sábado, 8 de junio de 2013

Ideología ecológica





Nos interesa recordar en este breve escrito que el interés por los temas ecológicos se acentuó desde junio de 1992, en que se realizó en Río de Janeiro (Brasil)  la ECO ’92 –Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo- a la que asistieron un centenar de jefes de Estado. No cabe duda de que dicho interés se justifica y que los problemas ambientales existen realmente. Juan Pablo II denunció en su momento la “insensata destrucción de los recursos naturales vitales”, al hablar ante un grupo de hombres de ciencia, agregando que “nos encontramos con el riesgo de una especie de holocausto ecológico” (La Nación, 9-5-93). Pero el actual Pontífice Francisco, con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente, agrega: “Estamos viviendo en una época de crisis; lo vemos en el medio ambiente, pero sobre todo lo vemos en el hombre.  (…) de allí la urgencia de la ecología humana. Y el peligro es grave porque la causa del problema no es superficial, sino profunda: no es sólo una cuestión de economía, sino de ética y de antropología” (5-6-2013).

Los problemas del medio ambiente son el fruto de dos siglos de actividad económica, desarrollada sin otra consideración que la del lucro, despreocupada por las consecuencias, no queridas pero inevitables, de la propia forma de producción capitalista. El industrialismo europeo, libre de toda traba, transformó en verdaderas cloacas los ríos, debido a los desperdicios producidos por miles de fábricas. Inventó y utilizó insecticidas –como el DDT- con elementos inasimilables por la naturaleza; arrasó con los bosques, e hizo un infierno de contaminación las grandes ciudades. La sumatoria de problemas alarmó con fundamento a muchos científicos y dirigentes sociales, y motivó el incremento de investigadores dedicados al estudio de la ecología, entendida como disciplina científica que aborda los problemas ambientales. Pero, paralelamente, fue surgiendo en las últimas décadas una verdadera ideología ecológica que se ha extendido rápidamente, y cuya prédica constante penetra profundamente, distorsionando la comprensión del problema ambiental y generando una actitud y criterios que son necesarios esclarecer y combatir.

Uno de los iniciadores de esta corriente –aunque luego haya criticado a otros ecologistas- es el inglés James Lovelock, quien formuló una tesis audaz: el planeta actuaría como un organismo vivo, gigantesco, en el que todos los seres vivientes interactúan para conservar su estabilidad. Los individuos y las especies desempeñarían un papel inconsciente, de la misma manera en que los glóbulos rojos de la sangre de nuestro organismo, si bien tienen vida propia, trabajan para conservarnos vivos [1]. A esta teoría se la llamó Gea, en honor de la antigua diosa griega de la tierra. Otros la llaman Gaia, por ejemplo, la Dra. Antonia Nemeth, profesora de la Universidad de Cambridge. Basada en la ciencia Gaia, explica que ésta es una nueva summa, que sostiene que “la tierra es un organismo vivo, donde la humanidad es un subsistema más, encartado en el multidimensional proceso evolutivo” (La Nación, 21-1-92).

Lovelock y sus seguidores creen que “la Madre Naturaleza actúa de acuerdo con la teoría darwiniana de la evolución, sin ningún plan consciente”[2]. Uno de los partidarios de esta teoría, es el príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II de Inglaterra, que visitó nuestro país, en su carácter de presidente del Fondo Mundial para la Naturaleza. El príncipe expresó públicamente su deseo de reencarnar como un “virus mortífero” que ayude a eliminar el exceso de población humana del mundo. Profundizó su pensamiento, en un discurso en el Club nacional de Prensa de Washington: “Ahora es patente que el pragmatismo ecológico de las llamadas religiones paganas, como las de los indios americanos, los polinesios y los aborígenes australianos, era mucho más realista en cuanto a la ética conservacionista que las filosofías monoteístas más intelectuales de las religiones reveladas”[3].
Que sus declaraciones no fueron una improvisación, lo demuestra una frase de José Lutzenberger, que ocupó el cargo de Secretario de Ambiente de Brasil: “la ecología nunca ha sido una cuestión técnica, sino religiosa. Para el adorador de la naturaleza, esta no es meramente el objeto de estudio y manipulación, es mucho más. Es sagrada…es divina, y los humanos somos simplemente parte de ella… En el cuerpo de Gaia, los individuos humanos somos simples células de uno de sus tejidos, de un tejido que hoy parece canceroso…”[4].

