lunes, 30 de mayo de 2016

EL GOBERNANTE CRISTIANO


(De regimene principum ad regem Cypri) *

Santo Tomás de Aquino

Intentaremos en esta breve recensión captar los conceptos principales de una nueva edición de la clásica obra de Santo Tomás, escrita en 1265-1266 para el rey de Chipre, Hugo II, quien acudió al santo solicitando una orientación para el buen gobierno. La obra quedó interrumpida al final del capítulo cuarto del libro II, habiendo terminado la redacción Tolomeo de Luca, discípulo  de Tomás; debido a ello en esta edición solo se incluye la primera parte. El P. Rodríguez agrega al texto, glosas que complementan o aclaran el mismo.

Pese a ser una obra breve constituye un tratado sobre el origen del poder y sobre los deberes del gobernante. Se menciona en la presentación, una cita de la Suma Teológica: Es imposible que el bien común de la Nación vaya bien, si los ciudadanos  no son virtuosos, al menos aquellos a quienes compete mandar (I-II, 92, 1 ad 2). Por eso, la prudencia política es la virtud suprema del género prudencial, cuya función es la recta ordenación del comportamiento cívico al bien común de la sociedad.

Santo Tomás no se dedicó a gobernar, pero sus consejos fueron tenidos en cuenta, no solo por el rey de Chipre, sino por San Luis, rey de Francia, los papas, los arzobispos de Palermo y de Antioquía, la duquesa de Brabante y otros.

En el prólogo establece el carácter teológico de la obra, aunque consulte también la autoridad de los filósofos, por eso manifiesta: espero el auxilio de aquél que es Rey de reyes y Señor de los señores, por quien los reyes reinan.

Comienza sentando las bases metafísicas de la política: todo agente, y muy especialmente el hombre, obra por un fin, un fin social común postula un principio que dirija a él. Al ser el hombre naturalmente social y político, la vida en sociedad es de origen divino-natural, como la misma naturaleza. Su deber de perfeccionarse conforme a su ser le urge organizarse en sociedad; su proyección social, entonces, no es arbitraria o pactada. De allí que, según Aristóteles, quien no vive en sociedad, o es un dios o es una bestia.
El hombre no se asocia a  los demás impulsado por el mero instinto gregario como los animales, sino que realiza su sociabilidad de manera racional, por el gusto de convivir, para superar sus insuficiencias individuales, y poder vivir virtuosamente. La palabra es propia del hombre, por medio de ella puede comunicar a los demás su pensamiento.
Siendo necesario que los hombres vivan en sociedad, necesitan que alguien rija la multitud, que se desintegraría si no hubiese alguno que se preocupe por el bien de todos. Por eso dice Salomón: donde no hay gobierno va el pueblo a la ruina. Santo Tomás ve en la autoridad el principio del orden y de todo el dinamismo social. Siendo la sociedad una organización de hombres, lo formal es la estructura política, cuya clave es la autoridad, de la que dimanan las leyes como nervios de la organización, y lo material son los hombres.
La ciudad es una por razón de su estructura política, de modo que si se cambia la ordenación política, aunque permanezca el mismo lugar y los mismos hombres, no se puede decir que sea la misma ciudad. (In Politicorum)
La gran tentación del gobernante es el ser servido en vez de servir. La mayor o menor adecuación para salvar el bien común, será el criterio para valorar la legitimidad y preferencia de las diversas formas de gobierno. Cuando el poder está en manos de uno, de unos pocos o de muchos, y lo ejercen correctamente en orden al bien común, la forma de gobierno se llama respectivamente reino (monarquía), aristocracia (gobierno de los mejores) y política o república.

Proporcionalmente se da una triple forma de poder político viciado o inicuo, ejercido de espaldas al bien común, en que el gobierno recibe el nombre, respectivamente: tiranía, oligarquía y democracia; de modo que la tiranía viene a ser la corrupción de la monarquía, como la oligarquía es la corrupción de la aristocracia, y la democracia la corrupción de la república.
Este sentido peyorativo de la democracia en esta obra es mantenida en los comentarios a los libros de la Ética y de la Política de Aristóteles.

