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lunes, 6 de octubre de 2025

LOS MITOS DEL FASCISMO


 y del antisemitismo

 

Por Ignacio M. Cloppet *

La Prensa, 05.10.2025

 

Alberto Ezcurra Uriburu, fundador y jefe del Movimiento Nacionalista Tacuara (1957-1964) y quien se ordenó sacerdote en 1971, partió demasiado pronto -como consecuencia de una dura enfermedad- estando en San Rafael, Mendoza, el 26 de mayo de 1993.

Está entrando a imprimir una reimpresión de mi libro, hecho que expresa sin lugar a dudas, el interés que continúa despertando la figura y la obra de este prohombre. De ese tiempo a esta parte, se publicaron diversas antologías de sus escritos y merecidos homenajes en su memoria. En este marco, dos propósitos guiaron la realización de mi libro. El primero, completar la labor de difusión de su obra dando a conocer un copioso conjunto de escritos inéditos de su etapa juvenil. Expresivo de su cosmovisión del nacionalismo como afirmación y defensa de los valores materiales y espirituales del país amenazados y expoliados por intereses e ideologías foráneas.

 

CUERPO DOCTRINARIO

Se trata de un cuerpo doctrinario sumamente relevante, que a la luz del análisis de los males ocasionados por el liberalismo –en su versión capitalista británica/norteamericana y/o comunista soviético–, fue desplegando soluciones concretas para la emancipación nacional, hermanadas en términos históricos con las banderas clásicas que supo sintetizar en la política concreta el Justicialismo –independencia económica, recuperación de la conciencia histórica, soberanía política y justicia social–, como fruto del valiosísimo aporte que hicieron las diferentes vertientes nacionalistas al acervo común que estructura fuendo el ideario dinámico del nacionalismo argentino.

 

El segundo propósito, tuvo como objeto intervenir en el debate historiográfico ligado a la significación de la figura de Ezcurra Uriburu en particular y de Tacuara en general. Múltiples ensayos y tesis doctorales se han escrito al respecto con un vicio de origen: el descrédito liso y llano del nacionalismo, al que se caracteriza en bloque a través de motas descalificatorias que desatienden el examen objetivo de un movimiento rico en variantes, diverso en sus opciones prácticas e intelectualmente brillante en sus mejores plumas. Con este punto de partida, difícilmente pueda llegar a conclusiones efectivas porque más que análisis interpretativos derivados de un examen serio de documentos y de hechos efectivos de la realidad histórica, resultan ser un puro despliegue de juicios de valor de sus autores.

 

Me refiero a dos lugares comunes esgrimidos a diestra y siniestra: el pretendido “fascismo” y el quimérico “antisemitismo” de Ezcurra Uriburu y de Tacuara. Está claro que la caracterización particular que se les imputa responde a la burda generalización que recae sobre el nacionalismo en sentido amplio. Allí está el corazón del problema: en las interpretaciones cultivadas desde perspectivas ideológicas adversas. Tanto es así que la casi totalidad de estudios sobre el fenómeno, lo someten a diversas taxonomías que condicionan de entrada la relación con el objeto de estudio. ¿Puede examinarse objetivamente el nacionalismo a través de categorías tales como “de derecha”, “oligárquico”, “fascista”, etc.? Difícilmente. Se trata de determinantes a priori cargados de sentido negativo que más que aclaran, oscurecen de largada. Y que además no responde a la realidad.

 

“EL MEJOR DE SU GENERACIÓN”

Pongamos blanco sobre negro. Ezcurra Uriburu fue un hombre de acción y un pensador católico de fuste. El mejor de su generación. Como jefe de Tacuara, sintetizó valores trascendentes: un profundo humanismo, su ínsito patriotismo, nobleza y valentía, generosidad y ausencia de sectarismo.