Un antecedente importante para desmitificar el ecologismo, es un documento conocido como Llamamiento de Heidelberg, suscripto por 264 científicos, de 29 países, incluidos 52 premios Nobel, con ocasión de la ECO ’92. En el mismo se defiende una ecología basada en la consideración, control y preservación de los recursos naturales, siempre que estén fundados en criterios científicos y no en prejuicios irracionales. Se critica a los ambientalistas que plantean una visión falsa y retrógrada de un estado natural, donde la Tierra no sufra el daño del hombre. “Un estado natural no existe y probablemente nunca existió. La humanidad ha progresado siempre aprovechando a la naturaleza y no a la inversa”. La grave advertencia no es casual, sino que está motivada en el surgimiento de absurdas tesis que se presentan como irrefutables y se difunden en la sociedad contemporánea. Podemos resumirlas en dos principales: el agujero de ozono y la sobrepoblación del mundo.

El recalentamiento global del planeta por la supuesta disminución de la capa de ozono, se atribuye especialmente a los clorofuorocarbonos (CFC). La médula de la teoría es que la capa de ozono que protege al planeta del exceso de radiación ultravioleta está disminuyendo y hasta agujereando, debido a que las moléculas de cloro, que supuestamente, se desprenden en la estratosfera de los CFC –fenómeno nunca verificado- descomponen las moléculas de ozono. Se olvida detallar que la cantidad de cloro en los CFC es insignificante, comparada con las fuentes naturales de cloro. La cantidad total de cloro contenida en todos los CFC que se producen actualmente es de 705.000 toneladas, de las cuales sólo el 1 % llega a la estratosfera. En cambio, las fuentes naturales (océanos, volcanes, etc.) arrojan más de 650 millones de toneladas de cloro en la atmósfera, cada año.

El tema más discutido en la conferencia de Río fue el control demográfico, con el viejo argumento malthusiano de la creciente escasez de alimentos para abastecer las necesidades de la población. Debe recordarse que tanto el Club de Roma, como Paul Erlich, autor de La bomba poblacional (1968), anunciaron hambrunas masivas, como consecuencia de la superpoblación, que llevarían a una reducción de la población de los 4.000 millones de entonces a 2.000 millones en 1977. Por cierto que no ocurrió lo previsto y hoy el mundo tiene 7.000 millones de habitantes. En la actualidad se producen más alimentos que hace 50 años y sólo el 16 % de la tierra está ocupada por seres humanos. Por otra parte, como lo indican las proyecciones de la ONU, la cantidad de población tiene a estabilizarse, pues al mejorar las condiciones de vida, disminuye la tasa de natalidad.
Entonces, como se expresó en la Conferencia de Puebla –en respuesta tácita al enfoque de Río-: “No se trata de reducir a toda costa el número de invitados al banquete de la vida; lo que hace falta es aumentar los medios y distribuir con mayor justicia la riqueza para que todos puedan participar equitativamente de los bienes de la creación” (Discurso inaugural, 12-10-92).

Según los líderes del ecologismo, los problemas del medio ambiente sólo podrán superarse, en base al desarrollo sustentable, concepto que se ha extendido rápidamente, y que se define como la satisfacción de las necesidades de la generación presente, sin sacrificar la capacidad de las futuras generaciones para sus propias necesidades. Más allá de la contradicción en los términos que implica este concepto –ya que desarrollo significa cambio, y sustentable, mantener igual-, ocurre que “los límites de la propiedad privada y de la soberanía de los Estados se tornan relativos por el simple hecho de que la interacción biológica no respeta las fronteras”[5]. No puede extrañar, entonces, que durante la ECO ’92 se inaugurara en las afueras de Río un monumento a la paz, con forma de reloj de arena –símbolo del poco tiempo que queda para lograr la paz- construido por iniciativa de la Comunidad Internacional Baha’í, donde puede leerse: “La Tierra es un solo país y la humanidad sus ciudadanos”[6].

