es la de mi Rey, que por esta infidencia dejase a mis hijos un nombre que hasta el presente intachable con la nota de traidor? (…) el que nutre a las aves, a los reptiles, a las fieras y a los insectos proveerá a la subsistencia de mis hijos, los que podrán presentarse en todas partes sin avergonzarse de deber la vida a un padre que fuese capaz por ningún título de quebrantar los sagrados vínculos del honor, de la lealtad y del patriotismo, y que si no le deja caudal, les deja a lo menos un buen nombre y buenos ejemplos que imitar.[23]

La decisión de las autoridades cordobesas motivaron, aparentemente, que los 500 efectivos que se había dispuesto enviar se incrementaran a 1.150, al mando del general Francisco Ortiz de Ocampo, cuyas instrucciones originales consistían en llevar detenidos a los jefes rebeldes hasta Buenos Aires.  La posterior decisión de la Junta fue drástica: “que sean arcabuceados … en el momento que todos o cada uno de ellos sean pillados, sean cuales fueren las circunstancias se ejecutará esta resolución sin dar lugar a minutos que proporcionasen ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden”[24]

Afirma José María Rosa que esta fue la primera manifestación de la política de lograr la revolución por la fuerza y no por el apoyo popular, tendencia expresada en el Plano (o plan) de operaciones que el gobierno provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata debe poner en práctica para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia, cuya redacción fue encargada a Moreno, el 18 de julio; en efecto, el día 28 convenció a los demás miembros de la Junta el fusilamiento de Liniers. El  decreto fue firmado por todos, excepto por Alberti, quien además se retiró de la sesión;  Saavedra y Belgrano se opusieron. Se cree que Larrea logró que se excluyera del fusilamiento al obispo Orellana.

Cuesta entender, dice el P. Furlong, “que hombres que decían sostener los derechos de Fernando VII fusilaran a otros precisamente porque sostenían los derechos de Fernando VII”[25]. Destaca, asimismo, Ortega la paradoja de que “los abogados –Moreno y Castelli- factores decisivos en la ejecución de Liniers, no procedieron en tal emergencia de acuerdo a derecho, pues aquél fue fusilado sin formación de causa ni sentencia legal”[26]. Algo parecido afirma Vicente Sierra: “Es indudable que la Junta se arrogó funciones judiciales que ningún funcionario del antiguo régimen tenía, al condenar sin forma alguna de juicio previo”[27].

El 27 de julio, Liniers de común acuerdo con Gutiérrez de la Concha, el coronel Santiago Alejo de Allende, el doctor Victorino Rodríguez, el tesorero de la Real Hacienda, Joaquín Moreno y el Obispo Dr. Antonio de Orellana, ante la continua deserción de los casi 1.000 hombres que habían logrado reunir –quedándoles en ese momento unos 400- resolvieron marchar al Perú, para reunirse con las tropas que debía enviarles el gobernador de Potosí. El día 31 salieron las tropas de la ciudad de Córdoba, en donde ingresa el general Ortiz de Ocampo los primeros días de agosto, destacando al Teniente Coronel Antonio Balcarce para perseguir a los prófugos. Se ha señalado que la importancia de Córdoba, en lo cultural y religioso, no bastó para compensar la escasez de tropas y equipos, lo que “en definitiva, sellaron la suerte del héroe de la Reconquista”[28].

Ocampo solicita al Cabildo un empréstito de 12.000 pesos, y que convoque para el día 16 a la parte más sana y principal de este vecindario para elegir un diputado ante la Junta Gubernativa. Al cabildo abierto respectivo asistió el coronel Juan Martín de Pueyrredón, que acababa de asumir como Gobernador interino, por designación de la junta. Fue elegido el Deán de la Catedral, Dr. Gregorio Funes.
Ante esta situación, habiendo llegado el contingente a la parroquia de Arroyo Seco el 4 de agosto, con sus efectivos reducidos, decidieron continuar la marcha hacia Potosí divididos en tres grupos, dejando a los oficiales y tropa que les restaban en libertad, permaneciendo unos pocos que no quisieron abandonarlos.