 

Congregaba a la unidad de las distintas tendencias existentes, promovía acuerdos y evitaba rupturas infecundas que tanto costaron al movimiento nacional a lo largo de su historia. Virtudes que mantuvieron durante toda su vida y que caracterizaron también al sacerdote, cuyas reflexiones encarnaron una honda preocupación teológica y la defensa de la verdad de la patria de los argentinos, cuyos dramas comprendió como pocos hombres de su tiempo.

 

MOVIMIENTO NACIONALISTA TACUARA

Por su parte, el Movimiento Nacionalista Tacuara nació en 1957, en el emblemático bar “La Perla del Once”, auspiciado por Ezcurra Uriburu, y otras camaradas. Se trató de una expresión de nacionalismo juvenil, heredera de la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios y de la vieja Alianza Libertadora Nacionalista.

A su identidad católica –forjada al calor de la obra de los sacerdotes Leonardo Castellani y Julio Meinvielle, entre los principales–, le anexó la impronta de pensadores de fuste como fueron Raúl Scalabrini Ortiz, Manuel Gálvez, Julio y Rodolfo Irazusta, Atilio García Mellid y Jacques de Mahieu, entre otros, y el aporte doctrinario de José Antonio Primo de Rivera. Brotó como una firme reacción de autodefensa de la argentinidad, víctima desde la derrota en Caseros, de la agresión del liberalismo, ahondada tras el golpe de Estado de 1955.

 

DERRIBANDO MITOS: TACUARA FASCISTA

Si bien en su tiempo histórico, la crítica al régimen soviético fue compartida por parte mayoritaria del arco político nacional –a excepción por supuesto del comunismo argentino, satélite de aquel–, para diversos sectores del liberalismo, la no admisión del modelo soviético equivalió –y aunque parezca mentira: equivale hoy en día– al “fascismo”.

 

Del mismo modo, se circunscribió sin la menor rigurosidad histórica, el antiliberalismo al elitismo y al desprecio por las masas, o se discurrió en el afán simplista de acusar de “fascistas” a todas las organizaciones que durante las décadas del treinta al setenta combatieron al régimen de entrega al extranjero, o bien, sostuvieron el neutralismo en el marco de las guerras mundiales.

 

TACUARA ANTISEMITA

Si bien constituye a esta altura del partido todo un anacronismo y una falacia, aún hoy hay que aclarar que Alberto Ezcurra no fue antisemita ni otorgó al aparente “problema judío” –ni en la época de Tacuara ni en la etapa sacerdotal– el lugar que se le enrostra.

Al respecto, en una entrevista del año 1962, explicó: "No nazis. Hay diferencias entre somos nosotros y los nazis. Podemos tener enemigos comunes pero nuestro concepto de las necesidades de la nación difiere profundamente del concepto nazi. Por ejemplo, nosotros no creemos en la superioridad racial, porque en la Argentina no existe la unidad racial. Tenemos gente de todas las razas y colores. (...) No somos antisemitas. Nada tenemos contra los judíos en la Argentina. Las acusaciones que nos hacen de antisemitas son falsas".

 

Tanto es así que el prestigioso historiador del judaísmo, Leonardo Senkman, reconoció en un reportaje realizado por Raanan Rein en el año 2020, el error que significó vincular a Tacuara con el antisemitismo. Señaló al respecto: "Considerábamos que Tacuara era un movimiento que representaba una reencarnación de grupos nazis de los años treinta y cuarenta en Europa. Craso error cultural de nuestra parte, por el cual cometimos muchos yerros en nuestro actuar. No entendimos su profundo carácter cristiano y no conocíamos o no habíamos leído sobre la Falange en España. La idea era que todos eran nazis. Los emisarios que venían de Israel hablaban de esto todo el tiempo. El error o el sesgo cultural en el caso de ellos era más claro, al estar desconectados del contexto argentino. Pero influyó en la percepción de los jóvenes argentinos-judíos. (...) Teníamos una cultura antifascista, que no supo distinguir matices entre Hitler y el padre Meinvielle teníamos una idea imaginada del enemigo y de la amenaza que nos planteaba (…) El mensaje que ellos transmitían es que no hay solución para los judíos en Argentina y cada tanto sacaban a flote ideas sobre la necesidad de una evacuación. el espíritu de abba Kovner, y que había que combatir por nuestra propia cuenta y emigrar a Israel”.