Es indudable que la paz, como tranquilidad del orden, es un factor principal del bien común y aspiración de todo gobierno honesto. Entonces, en lo que tiene de orden la paz tiene relación directa con una forma unitaria o monárquica de gobierno, más que con otras formas de mando pluralistas o dispersas. Esta preferencia de Tomás por la forma monárquica es basada en razones de unidad, por analogías con el orden natural, por la enseñanza de la historia y por su conformidad con el gobierno teocrático.

Pero, así como el mejor gobierno es el monárquico cuando es justo, así su contrario es el peor de todos. Hay tres razones de la prioridad de la tiranía o corrupción del poder monárquico como mal gobierno:
*por el principio general: corruptio optimi pessima;
*por la mayor eficacia para procurar el mal a la sociedad en razón de la unidad del poder;
*por la mayor enajenación que sufren los bienes comunes.

El hombre es el animal óptimo si vive en él la virtud; pero si vive sin ley y sin justicia, es el peor de todos los animales. Dice Aristóteles que la injusticia es tanto más cruel cuantas más armas tiene para hacer el mal. De ahí que el hombre carente de virtud por la corrupción del apetito irascible resulta más criminal y salvaje debido a su crueldad inhumana.
El buen gobierno es preferible unido, mientras que el malo es más soportable dividido. Para ser bueno y hacer el bien hace falta plenitud y capacidad operativa; para ser malo y hacer el mal basta poco, basta cualquier carencia y cualquier mezquindad o indolencia. Dice Tomás que el bien es más fuerte que el mal, si el mal ocurre más frecuentemente no es por su poder, sino por ser fácil la deficiencia.

En un buen gobierno la unidad de poder lo hace más eficaz y fecundo. En un mal gobierno, la pluralidad de personas detentadoras del poder le restan eficacia destructora al contrarrestarse mutuamente, peor fuera que  todo el poder estuviese en manos de un tirano. De ahí que entre todos los regímenes injustos, el más tolerable sea la democracia, y el peor de todos, la tiranía.

En el párrafo 21, Tomás destaca la aversión del mal gobernante hacia los buenos ciudadanos, que forman la derecha en el sentido evangélico del término. Este príncipe injusto se parece bastante al príncipe ideal que promueve Maquiavelo, astuto, ambicioso y desintegrador. Baste recordar tres rasgos:

*Es necesario que un príncipe que desee mantenerse en su reino, aprenda a no ser bueno en ciertos casos, y a servirse o no servirse de su bondad según las circunstancias lo exijan.
*Un príncipe, y especialmente uno nuevo, que quiera mantenerse en su trono, ha de comprender que no le es posible observar con perfecta integridad lo que hace mirar a los hombres como virtuosos, puesto que con frecuencia, para mantener el orden en su Estado, se ve forzado a obrar contra su palabra, contra las virtudes humanitarias y caritativas y hasta contra su religión.
*Cuando un príncipe dotado de prudencia advierte que su fidelidad a las promesas redunde en su perjuicio, y que los motivos que le determinaron a hacerlas no existen ya, ni puede, si siquiera guardarlas, a no ser que consienta en perderse.
Por eso advierte el santo, citando a Salomón: león rugiente y oso hambriento es un mal príncipe a la cabeza de su pueblo, de ahí que los hombres se escondan de los tiranos como de bestias crueles, y estar sometido a un tirano parece lo mismo que caer bajo una bestia cruel.