Liniers continuó la marcha con su ayudante don Melchor Lavin y su capellán el canónico Gregorio Tadeo Llanos, quien ya lo había acompañado en la reconquista de Buenos Aires y tres esclavos. Al día siguiente de la separación de los jefes de las fuerzas de Córdoba, llegó al lugar el destacamento comendado por Balcarce, que averiguó por donde habían marchado y envió tres partidas en su seguimiento, disponiendo un punto de reunión luego de que alcanzaran y detuvieran a los perseguidos. El día 5 a la medianoche, Liniers y sus acompañantes fueron encontrados durmiendo en una choza, siendo detenidos por una partida que mandaba el teniente José María Urien, joven de mala conducta que los trató en forma grosera y desvalijó sus pertenencias. La partida que perseguía al obispo, al mando del oficial Manuel Rojas, lo encontró en la casa del cura Allende. Los cuatro restantes –Concha, Allende, Rodríguez y Moreno- viajaron juntos hasta Ambargasta, donde los encontró la partida que dirigía el teniente Domingo Albariño.

Al saberse en Córdoba que los detenidos pasarían por el lugar de los Ranchos distante 20 leguas de la ciudad, el teniente coronel Manuel Derqui, secretario del gobernador Concha, obtuvo permiso del general Ocampo para llevar una carretilla con provisiones y ropa proporcionada por las esposas y familiares de los presos, entregando todo cuando llegaron al destino fijado, el dia 10. Allí permanecieron hasta el 19 en que los prisioneros y sus custodios continuaron viaje a Buenos Aires. Urien fue relevado, a pedido de la tropa, y lo reemplazó el capitán de Dragones Manuel Garayo, quien les dispensó un trato decoroso. Continuaron el viaje hasta la posta de Gutiérrez, donde arribaron el día 25.
Antes de llegar a Córdoba, Ocampo había recibido la resolución que se dictara contra los rebeldes, considerándola impolítica la somete a consideración de la junta de comisión integrada por él y Vieytes, al no haberse incorporado aún Chiclana; decidieron no aplicarla y enviar los prisioneros a Buenos Aires.

Se ha sostenido que el prestigio que mantenía Liniers hizo que se tomara esta drástica decisión. Si se resolvía que fuera embarcado y trasladado a España, como a Cisneros, implicaba el riesgo de que continuara actuando desde Montevideo. La prisión en Buenos Aires, tampoco estaba exenta de riesgos, pues las tropas podrían liberarlo[29].
Se produjo, sin embargo, lo que se temía, surgieron gestiones apoyadas por los mismos hermanos Funes para suspender la sentencia. No obstante, la Junta recriminó a Ocampo la demora en concretar la sentencia, excluyendo únicamente de la pena de muerte al Obispo, dada su investidura.  El doctor Juan José Castelli designado para reemplazar a Ocampo, arribó a Cruz Alta, el 26 de agosto.  Disponía de un pelotón de cincuenta fusileros, todos ellos ingleses que había quedado después de las invasiones, detalle también previsto por Moreno para evitar eventuales escenas de patetismo por parte de la tropa. Se dirigió el contingente al monte llamado de los Papagayos o Chañarcito de los Loros, a dos leguas de la posta Cabeza de Tigre.

V. El fusilamiento

Castelli hizo la notificación a los condenados de que la ejecución se cumpliría de inmediato; concediéndoles cuatro horas para prepararse.  Liniers pidió al obispo que le sacara el rosario, con el que rezó  preparándose para la confesión.
A las tres de la tarde, se formó el pelotón dirigido por Balcarce; luego de la descarga, Liniers y Gutiérrez quedaron sólo heridos, correspondiéndole al coronel French ultimarlos con revólver; era el mismo oficial que unas semanas antes estuvo repartiendo escarapelas frente al Cabildo. Poco después fueron sepultados en una zanja en Cruz Alta, junto a la iglesia, de donde al día siguiente los retiró el teniente de cura de la Parroquia para darles cristiana sepultura, permaneciendo allí hasta 1861 en que, por orden del gobierno de la Confederación, se los exhumó y fueron remitidos las cenizas a la ciudad de Paraná, a donde llegaron, confundidas en una urna, el 17 de abril (Anexo II).