 

La tesis del “antisemitismo” de Tacuara se montó sobre el denominado “Caso Sirota”. En ajustada síntesis: el 21 de junio de 1962, fue denunciado el presunto secuestro de una joven estudiante de Medicina, Graciela Narcisa Sirota, militante de la Federación Juvenil Comunista y de la FUBA, en circunstancias poco claras. La DAIA en su denuncia expresó que se había tratado de “un ataque brutal antisemita”. La declaración se reprodujo hasta el día de hoy como un lugar común en los estudios sobre Tacuara. Resulta curioso que ningún investigador examinó el suceso, ni revisó documentos, ni se preguntó sobre la autenticidad de lo sucedido. Ni refirió a un documento de enorme relevancia que fuera publicado poco después de la denuncia de la DAIA, en el mes de octubre. Se trata de “El caso Sirota y el problema judío en la Argentina”, donde Tacuara a través de su Secretaría de Prensa y Propaganda, en voluminosas treinta y dos páginas no sólo probó la falsedad de lo denunciado, sino que explicitó con suma claridad su posición sobre la cuestión judía y el ilusorio antisemitismo que se le enrostraba.

 

El pensamiento de Ezcurra Uriburu goza de una tremenda actualidad que se ha intentado opacar con este tipo de imputaciones. Su crítica al liberalismo, su defensa de la Tradición y de los valores cristianos, su postulación de la necesaria restauración de un principio de autoridad y de un orden moral justo como elementos unificadores de la vida comunitaria, dan respuesta a los grandes hombres de nuestro tiempo. En una Argentina intelectualmente desarmada y materialmente ocupada, la historia no es puro cuento.

 

* Historiador. Autor del libro "Tacuara y el nacionalismo. Escritos inéditos de Alberto Ezcurra Uriburu" (Katejon, reimpresión, 2025).

lunes, 16 de diciembre de 2024

CARLOS ALBERTO SACHERI


1974 – 22 de Diciembre – 2024


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Habiendo tenido el honor de conocerlo personalmente, adhiero al contenido del siguiente artículo.

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Por Miguel Ángel Iribarne


Foro Patriótico Manuel Belgrano, 15/12/2024

 

Es un don nunca suficientemente agradecido por haber tenido a un santo como maestro, director de equipo y amigo. Todo eso fue Carlos Alberto Sacheri para quien esto escribe. No se espere, pues, un clima impersonal en las siguientes líneas.   

 

Sacheri ha sido, sin duda, el filósofo social más importante que tuvo la Iglesia Católica de la Argentina en toda su historia plurisecular. Por su profundidad, por su objetividad, por su ponderación, por su fidelidad a lo esencial y su flexibilidad en lo contingente. Valores intelectuales a los que unía, como reciente y acertadamente ha indicado Germán Masserdotti, un admirable espíritu de concertación.   

 

Y todos estos talentos no se limitó a desplegarlos desde su atalaya académica. Quienes en alguna medida compartimos sus últimos años, desde Verbo y desde el Instituto de Promoción Social Argentina, pudimos conocer – a veces adivinar- su nivel de compromiso con el combate activo por el renacimiento nacional en medio de los horrores de la guerra civil, siempre. . la más cruel de todas. 