En el capítulo quinto, relaciona al régimen poliárquico (aristocrático o republicano) con la libertad, citando a Salustio: es increíble en cuán poco tiempo aumentó la población en Roma al alcanzar la libertad. Razona el P. Rodríguez que: una libertad formal, sin contenido y sin delimitaciones éticas degenera en libertinaje, que es la peor represión de la libertad. Y cita a Donoso Cortés: no hay más que dos represiones posibles, una interior y otra exterior, la religión y la política. Cuando el termómetro religioso está subido, el termómetro de la represión está bajo, y cuando el termómetro religioso está bajo, la represión política está alta.

En el capítulo sexto, Tomás comienza por mencionar la doctrina del mal menor: Siendo, pues, obligado elegir entre dos extremos, ambos expuestos a peligro, debe elegirse preferentemente aquél que está expuesto a menos males.

En esta obra, en el capítulo séptimo, Santo Tomás se inclina por la forma monárquica, bien que sea con un poder moderado, para evitar un absolutismo tiránico. Esta idea de la moderación del poder del monarca le llevó a plasmar, en obras posteriores, la teoría del régimen mixto como forma óptima de gobierno: el mejor modo de moderar y potenciar la monarquía es rodearla de aristocracia y de democracia. Para la buena constitución del poder en una ciudad o nación hay que mirar a… que todos participen en el ejercicio del poder, pues así se logra la paz del pueblo, y que todos amen esa constitución y la guarden.

La mejor constitución es aquella en que uno obtenga por su bondad la presidencia sobre todos, y por debajo de él algunos otros idóneos participen del gobierno, el cual pertenece a todos, en cuanto todos pueden ser elegidos y todos toman parte en la elección. No obstante, el Aquinate es muy realista en este tema: sostiene que las formas de gobierno deben subordinarse a la condición de los pueblos y de los hombres, no al revés.
Quien quiera establecer la ley en una ciudad no debe establecerla pensando en lo que es posible, sino mirando a la situación existente,  fijándose principalmente en dos cosas: en la región, para no establecer una ciudad mayor que la que puede sostener la región, y en los hombres, de modo que las leyes se acomoden a su condición. (Politicorum)

Trata luego sobre la resistencia al poder injusto. Si la tiranía no fuese excesiva, es preferible tolerarla por algún tiempo que levantarse contra el tirano, embarcándose en muchos peligros que resultan más funestos que la misma tiranía. Recuerda aquí la famosa anécdota del tirano Dionisio, de Siracusa, a quien todos deseaban la muerte, menos una mujer anciana que rogaba que se mantuviera vivo. El tirano enterado de este hecho, le preguntó a que se debía su actitud. Le respondió que cuando era joven conoció a un tirano cruel, cuya muerte deseaba; muerto él le sucedió otro más duro, a quien también le deseó la muerte; en tercer lugar empezamos a soportarte a ti, aún más malo que los anteriores. Por eso, no quiero que mueras y venga otro peor.

En caso de que la tiranía llegue a excesos intolerables, han creído algunos que es deber de los hombres fuertes matar al tirano. Esto no concuerda con la doctrina apostólica, pues San Pedro nos enseña, que es necesario estar reverentemente sometidos tanto a los señores buenos como a los rigurosos. Por lo demás, sería peligroso para la sociedad el que cualquiera, movido por su estimación personal, pudiese atentar contra la vida de los gobernantes, aunque sean tiranos. Parece más razonable proceder contra la crueldad de los tiranos, no por iniciativa privada de algunos, sino por la autoridad pública. Si un pueblo tiene derecho a darse un rey, el mismo pueblo puede justamente deponerlo o refrenar su autoridad, si abusa tiránicamente del poder real. Y no hay que pensar que tal pueblo comete una infidelidad destituyendo al tirano, aun cuando se hubiese sometido a él a perpetuidad, ya que él mismo se mereció que, no comportándose fielmente en el gobierno del pueblo tal como exige su deber, los súbditos no guarden el pacto con él contraído.