La Legislatura de Córdoba, por Ley N° 9.777 del 21-4-2010, declaró como Lugares Históricos Provinciales, al paraje Chañarcito de los loros, y al antiguo cementerio de Cruz Alta. En la sesión legislativa se dejó constancia de que cuando se realizaron las excavaciones en el viejo cementerio, fueron encontrados dos botones de oro pertenecientes a la chaqueta de Santiago de Liniers, de la entonces Marina Real Española, que  hoy están  depositados en el Museo y Archivo Histórico de Cruz Alta.

En 1864, los restos del héroe de la Reconquista –y de Gutiérrez de la Concha- fueron trasladados a Cádiz, España, donde fueron sepultados en el Panteón de los Marinos Ilustres de San Carlos[30]. Allí existe un monumento donde figura la siguiente inscripción:
“Aquí reposan las cenizas del Exmo. S.D. Santiago de Liniers Jefe de Escuadra y Virrey que fue de Buenos Aires y del S.D. Juan Gutiérrez de la Concha Brigadier de la Armada y Gobernador Intendente de la Provincia de Córdoba del Tucumán”[31].


VI. La visión de Sor Lucía
No podemos terminar este relato sintético del último tramo de la vida de nuestro héroe, sin mencionar un hecho sorprendente: la visión que tuvo Sor Lucía del Santísimo Sacramento, que en la época y lugar que estamos comentando, “vivía en olor de santidad en el monasterio de las Teresas de Córdoba”[32]. Ésta monja se llamó en el mundo María Lucía Alvarez. En el mismo convento de Carmelitas Descalzas, vivía una hermana de Victorino Rodríguez, Sor Marcelina de los Dolores; tal vez por eso el Dr. Luque Colombres agregó como anexo a su biografía del citado profesor, una parte de las memorias de Sor Lucía. Con el título de Amores de Dios con el alma, la monja escribió su autobiografía, por mandato de su confesor, que obviamente consideró necesario hacer conocer, pese a tratarse de una revelación privada, lo que se refiere a los sucesos de 1810[33].

Comienza la hermana Lucía, relatando la consternación que reinaba en el convento por la presencia en la ciudad de la tropa que había llegado para detener a los que consideraban legítimos funcionarios, respetables por sus virtudes y considerando que la justicia les pertenecía en el conflicto desatado. Procuraba ayudar en la emergencia con la oración continua, rezando en una ermita ubicada en la torre; al cabo de tres días dedicada a este menester, se encontraba en el coro con la comunidad, cuando tuvo una visión a modo de sueño. Pero ella percibía que no se trataba de un sueño, pues ya en el pasado le había ocurrido algo similar. En esta oportunidad, vio que las personas que estaban siendo buscadas habían muerto. Menciona quienes eran: “el Sr. Dn. Santiago Liniers, el Sr. Gobernador Concha, el Sr. Coronel Dn. Santiago Allende, el Sr. Teniente Dn. Victorino Rodríguez, el Sr. Tesorero no se su nombre y apellido…”.

Movida por la compasión, y sabiendo que es Dios quien le notifica este suceso, le dijo que los descendientes de estos señores quedaban huérfanos, recibiendo la respuesta de que Él cuidaría de ellos. Se preocupó también por sus mujeres, destacando que quedarían en situación de riesgo ya que era jóvenes, pero el Señor le aseguró que las guardaría, agregando que los muertos eran mártires. Sor Lucía, sorprendida, preguntó cómo podían ser mártires si no morían por la fe, escuchando que eran mártires de la justicia, así se llamarán pues lo son de verdad.

La hermana quedó con una sensación de paz y de certidumbre con respecto a lo había visto, aprovechó un momento de descanso para comunicar a sus compañeras lo que había visto y escuchado el día 6 de agosto. Ellas consideraron que era un desvarío suyo y que lo relatado, no había ocurrido; sin embargo, el día 26 de dicho mes se supo de la muerte.
En otra comunicación con Dios, le mostró parte de la gloria de que gozaban las almas de los mártires fallecidos, explicándole por qué cada uno se había hecho merecedor de esa corona. De una de esas almas a quien veía con tres coronas, quiso saber la causa, recibiendo como respuesta que una era por la perfección de su vida, otra por la perfección con que había cumplido los cargos que había detentado y que le había confiado su Divina Majestad[34].