Puede llamar la atención la convergencia práctica en postular el desarrollo sustentable, entre los verdes que antes eran rojos, y los gobiernos de los países desarrollados, pero no es más que una variante de la paradoja aparente de la socialdemocracia. De lo que no pueden caber dudas es del surgimiento de esta nueva ideología cuyos rasgos distintivos hemos tratado de esbozar, mostrando que la preocupación por el medio ambiente “enmascara su verdadera agenda, la cual consiste en un proyecto global de ingeniería social cuyo objetivo último es el poder”[7]. Las organizaciones no gubernamentales más destacadas como Greenpeace, están ubicadas en la corriente cultural de la Nueva Era, gnóstica y panteísta, y de allí el reconocimiento en la ECO ’92 del Dalai Lama como el héroe espiritual de la Cumbre de la Tierra.

Más cerca en el tiempo, en el discurso inaugural de la sesión especial de la ONU, llamada Beijing+5, el entonces Secretario General, Kofi Aman, hizo suyo un lema de las eco-feministas en la Conferencia de Beijing en 1995: “Nosotros no somos huéspedes de este planeta. Nosotros le pertenecemos”.
En 2009, la Asamblea General de las Naciones Unidas resolvió que el día 22 de abril sea el Día Internacional de la Madre Tierra, a propuesta del presidente de Bolivia, Evo Morales, quien expresó: “no sólo seres humanos tienen derechos humanos, sino la Madre Tierra (Pachamama) debe tener derechos, debemos apelar a nuestra razón y sensatez porque la vida humana no es posible sin la Madre Tierra”. Por su parte, el presidente de la Asamblea General, Miguel D’Escoto, (sacerdote suspendido a divinis) afirmó: “Esta decisión es un reconocimiento de que la Tierra y sus ecosistemas sustentan nuestras vidas. También realza nuestras responsabilidades de promover la armonía con la naturaleza”.

En la Argentina experimentamos un caso notable de irracionalidad provocado por la ideología ecologista. Nos referimos al conflicto originado en la decisión de nuestro vecino país, Uruguay, de autorizar una planta de fabricación de celulosa, que un grupo de ambientalistas consideró que sería gravemente contaminante para la ciudad argentina de Gualeguaychú. Greenpeace incentivó el reclamo, que generó incluso el corte ilegal de un puente internacional durante tres años. Por primera vez se esgrimió en estas tierras el concepto de licencia social, que consiste en la autorización para operar que debe ser otorgada por las comunidades que se van a ver afectadas por la construcción o instalación de una industria o empresa determinada. Esto implica que un grupo de ciudadanos, representados por las entidades ecologistas, pueden ejercer un derecho de veto ante una obra que implique un presunto daño ambiental, al margen del funcionamiento de los poderes del Estado y de la legislación vigente.
El caso terminó, luego de un penoso conflicto diplomático, con el fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, en abril de 2010, ante el reclamo efectuado por la Argentina contra Uruguay. La Corte reconoció que la planta cuestionada utiliza una tecnología adecuada para el tratamiento de efluentes, y que no se ha probado que exista contaminación ambiental.

En conclusión, una correcta concepción del medio ambiente conlleva la  utilización racional de la naturaleza, sin absolutizarla. Como enseña el Magisterio de la Iglesia, debe rechazarse “una noción del medio ambiente inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, porque ésta se propone eliminar la diferencia ontológica y axiológica entre el hombre y los demás seres vivos, considerando la biosfera como una unidad biótica de valor indiferenciado”. “Debe darse un mayor relieve a la profunda conexión que existe entre ecología ambiental y ecología humana”[8].

Córdoba, Argentina, 7-6-2013.-





[1] Ponte, Lovell. “Gea, una teoría audaz”; Selecciones  del Reader`s Digest,  Enero de 1992, pg. 84.
[2] Idem, pg. 46.
[3] El Informador Público, 13-12-91, pg. 8.
[4] Idem, pg. 8.
[5] Gro Harlem Brundtland, Primer Ministro de Noruega, citado por ECO ’92.
[6] Ecología y Unidad mundial, Nº 1, noviembre/diciembre 1992, pg. 5.
[7] ECO ’92. Informe alternativo, Sociedad de Estudios Medioambientales, Buenos Aires, 1992, p. 7.
[8] Pontificio Consejo Justicia y paz. “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”; pp. 463 y 464.