En caso de no contar con auxilio humano alguno contra el tirano, debe recurrirse a Dios, Rey de todos, que es, según el Salmo 9, 10, el asilo del oprimido al tiempo de la calamidad. Pues en su  poder está convertir a la mansedumbre el cruel corazón del tirano, según la sentencia de Salomón, en Prov. 21,1: arroyo de agua es el corazón del rey, que El dirige a donde le place. Él fue efectivamente quien cambió en mansedumbre la crueldad del rey Asuero que se disponía a dar muerte a los judíos. Él fue  quien convirtió al cruel rey Nabucodonosor de tal modo que vino a ser el predicador del poder divino.

Considerando que es propio del rey procurar el bien del pueblo,  su oficio parece demasiado pesado si no va recompensado con algún bien propio. Es necesario entonces establecer en que consiste el premio para un buen rey. Puesto que el príncipe trabaja por su pueblo, éste se lo ha de premiar con el honor y la gloria, que son los mayores bienes que pueden dar los hombres. Si hubiese príncipes a quienes no bastasen estas cosas como galardón, y buscasen en su lugar las riquezas, serían injustos y tiranos. Los buenos príncipes, por encima de este premio ofrecido por los hombres, esperan el premio de Dios.

Tomás señala la magnanimidad como valor moral superior al honor y la gloria. No es que el rey magnánimo busque el gran honor directamente, en vez de la virtud, lo que busca son las cosas grandes dignas de honor. El estilo o el espíritu del gobernante es aspirar continuamente a engrandecer a la nación y a preocuparse del bien de todos, no por vanagloria o magalomanía, sino por amor a los súbditos y sentido de la responsabilidad del bien común, superando cualquier cobardía o pusilanimidad ante empresa tan difícil como honorable. La profesión urge al rey a ser magnánimo, si se enreda en pequeñeces, mediocridades o resentimientos, no está a la altura de su cargo.

Dado que el honor mundano y la gloria de los hombres no son suficiente recompensa a las solicitudes de un buen rey, queda por investigar cual sea el premio adecuado. Pues bien, es conveniente que el rey espere de Dios su premio. Efectivamente todo ministro espera de su señor el premio por su servicio. Como el rey gobierna al pueblo como ministro de Dios, como dice el Apóstol, en Rom. 13, 1 y 4, que no hay autoridad sino por Dios, y que es ministro de Dios para el bien, pero si haces el mal teme, que no en vano lleva la espada. Por consiguiente los reyes deben esperar de Dios el premio por su buen gobierno.
La teología clásica ha aceptado esta posición tomista sobre el origen del poder. El magisterio de los últimos tiempos, desde León XIII hasta el Concilio Vaticano II, ha reafirmado esta doctrina frente al liberalismo laicista que atribuye el origen del poder a la voluntad soberana del pueblo. El Concilio, en la Gaudium et spes, 74 afirma: Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, y por lo mismo pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre elección de los ciudadanos.

Destaca el P. Rodríguez el sentido ético de la acción gubernativa en el pensamiento de Santo Tomás. De ahí que la política como conocimiento obtenga un lugar de preferencia entre las ciencias humanas de orden práctico, y la política como volición sea fundamentalmente ejercicio de prudencia cívica y de justicia social, que son las máximas virtudes entre las de orden prudencial y social.
Sobre la primacía de la ciencia política escribe el autor en el proemio al comentario a la Política de Aristóteles: Si la principal ciencia es la que versa sobre un objeto más noble y perfecto, es necesario decir que la política es, entre todas las ciencias prácticas, la más principal y arquitectónica de todas las otras, puesto que estudia el bien humano último y perfecto.

Es pues, claro que en esta concepción la política es fundamental y esencialmente un quehacer moral, no un arte o una técnica, esto lo es también, pero subsidiaria y subordinadamente. Esta perspectiva tomista está avalada por el magisterio. El mismo Concilio (GS, 74) lo confirma: el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral.
En el capítulo décimo, el autor sostiene que los reyes que desempeñan digna y laudablemente su oficio obtendrán un grado eminente en la bienaventuranza del cielo. Y es porque si la bienaventuranza es el premio de la virtud, a mayor virtud se debe lógicamente mayor grado de bienaventuranza. Ahora bien, es mayor la virtud por la que un hombre no sólo puede regirse a sí mismo, sino también a los demás.