VII. A modo de conclusión

Es necesario interrogarnos sobre la causa de fondo que condujo a un acto tan cruel y drástico como el fusilamiento de cinco personalidades ilustres que, no solamente habían prestado valiosos servicios en el pasado, sino que no habían ocasionado ningún daño hasta el momento de la sentencia; sólo pretendían restaurar la autoridad que acababa de deponerse, y que consideraban legítima. Por cierto que al afianzarse un gobierno que se impone de hecho, logrando mantener el orden, alcanza la legitimidad de ejercicio, y puede exigir ser obedecido por la necesidad del bien común[35], pero la autoridad política puede disponer de sanciones incruentas, siempre respetando las formas jurídicas y con derecho a defensa de los imputados.

El trágico fin de nuestro héroe, fue consecuencia, especialmente, del rol que jugó en el primer gobierno patrio Mariano Moreno, donde se desempeñó como Secretario de Gobierno y Guerra. Era un hombre de gabinete, de quienes pretenden que la realidad se adapte a sus ideas, y helado hasta el extremo, según Saavedra.
Sostiene Ernesto Palacio que es falsa la imputación a Moreno de ser un jacobino exaltado, que su ideal era una república moderada, evitando ser un ideólogo revolucionario –a la manera de Castelli- por su ortodoxia católica[36]. Sorprende esta última afirmación, considerando que el P. Bruno que dedicó tres tomos al ocaso cristiano de los próceres[37] no incluyó a Moreno y sí a Castelli, quien no fue un modelo de virtudes evangélicas pero “rindió contrito el alma, con todos los sacramentos de la Iglesia”. Explica este sacerdote, que seleccionó para su obra a las personas “de alguna figuración que sensatamente buscaron y hallaron a Dios en vida o, por lo menos, en el último trance”[38]; por eso incluye a Saavedra, quien procuró un cambio gradual en el régimen político, sin violencias ni choques, no el terror sino la justicia y la razón. “Moreno, por su parte, pretendía un cambio radical e inmediato bajo un régimen de terror, con el ejemplo de la revolución francesa. Este criterio inspiró las ejecuciones de Liniers y sus compañeros…”[39].

Coincide con Bruno el historiador José María Rosa[40], que describe a Moreno como “un político de biblioteca”, “la forma más cruel y deshumanizada del revolucionario”. Tal vez la opinión de Palacio se deba a que Moreno creció en un hogar religioso, y viajó a Charcas con la intención de ordenarse de sacerdote, pero, dice Rosa, “tropezó con Rousseau en la nutrida biblioteca del canónico Terrazas” y prefirió dedicarse a la abogacía y a la  política.
La actitud de Moreno con los rebeldes de Córdoba no fue casual, era la que estaba prevista en el citado Plan: “Debe observarse la conducta más cruel y sanguinaria con los enemigos de la causa…la menor semiprueba de hechos, palabras, etc., contra la causa debe castigarse con la pena capital, principalmente si se trata de sujetos de talento, riqueza, carácter y alguna opinión…[41].

Recordemos que la Revolución Francesa fue enemiga de la religión católica, reemplazando de los altares a Jesucristo por la diosa Razón; en cambio la Revolución de Mayo tuvo una impronta católica, y a los pocos días de asumida la Junta Gubernativa asiste a una misa de acción de gracias por la instalación del nuevo gobierno. Por eso sostiene Furlong que “no hubo en los pródomos de la Revolución [de Mayo], ni en los dos primeros años de ésta, o sea en 1810 y 1811, ideología alguna liberal o disolvente del espíritu nacional, sino netamente ortodoxa y católica”[42].

