o la transformación de la Fe católica
Carlos Daniel Lasa
Infocatolica –
13/11/20
Unas breves notas,
sabiendo que el formato impide un desarrollo de cada uno de los puntos
considerados. Sin embargo, lo hice pensando en que, incluso de esta manera,
podía echar un poco de luz en este momento de confusión por el que está
atravesando la Iglesia católica.
Al respecto,
recuerdo el título de un artículo que escribiera el destacado filósofo alemán
Robert Spaemann a raíz de un análisis que hiciera de la Encíclica Amoris
Laetitia: «El caos erigido en principio».
De la comprensión
a la revolución
El destacado
filósofo italiano Augusto Del Noce nos ha enseñado, entre otras cosas, que
Carlos Marx ha producido un cambio epistemológico en la noción misma de
filosofía. Marx ha abandonado la idea de filosofía como comprensión para
pensarla como revolución o transformación del mundo (tesis XI sobre Feuerbach).
Y esta idea de Marx no hace acepción de personas; por el contrario, ha copado
las conciencias de no pocos prelados.
Consecuentemente,
el problema que tenía el fiel católico (determinar qué filosofía resulta más
apta para comprender la fe sin corromper su esencia), se ha convertido en este
otro: ¿cómo transformar la fe para que sea una con el mundo?
Esta nueva
conciencia cristiana está obsesionada con una única cuestión: ¿qué forma
otorgarle a la fe para que sea aceptada por la cultura actual? Este error
inicial, que fue muy importante durante y después del Concilio Vaticano II, va
a transformase en un gran error terminal que ha explotado de manera virulenta
en nuestros días.
Basta advertir que
el rostro del nuevo catolicismo cree más en la conciencia histórica que en la
revelación divina. Cuando hablo de «conciencia histórica» estoy pensando en
aquella perspectiva que asume como criterio absoluto de verdad este apotegma:
«tanto el conocedor como lo conocido, tanto el sujeto como el objeto no se dan
‘ónticamente’, sino ‘históricamente’ » (Hans-Georg Gadamer. El problema de la
conciencia histórica. Madrid, Tecnos, 1993, p. 25).
El amor no está
puesto ya en la revelación divina sino en una afirmación de la razón humana.
Una nueva
universalidad
El intento de
transformar la realidad, en lugar de dejar que la misma se me manifieste tal
como es, es una muestra harto palmaria del abandono definitivo de la
metafísica.
Sucede que el
nuevo dogma, el de la conciencia histórica, exige suprimir todo anclaje (léase:
el ser). Claro está que esto no implica el abandono de la idea de
universalidad. La nueva universalidad ya no estará fundada en el ser (el cual
se hace presente en todo lo que es), sino que será una universalidad sui
generis. La misma se fundará en una realidad puramente contingente, es decir,
histórica.
De este modo,
dejando de lado aquello que está presente en todo lo que es (verdadera
universalidad) se pasa a asumir determinado modo de ser,haciendo brotar de él
las leyes de carácter universal. La elección del modo de ser, obviamente, debe
guardar perfecta consonancia con la forma mentis de la cultura dominante, aquí
y ahora.
Esta nueva y falsa
universalidad es propuesta en la actualidad desde la misma Roma. Su nombre es
«la teología del pueblo». La misma es el claro resultado de ese espíritu
ocupado no en comprender la revelación, sino en transformarla.
Para lograr este
cometido, se emplea y menea hasta el hartazgo la categoría «pueblo». A partir
de ella se establecerán las nuevas leyes universales que habrán de regir todo
lo que es, incluida la mismísima fe católica.
Las nuevas leyes y
el nuevo catolicismo
Las leyes
universales que emanan de la categoría pueblo son, a mi juicio,
fundamentalmente tres: a) la historicidad de todo lo que es; b) la asunción de
la categoría relación en lugar de la de sustancia; c) la apoteosis de lo
vivencial de la fe en desmedro de lo doctrinal.