 

El 22 de diciembre de 1974, hace exactamente medio siglo, ya minutos de salir de la Catedral de San Isidro, la guerrilla marxista-leninista acabó con su vida terrena.   Hoy intercede por nosotros y levanta nuestra Esperanza, reflejada en la inolvidable luminosidad de su sonrisa.-


domingo, 22 de octubre de 2023

EN MEMORIA DE UN MAESTRO

 

Sacheri, el profesor católico asesinado por el ERP de un disparo a la cabeza frente a su esposa y sus siete hijos

Hoy cumpliría 90 años

 

Hugo Martin

 

Infobae, 22 Oct, 2023

 

El domingo 22 de diciembre de 1974 parecía uno más en la casa del sociólogo y filósofo católico Carlos Alberto Sacheri. Haría, como siempre, mousse de chocolate con sus hijos al regresar de misa. La rutina se había alterado solo porque su esposa, María Marta, había ido a la catedral de San Isidro bien temprano, acompañada por Clara, la menor de sus siete hijos, que tenía un año. Vivían a unas diez cuadras del templo, sobre la avenida Del Libertador. Para la misa de 9, Juan Carlos caminó junto al resto de sus hijos, a los que se sumaron tres amiguitos. Luego de la ceremonia religiosa, Elena los pasó a buscar en el Ford Falcon Rural. Eran 12 personas arriba del automóvil. Otros tiempos, mas laxos con las normas de tránsito. Como podían, se acomodaban José, que tenía 14; María, 12; Cecilia, 11; Pablo, 9; Inés, 5; Rosario, 3; y Clara. Pablo (que hoy tiene 58 años), recuerda que su amigo Esteban iba sentado arriba suyo, del lado derecho, detrás de su papá, que no sabía manejar. Alrededor de las 10 y media de ese domingo soleado, cuando llegaron a la altura de su casa, se detuvieron para esperar que los coches que venían de la otra mano pasaran, y girar hacia el portón de entrada. En ese momento, un Peugeot 504 celeste frenó a la par. Un hombre sacó un arma y le disparó dos veces justo a la cabeza de Sacheri. Sin dudar, a matar, frente a su esposa y a diez niños. Su sangre -”Y otras cosas más”, dice Pablo- salpicó a todos, en especial a Esteban. Ante los gritos, Guillermo, un vecino, subió el cuerpo al auto para ir hasta el hospital de San Isidro, ubicado a cinco cuadras. No tuvo chance. Murió.

 

A pesar que la investigación judicial jamás avanzó, se cree que lo mató -como afirmó su hijo José en una carta- una célula terrorista de la escisión del ERP denominada ERP-22 de Agosto, que actuaba desde enero de 1973, cuando se acercó al peronismo de izquierda y se distanció del grueso de la agrupación marxista que comandaba Mario Santucho.

 

Pablo aún recuerda como vio morir a su padre delante de él, un niño de 9 años por entonces. También lo que sucedió inmediatamente después. “Por suerte, mamá habrá girado la cabeza, no se, porque los de balística dijeron que, si no, el disparo le hubiera dado también a ella. Los vecinos nos sacaron a todos los chicos del auto y nos mandaron a sus casas, porque no se podía entrar a la nuestra, las llaves estaban en el auto. Mi hermano José, que tenía 14 años, se tuvo que meter por una ventana para abrir la puerta. Yo, con mi amigo, nos fuimos a la casa de los vecinos de atrás y las chicas no sé dónde quedaron”

 

Sobre todo, nunca pudo olvidar la cara del hombre que mató a su padre. Y lo volvió a ver, revela, en una foto. “Lo vi cuando disparó, a través de la ventanilla. Durante años y años esa cara me persiguió. Y durante la pandemia vi un programa de televisión que me hizo buscar unas cosas. Y buscando apareció esa foto. Las cosas de la vida. Esa foto nunca más la pude volver a ver. Era un desaparecido de antes del 76. Pero nunca voy a decir quién era, disculpame…”, sorprende Pablo.

 

-¿Por qué?

 

-Porque esa misma noche nuestra madre nos juntó a todos. Nos contó que papá había muerto y nos hizo rezar, pero por los asesinos. Entiendo que mi padre sabía que había amenazas, y mi madre también.

 

José, el mayor de los hermanos, que también estaba en el auto, le contó a Infobae que él no vio al que disparó, pero sí al que conducía el Peugeot. Como sea, jamás conocieron la identidad de los asesinos.