Saavedra, en carta a Chiclana le comentaba, en enero de 1811: “El sistema robesperriano que se quería adoptar en ésta, a imitación de la Revolución Francesa que intentaba tener por modelo, gracias a Dios que ha desaparecido”[43]. Por su parte el Cabildo en su reunión del 5 de febrero de 1811 resolvió “que la parte reimpresa del Contrato Social de Rouseau no era de utilidad a la juventud y antes bien pudiera ser perjudicial…y en vista de todo creyeron inútil, superflua y perjudicial la compra que se ha hecho de los doscientos ejemplares de dicha obra”[44]. En realidad, la independencia argentina se produjo como una consecuencia lógica de los sucesos de España, y no por influencias ideológicas.  Por eso, concluye Saavedra en carta a O’Higgins: “La obra de nuestra libertad fue puramente nuestra, en su origen lo ha sido, en progresos y lo será en su fin y terminación”[45].
Lo señalado no impide reconocer que en la tragedia de Liniers, intervinieron pasiones políticas y personales de influyentes ciudadanos, de tendencia liberal, que desconfiaban del francés no sólo por su actuación pública sino por su ortodoxia en materia de religión. Eso se manifiesta en unos versos de autor anónimo[46] que circulaban a fines del siglo XVIII:
Ese Liniers que amas más,
y te parece ser fiel,
pienso, sea el más infiel
con su mucha hipocresía:
pues no sale noche y día
de Dios, ni de su dosel.

Para finalizar, recordamos una frase del Episcopado Argentino, que destaca la esencia de nuestra nacionalidad, que contribuyó a forjar don Santiago de Liniers:
      Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, aun antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza. Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia[47].

(*) Ponencia presentada en las IX Jornadas de Historia de la Iglesia en la Argentina (10 y 11 de junio de 2016); organizadas por la Junta de Historia Eclesiástica Argentina.



BIBLIOGRAFÍA
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* La Voz del Interior, Dos tesoros olvidados, 28-5-2010.
*Lozier Almazán, Bernardo. Liniers y su tiempo; Buenos Aires, Emecé, 1990,  p. 201.
*Luque Colombres, Carlos. El doctor Victorino Rodríguez. Primer Catedrático de Instituta en la Universidad de Córdoba; Córdoba, Imprenta de la Universidad, 1947, Anexo N° 7:
 Fragmento de la Vida de Sor Lucía del Santísimo Sacramento, del monasterio de Carmelitas Descalzas de Córdoba, relacionado con los sucesos de 1810, obrante en el Archivo del Monasterio.
*Luque Colombres, Carlos. Para la historia de Córdoba; Córdoba, Biffignandi Ediciones, T. II, 1973, ps. 403

*Martínez Paz, Enrique. La formación histórica de Córdoba; Córdoba, 1941, p. 28.
*Massot, Vicente. Revolución. Mayo 1810; Buenos Aires, Ed. El Ateneo, 2010,  p. 20.
*Meneghini, Mario Albino. Cuestiones políticas controvertidas en el proceso de la independencia Argentina; Córdoba, Centro de Estudios Cívicos, 2010, pgs. 4-5.
*Ortega, Exequiel. Liniers. Una vida frente a la gloria y a la adversidad; Buenos Aires, Claridad, 1944, pg. 327.
*Palacio, Ernesto. Historia de la Argentina; Buenos Aires, Peña Lillo editor, 1965, t. I, pg. 187.
*Peña, Roberto. Conclusiones jurídicas. Defendidas en la Universidad de Córdoba a fines del siglo XVIII; Universidad Nacional de Córdoba, 1952, pgs. 3, 9 y 18.
*Pozzi Albornoz, Ismael. En la génesis de la Revolución de Mayo. El ataque británico al Plata indiano; Buenos Aires, Nueva Militaria Argentina, 2009, p. 154.

*Rosa, José María. Historia Argentina; Buenos Aires, Editor Juan Granda, 1965, T. II, pgs. 201
*Saguier Fonrouge, Alberto OP. El perfil espiritual de don Santiago de Liniers, en: Heredia, Edmundo Aníbal [e .a.]. “Santiago de Liniers y las invasiones inglesas”; Córdoba, Hugo Báez Editor, 2006,   p. 279.
*Sierra, Vicente. Historia de la Argentina; Buenos Aires, Ed. Científica Argentina, 1973.
*Terrera, Guillermo Alfredo. El ser nacional; Buenos Aires, Instituto de Ciencias del Hombre, 1974, págs. 41/43. Juan Pablo II: “Existe una soberanía fundamental de la sociedad que se manifiesta en la cultura de la nación”, discurso ante la UNESCO, 2-6-1980.
*Torres, Félix. Santiago de Liniers y la Universidad de Córdoba; en: Heredia, Edmundo Aníbal [e. a.] “Santiago de Liniers y las invasiones inglesas”; Córdoba, Hugo Báez Editor, 2006,   p. 279.