De la aplicación
de estas leyes surge el nuevo catolicismo. El mismo se caracteriza por:
1 - El abandono de
la pretensión de aquello que indica el mismo nombre de catolicismo: la
universalidad. Si la nueva ley del ser es el devenir, si todo es histórico,
entonces la religión se convierte en una de las diversas expresiones que tienen
los pueblos. Y no solo en relación a aquello que consideran Dios, sino en lo
que concierne al modo propio de relacionarse con él.
2 - El privilegio
otorgado a la comunidad en detrimento de la persona humana. La idea de
comunidad da cuenta de la centralidad de la idea de relación; por el contrario,
la de persona remite a la idea de sustancia.
De ahora en más,
el sujeto de la fe deja de ser la persona humana, y pasa a serlo el pueblo.
Esta posición ha conducido, entre otras cosas, a la renuncia por parte de la
Iglesia católica de la acción de educar las conciencias de los hombres. Solo va
a interesar la masa.
3 - El reemplazo
de la preocupación doctrinal por una concepción vitalista de la fe. De este
modo, la doctrina es una expresión, siempre inadecuada, de una fe cuya esencia
es su continuo hacerse. «La doctrina falsea esa fe genuina» ‒afirman los
mentores del nuevo catolicismo‒. Ese continuo hacerse pretende fijarse,
anquilosarse a través de fórmulas (tal como lo ha hecho, de manera totalmente
errónea, la Iglesia católica durante más de dos mil años).
4 - La
politización absoluta de la Iglesia católica. Este resultado ya se encuentra en
el mismo punto de partida: si la intentio originaria es «hacerse mundo» para
alcanzar una perfecta sintonía con el mismo, entonces el contenido del nuevo
catolicismo deberá identificarse, in totum, con la dimensión política.
Los criterios para
determinar qué acciones son buenas, y cuáles malas, tanto por parte de los que
se dicen cristianos como de los que no lo son, se extraerán de otro lado. Ya no
son los diez mandamientos ni las bienaventuranzas del Nuevo Testamento las
fuentes, sino las exigencias dictadas por la política.
El obrar de un
católico será moralmente bueno si está a favor de los migrantes, si apoya a un
presidente que privilegia las libertades civiles por encima de todo, si asume
la conciencia de clase poniéndose en favor de los más pobres, si apoya la
globalización, si es partidario de movimientos políticos que son expresión del
«pueblo», etc.
De ahora en más,
la religión no salva al hombre ya que este cometido es misión exclusiva de la
política.
5 - La
eliminación, del seno de la Iglesia, de todos aquellos que pretendan una
comprensión católica del cristianismo. No hay cabida para ellos dado que son el
katejón (obstáculo) que impide o demora el maridaje definitivo con el mundo.
Tengo ante mis
ojos el prefacio escrito por el Padre Enrico Rosa S.J. a diversos estudios y
comentarios respecto de la Encíclica Pascendi del Papa Pío X. El Padre Rosa
afirma que el modernismo se ha erigido no ya en una herejía de escuela sino en
un cristianismo nuevo que amenaza con suplantar al antiguo (Cfr. Enrico Rosa. L’Enciclica Pascendi e il
modernismo. Studii e commenti. Seconda edizione corretta e accresciuta. Roma,
Civiltá Cattolica, 1909, p. III).
Creo que lo
sostenido por el Padre Rosa, hace ya más de cien años, se está cumpliendo en
nuestros días. En la actual Iglesia católica ya no podemos decir que los
católicos creemos lo mismo. La unidad de fe se ha convertido en una rapsodia
que exige un gobierno sostenido por el miedo y no por una caridad fundada en la
Verdad.
La adoración de la
historia no puede desembocar más que en este nuevo catolicismo que, como
refiere Del Noce, no se presenta ni como acrecentamiento, ni como explicación
de las virtualidades presentes en la fe católica. Todo lo contrario, se trata
de algo absolutamente nuevo, configurado a partir de una ruptura radical con el
catolicismo de siempre (Cfr.
Augusto Del Noce. I cattolici e il progresismo. Milano, Leonardo, 1994, p.
214).