 

Según Pablo, la causa por el crimen de su padre “se cerró a los cinco días, con autores ‘desconocidos’”. Pero además, añade: “Mi abuelo era general, pero también abogado, que entró al Ejército como auditor. Y si él no pudo mover el caso, teniendo posibilidades de investigar un poco más o pedir algo, lo dejamos todo ahí”.

 

El abuelo, cuenta, era Oscar Sacheri, autor del Código de Justicia Militar en 1951. En el momento del asesinato de su hijo, estaba retirado. Cuando estuvo en actividad, señala su nieto, fue el primero en recibir de Juan Domingo Perón su renuncia en 1955. Si hoy el apellido suena familiar es por el escritor Eduardo Sacheri. Oscar -el general- y Edmundo, el abuelo del autor de “Nosotros dos en la tormenta” (donde la historia bucea en las organizaciones armadas de la década del ‘70), eran hermanos.

 

Tres meses después del asesinato, el ERP-22 de Agosto reivindicó su muerte -y la del también filósofo Jordán Bruno Genta- con una carta colmada de cruel ironía dirigida al director de la revista nacionalista Cabildo, Ricardo Curutchet: “Carísimo hermano en Cristo Rey: Nos dirigimos a usted con la confianza que nos dan los dos contactos mantenidos con la comunidad nacionalista católica y la revista Cabildo, su más digno exponente, en las personas de los queridísimos, aunque extintos profesores Jordán B. Genta y Carlos A. Sacheri. Nos guía la certeza de que seremos atendidos por Vd. con la caridad cristiana que ilumina cual antorcha sagrada, su cosmovisión escolástica, virtud ésta enseñada por Cristo y de la que fueron devotos fervorosos Santo Tomás y San Agustín. No pretenderemos referirnos a las circunstancias del fallecimiento de los profesores nombrados, sólo haremos mención de algunos detalles que los rodean (...) Como información fidedigna le comunicamos, un tanto apenados, que el difunto Sacheri no comulgó ese aciago domingo en el que concurrió por última vez a la prolongación del sacrificio de la Cruz. Nuestro enviado le dio una oportunidad, pero, oh… desatino, él no supo aprovecharla y lamentamos que esté pagando sus culpas veniales en el purgatorio (no queremos pensar que haya caído en el Fuego Eterno)”.

 

Para el hermano mayor, José, “es exagerado decir que la causa se cerró en sólo cinco días como dice Pablo, pero sí que se archivó. Habrán investigado cuatro, cinco meses… En febrero o marzo del ‘75 yo estaba en casa de una familia, viendo televisión al mediodía, y en el noticiero dicen que la policía descubrió a la célula que mató al profesor Sacheri. Lo que pasó es que descubrieron una casa del ERP y les hicieron, como se decía, una ratonera. Esperaron en una casa que volviera alguno. Entró una mujer y otra gente, se produjo un tiroteo y murieron un oficial y una guerrillera. Ese hecho aparece en la última foja de la causa y alguien dice que estaba relacionado con la muerte de mi padre. Y el juez, ni recuerdo el nombre, pero no era de los conocidos, lo archivó. Debía investigar este hecho conexo, pero no lo hizo. Nadie movió un dedo. Porque la realidad es que los jueces tenían mucho miedo. Se podían hacer muy los bananas, pero después les mandaban una foto de la señora entrando con sus hijos en el jardín”.

 

Hoy, los restos de Sacheri descansan en el cementerio Memorial. Cuando lo mataron, fue inhumado en el de la Recoleta. Su hijo Pablo recuerda que no fue al entierro. “Quise ver su cuerpo y no me dejaron. Me enojé y no fui”, cuenta.