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ANEXO  I

Oficio del Mayordomo de la Cofradía de españoles del Rosario, sobre la Misa que ha dispuesto, se cante todos los años por el Sr. Liniers, y sobre las banderas que se han colocado en la Capilla de N. Señora. Córdoba 27-9-1807

“La Junta celebrada en este día con el oficio de V.P R del 21 del corriente q se sirvió acompañar el 19 del mismo del hermano Don Francisco Letamendi quien como apoderado del Exmo Sor Don Santiago de Liniers y Bremond, Gobor. Capitán Gral de este Virreynato y Presidente de la Rl Audiencia Pretorial le incluyó el del 27 de julio de su propia letra, por el cual le ordena entregue a este Convento dos banderas de las q tomó al Enemigo Británico en la célebre victoria del 5 de julio último, para q sirvan de trofeos a la Augta Madre de Dios Ntra Sra del Rosario, en reconocimiento de su especial protección en esta generosa acción… Esta Cofradía…comunicando con su V P…ha acordado testificar su reconocimiento deliberando q todos los  años se celebre una Misa solemne a la gloria de Dios y de su Santísima Madre… “.

[Archivo del Convento Santo Domingo de Córdoba, Documentación Histórica, vol. 1, n° 165.]

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ANEXO II

Actas publicadas por Claudio Poyet, en el Diario "La Acción", Paraná, 11 de mayo de 1912.
(consultado:  el 27-3-2016)

ACTA
     "El comandante militar del pueblo y fuerte de Cruz Alta.

"Habiendo dispuesto S. E. el señor presidente de la República la exhumación de los restos de los señores ex-virrey don Santiago Liniers, ex-gobernador de Córdoba don Juan Concha, ex-oidor fiscal doctor don Victorino Rodríguez, coronel don Santiago Allende, y ex tesorero don Moreno, fusilados y sepultados a inmediaciones de este pueblo, fue  llamado el vecino don Pascual Almirón, de edad de setenta y dos años y que presenció la ejecución, residente actualmente en esta villa, que asistió a la inhumación de dichos S. S. quien dijo: no podía determinar con exactitud dónde fueron sepultados sino aproximadamente como lo hizo: que la fosa no pudo contener en su superficie los cinco cadáveres, y sí sólo tres encima de los cuales se colocaron dos atravesados; y que no conocía a ninguno de ellos. Habiéndose hecho varias excavaciones, en distintas direcciones, por medio de las cuales se encontró el grupo de los cinco cadáveres, con la misma colocación indicada por el expresado Almirón. Los esqueletos no se pudieron mover sin deshacerse. Se encontraron en la fosa diez suelas de botas o zapatos, y dos botones, en uno de los cuales se percibe bien una o corona en relieve. Estos esqueletos, como los demás objetos encontrados, han sido depositados en una caja sellada y lacrada en sus cuatro costados con el sello que va al margen, y cuya llave se entregó al Sr. mayor don Felipe Salas, comisionado por S. E-. para conducirlo a la capital provisoria de la república. En fe de todo ello firmamos la presente acta en este pueblo y fuerte de la Cruz Alta, a veinte y cinco de marzo de mil ochocientos sesenta y uno. - 

Lorenzo Rivarola, Octavio de la Barra, Urbano Virto, A ruego de Pascual Almirón el R. P. Fray Isidro Anselmi, cura vicario interino del Curato Unión; Felipe Araya, Reyes Araya, Felipe Salas."
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ACTA