Además, en todas las artes y facultades, son más estimables aquellos que son capaces de dirigir a los demás que los que proceden bien bajo la dirección de otro. Así en la ciencias especulativas es más comunicar la verdad a otros enseñando que llegar a conocer la verdad enseñada por otros; y lo mismo en las artes se estima en más y se contrata a mayor precio el arquitecto, que hace el plano del edificio, que el artífice manual que ejecuta la obra conforme al plano, como en las gestas bélicas la gloria de la victoria corresponde más a la prudencia del jefe que a la fortaleza del soldado.
Ahora bien, el gobernante del pueblo es respecto de las obras de virtud hechas por los ciudadanos lo que el profesor respecto de las ciencias, y lo que el arquitecto respecto de las construcciones y lo que el jefe respecto de las batallas. Por consiguiente, el rey, si gobierna bien a sus súbditos, es más digno de mayor premio que ninguno de ellos por comportarse bien bajo su mandato. Se alaba efectivamente entre los hombres y Dios premia a cualquier persona privada que socorre al indigente, pone paz entre los enemigos, liberada al oprimido del poderoso, o da finalmente a cualquiera y de cualquier modo una ayuda o un consejo de salvación. ¿Cuánto más, pues, ha de ser alabado por los hombres y premiado por Dios quien hace que todo el reino goce de paz, reprime las violencias, hace observar la justicia y dispone con sus leyes y preceptos el buen comportamiento de los hombres?
El capítulo decimoquinto, se refiere al modo del gobierno del rey. Gobernar es conducir convenientemente a su debido fin a los gobernantes. Parece que el fin de los hombres congregados en sociedad es vivir virtuosamente. Porque los hombres se unen en sociedad para vivir bien conjuntamente, cosa que no podría conseguir cada uno viviendo aislado. Ahora bien, la auténtica vida es la que es conforme a virtud. Por consiguiente, la vida virtuosa es el fin de la sociedad. Indicio de ello es que sólo aquellos hombres son parte del pueblo organizado que se comunican mutuamente en el bien vivir. Pues si los hombres se reuniesen solamente para vivir, también los animales y los siervos formarían parte de la sociedad civil. O si se reuniesen para adquirir riquezas, todos los negociantes formarían una sociedad; como vemos que solamente forman una sociedad aquellos que se organizan bajo unas mismas leyes y un mismo gobierno en orden a vivir bien.
En el capítulo decimosexto, reflexiona: Quien tiene encomendado hacer algo ordenado a su ulterior fin debe esmerarse en que su obra responda a las exigencias de dicho fin, como el fabricante hace la espada tal como conviene a la pelea y el arquitecto hace la casa como conviene a la vivienda. Así, pues, como el fin de la vida, bien llevada es este mundo, es la bienaventuranza eterna, es obligación del rey procurar que la vida de su pueblo sea buena, apta para la consecución de la bienaventuranza eterna, es decir, que ordene lo que conduce a ella y prohíba, en la medida de lo posible, lo que le es contrario.

Para la buena vida de un hombre, se requieren dos cosas: primera y principal, que obre virtuosamente, pues la virtud es la que hace vivir bien; segunda y como instrumental, que tenga suficiencia de bienes materiales, cuyo uso es necesario para el acto de virtud.
Frente a los obstáculos urge al rey varias tareas. Una de ellas es reprimir con leyes y preceptos, y las correspondientes penas, la iniquidad de sus súbditos, e inducirlos a bien obrar mediante premios, tomando ejemplo del mismo Dios que dio la ley a los hombres, retribuyendo a los observantes con mercedes y a los transgresores con penas.

*Edición Athanasius, 2016 - (Introducción, versión y comentarios de Victorino Rodríguez OP)