 

Pero si ese es el oscuro relato de su muerte, en vida, Carlos Alberto Sacheri tuvo un fuerte compromiso con su ideario católico. Hoy, 22 de octubre, hubiera cumplido 90 años. Su hijo José, como fue dicho, lo recordó con una carta de lectores al diario La Nación en el día de ayer que encabeza “Querido papá”, y sigue así: “A tus 41 años, el 22 de diciembre de 1974, la guerrilla terrorista -en tu caso, el ERP 22- te mató delante de nosotros, de mamá, y de 3 amiguitos nuestros que venían con nosotros. Al salir de misa y al entrar a casa -dentro del auto en que íbamos todos- un solo tiro cobarde te robó la vida. Y destrozó nuestras vidas de niños pequeños, y de una madre viuda muy joven que supo sacarnos adelante. Con tu propia sangre derramada sobre cada uno de nosotros, nos bañaste para aprender de tu bien, en una premonición del cielo al que te fuiste. En plena democracia, sólo por enseñar tu mensaje evangélico de paz, y como profesor de Filosofía, de advertencia a la sociedad, que la violencia terrorista era un mal camino para todos. Sin haber tomado un arma, y solo por el uso de tu palabra en la universidad, estos ‘jóvenes idealistas’ te mataron por lo que pensabas. Quedamos solos con mamá, que fue una tigresa en la defensa de sus cachorros y, rezando por tus asesinos, nos salvó la vida del mal y del odio. Ella nos enseñó a perdonar, como vos también lo hiciste con tu vida. Te mataron, sí, pero no tu mensaje. Te extrañamos desde hace 59 años y agradecemos a Dios toda su ayuda mientras no te tuvimos. Te pedimos que desde el cielo, en el día de tu cumpleaños, nos ayudes a los argentinos a elegir lo mejor posible”.

 

Profundamente creyente, Sacheri se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires, pero casi no ejerció. En 1957 egresó de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y viajó a Quebec, Canadá, para continuar sus estudios de filosofía en la Universidad de Laval. Miembro prominente de la Acción Católica, profesor de la Universidad Católica Argentina y de la UBA, e impulsor de la Sociedad Tomista Argentina, Sacheri fue un férreo opositor al movimiento de sacerdotes tercermundistas. En su libro La Iglesia Clandestina, de 1970, lo manifiesta con claridad. Allí, escribe: “El II Concilio Vaticano ha replanteado el eterno problema de las relaciones entre la Iglesia y el mundo. La meditación reiterada de los documentos conciliares pone de manifiesto la admirable vinculación que existe entre la verdadera tradición y la auténtica renovación; la fidelidad a aquella es la condición indispensable para la eficaz realización de ésta. Sin embargo, hay grupos y movimientos organizados dentro de la Iglesia que no lo entienden así. Tales grupos, decididos a encauzar la actual renovación, no por los caminos del Espíritu Santo sino según el ‘sentido’ que ellos pretenden imprimir a la Iglesia toda, constituyen el obstáculo más serio a una sana ‘apertura’ al mundo contemporáneo”.

 

“En nuestro país, el Tercermundismo constituye la versión, no única pero sí principal, de la organización progresista internacional. Poniendo en ejecución sus doctrinas, su organización y su metodología esencialmente clandestina, el Tercermundismo configura una ‘Iglesia paralela’ que intenta instrumentar todo lo cristiano al servicio de una revolución social de inspiración marxista. Lo más grave de todo es que muchos sacerdotes de buena fe, sensibles a los problemas sociales, se hacen eco de dicha prédica sin tomar conciencia de la instrumentación de que son objeto”.

 

Para su hijo José, Sacheri era “un tipo muy tranquilo, pero firme. Lo que él hizo fue denunciar la influencia de una parte de de la Iglesia, de sacerdotes y alguno que otro obispo, que llevaban a los muchachos a la guerrilla. El les dice ‘señores, cuidado con estos movimientos, porque la Iglesia está sacando los pies del plato’”

 