“Con fecha treinta uno de julio de mil ochocientos sesenta y dos, se constituyó en el cementerio público de esta ciudad S. S. el señor canónigo don José María Velasco, gobernador eclesiástico de la misma. y con la asistencia de los señores canónigos, prebendados y cura. párroco de esta iglesia catedral practicadas las ceremonias del Ritual Romano, y cantado un solemne responso, hizo formal entrega de la urna cineraria que contenía los restos mortales de los señores Liniers, Concha, Rodríguez, Allende y Moreno, al señor encargado "ad hoc" por el gobierno de su M. C. don Joaquín Fillol, quien, después de cerciorarse que aquella y no otra era la que los contenía, se recibió de ella, poniéndola bajo su inmediata responsabilidad, y conduciéndola, con el aparato religioso conveniente, al puerto de Paraná, en el cual se embarcó la referida urna cineraria por disposición del señor encargado "ad hóc", en un vapor preparado al efecto. Fueron presentes a este acto muchas personas, entre otras y como testigos los señores coronel don Gerónimo Espejo, don Manuel Martínez .Fontes, secretario de la jefatura política, y don Felipe Baucis; con lo que, mandando S. S. el señor gobernador eclesiástico se estampase el acta en el !ibro de defunciones para que extraigan de ella los testimonios convenientes, se terminó el acto que firma S. S. canónigo el notario mayor eclesiástico, de que doy fe.

José M. Velasco Gobernador Ecco. 
Ante mí: Domingo Baluquera. Notario Mayor Ecco."





























[1] Estrada,  Liniers…, 1886, p. 4.
[2] Cresto, Reflexiones…, 2007, p. 101.
[3] Meneghini, Cuestiones…, 2010, ps. 4-5.
[4] Terrera, El ser…, 1974, ps. 41/43. Juan Pablo II: “Existe una soberanía fundamental de la sociedad que se manifiesta en la cultura de la nación”, discurso ante la UNESCO, 2-6-1980.
[5] Saguier Fonrouge, El perfil…, 2006,  p. 279.
[6] Ibidem, p. 273.
[7] Bruno, La Virgen Madre…,1997,  ps. 126-127.
[8] Archivo General de la Nación, IX-26, 7, 7.
[9] Pozzi Albornoz, En la génesis…, 2009,  p. 154.
[10] Saguier, ibidem, p. 278.
[11] Celis, “Jaque al virrey”; Rosario12, 2-10-2011.
[12] La Voz…, 2010.
[13] Bruno, La Virgen Generala, 1994, p. 183.
[14] Altamira, El Deán…, 1949, p. 153.
[15] Ortega, Liniers…, 1944, p. 327.
[16] Lozier Almazán,  Liniers…, 1990,  p. 201.
[17] Luque Colombres,  Para la historia…, T. II, 1973, ps. 403
[18] Aspell, Sobre Monte…, 2001, Presentación, p. 15.
[19] Torres, Félix. Santiago de Liniers…, 2006, ps. 285-298.
[20] Luque Colombres, Para la historia…,  1973, T. II, ps. 403.
[21] Peña,  Conclusiones  jurídicas…,  1952,  ps. 3, 9 y 18.
[22] Martínez Paz, La formación…, 1941,  p. 28.
[23] Lozier, ibídem,  p. 243.
[24] Rosa, ibídem,  p. 232.
[25] Furlong, Cornelio Saavedra…,  1960, ps. 97-101.
[26] Ortega, ibídem,  p. 369.
[27] Sierra, Historia…, 1973, T. V, p. 107.
[28] Massot,, Revolución…,  2010,  p. 20.
[29] Crónica…,  p. LX.
[30] Ver dos Actas, en Anexo II.
[31] Crónica,  p. 185.
[32] Bruno, La Virgen Generala,  ps. 188-189.
[33] Luque Colombres, El doctor Victorino…, 1947, Anexo N° 7.
[34] Fragmento de la Vida de Sor Lucía del Santísimo Sacramento, del monasterio de Carmelitas Descalzas de Córdoba, relacionado con los sucesos de 1810, obrante en el Archivo del Monasterio.
[35] León XIII. Encíclica Au milieu des solicitudes, 1890, p. 12.
[36] Palacio, Historia…, t. I, pg. 187.
[37] Bruno, Creo…, 1ra. Parte, ps. 23-24.
[38] Bruno, Creo…, 3ra. Parte, p. 9.
[39] Bruno, Creo…, 1ra.Parte, p. 48.
[40] Rosa,  Historia…,1965,  T. II, p. 201
[41] Rosa, ibídem, p. 206.
[42] Furlong, ibidem, p. 38.
[43] Díaz Araujo, Mayo…, 2005,  T. I, ps. 258-259.
[44] Díaz Araujo, ibidem, ps. 259-260.
[45] Furlong, ibídem,  ps. 60-61.
[46] Crónica…, p. 181.
[47] Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016).