Poco tiempo antes de ser asesinado había regresado desde Quebec, Canadá, donde enseñaba en la misma Universidad Laval donde había alcanzado el título de Licenciado. Allí había vivido la familia durante algunos años. Sabía que sus posiciones políticas lo ponían en la mira de los grupos guerrilleros. En una conferencia que dio el 9 de junio de 1973 firmó, quizás, su sentencia de muerte. Ante un millar de estudiantes universitarios, dijo: “Hace unos días estaba leyendo un pasaje de la Escritura en el que San Pablo habla de redención y sangre. No me creo un profeta -entre otras cosas porque los hechos ya están a la vista-, pero si los católicos, los universitarios católicos, no estamos dispuestos a derramar nuestra sangre en una militancia heroica, Argentina dejará de ser católica para ser marxista. Como dice el Apóstol: ‘Sin sangre no hay redención’”.

martes, 13 de diciembre de 2022

JOSÉ ANTONIO RIESCO

 

Acaba de fallecer uno de nuestros maestros, José Antonio Riesco, a quien conocimos en la entonces Escuela de Ciencia Política, de la Universidad Católica de Córdoba (UCC). En un breve pantallazo, recordemos su trayectoria:


Fue investigador en temas de ciencias políticas, y se desempeñó como secretario técnico del Instituto de Derecho Político y Constitucional de la Universidad Nacional de Córdoba.


Como docente dictó clases en: Teoría del Estado y del Gobierno; Psicología Política; Estrategia y Defensa, en la UCC.


Público numerosos trabajos, siendo los más importantes: “Clases sociales y grupos de presión”; “Liderazgo y poder ejecutivo”; “Teoría del Estado contemporáneo”; “Fin y función del Estado”; “La razón estratégica en la acción política”; “Filosofía y Estrategia”; “Estado, educación y sociedad”; “Los aspectos psicológicos de la política”.


Al margen de lo académico, supo transmitir los conocimientos y experiencia de una intensa vida, orientada hacia el bien común y el arduo quehacer de la actividad cívica. Enseñaba de modo coloquial, haciendo comprensibles los aspectos más áridos, y su docencia no cesaba con el timbre del recreo. Se prologaba en el café, donde continuaba su labor docente para orientar a los jóvenes.


En forma discontinua, como ocurre lamentablemente en nuestra patria, aprovechó las oportunidades que se le brindaron para contribuir con su aporte en la función pública y en el periodismo. Por ejemplo, en el equipo del Ministerio de Planeamiento, y su posterior tarea de investigación en la Fundación Argentina Año 2000, y su revista Futurable. De allí surgieron los Centros de Estudios Prospectivos, cuya filial de Córdoba, integramos con otros amigos entrañables como el Ingeniero Delgado y el Dr. Eduardo Novillo Saravia.


José Antonio, descansa en paz.

jueves, 27 de enero de 2022

CARLOS REZZÓNICO

 La Voz del Interior del día de la fecha (*), dedica una página a recordar al Dr. Carlos Alberto Rezzónico -a quien tuvimos el privilegio de conocer-, que falleció recientemente. Adherimos al pesar por la pérdida de esta excelente persona, ejemplo de laico católico comprometido con su fe. Seleccionamos algunos datos de su larga vida (94 años).

Fue un destacado pediatra, profesor titular de la cátedra respectiva, presidente de la Academia de Ciencias Médicas de Córdoba, y miembro del Instituto Bioético de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. También presidió la Academia del Plata.

Rezzónico intervino en el ordenamiento de la profesión y de la vida de los cordobeses. Dentro de su órbita, en 1968 se crearon los residencias médicas mientras era subsecretario de Salud durante la gobernación de Carlos Caballero y Carlos Consigli era ministro de Salud de la provincia, bajo la presidencia de Juan Carlos Onganía.

Fue autor de la ley 6.222, promulgada en 1978 (...) que rige hasta la actualidad el ejercicio de las profesiones y actividades relacionadas con la salud humana.

A ese antecedente aludió en mayo de 2018 durante su argumentación en contra del aborto legal. Dijo que se iba a referir "a la experiencia de Córdoba, porque la provincia no es ninguna improvisada" y mencionó la ley que lleva su apellido y que está modificada en varios puntos, como el de la prohibición de la anticoncepción con cualquier tipo de método.


(*) Adiós a Rezzónico...; La Voz del Interior, 27-1-21, p. 21.